Confusiones en torno a In Treatment

Carolina Sanín comenta esta serie norteamericana.

2010/12/15

Por Carolina Sanín

Creo que desde que leí El conde de Montecristo no había estado pendiente de nada con tanta fijeza como lo he hecho con la serie israelí-estadounidense In Treatment. La acción tiene lugar en el consultorio de un psicoanalista y, a grandes rasgos, es siempre la misma: llega el paciente, transcurre la sesión, se va el paciente, se acaba el programa. Sólo hay dos personajes, el doctor y el analizado. Se sientan uno frente al otro (¿la oblicuidad del diván imposibilitaría la dramatización?) y hablan. La serie se emite cinco veces por semana. De lunes a jueves, cada día corresponde a un paciente distinto. El viernes, el analista asiste al consultorio de su psicoterapeuta y revela la inadecuación de su propio carácter.

 

Por supuesto, la combinación de entretenimiento audiovisual y teoría psicoanalítica no es novedosa: el psicoanálisis da sentido a los clásicos de Hitchcock, es fácil detectar el desarrollo argumental de los estudios de caso de Freud en cualquier película de detectives, y el happy ending hollywoodense determina —y arruina— los desenlaces de The Twenty-Minute Hour, la famosa colección de relatos clínicos del psiquiatra Robert Lindner. Quizás la genialidad de In Treatment estribe en que su planteamiento parecería resultar de una terapia a través de la cual se hubiera hecho conciencia de la relación entre análisis y representación dramática.

 

Entre otras cosas, puede decirse que la serie es la reconstrucción teatral de un reality show —de uno improbable, con el dudoso atractivo de mostrar a dos personas mientras trabajan—, y que este artificio pone de manifiesto el interés voyeurista que interviene en el gusto por la televisión en general (y, en cierta medida, en el gusto por el psicoanálisis). Pero In Treatment también reconstruye un teatro austero, casi antiteatral, en el que, más que presenciar una puesta en escena, el espectador escucha una narración y debe figurarse todos los referentes que inciden en ella. Y, además, la serie propone una especie de subversión cultural, en tanto que presenta la existencia del análisis como antecedente del drama; en otras palabras, la conciencia del complejo de Edipo hace posible que la historia de Edipo rey pueda contarse.

 

Lo que más me gusta de In Treatment es que, mientras el guión comenta sobre la formación de la personalidad, también critica la construcción de un personaje de ficción. Cada temporada de la serie sigue el proceso de curación de un paciente, que coincide con la descomposición de su personaje a manos de sí mismo. El conocimiento de su propia historia hace que el personaje pierda sus rasgos y su drama. La cura coincide con el final de la representación. (Si la temporada siguiera más allá de ese punto, asistiríamos a la transformación del personaje en persona; entonces el actor empezaría a hablar de sí mismo, o algo así de inquietante).

 

Me parece, pues, que In Treatment pone a dialogar en un nivel teórico la construcción dramática y el proceso psicoanalítico. Pero me pregunto si, entre tanto, ofrece algún beneficio práctico, terapéutico. Uno sabe que ningún doctor tratará sus enfermedades como Gregory House, y también sabe que no por ver la serie Dr. House aprenderá medicina. Pero, ¿no será posible plantear una poética en la que un nuevo tipo de catarsis tenga lugar en el espectador que asiste a la representación de una psicoterapia? Soy consciente de que la pregunta es ridícula, pero el episodio semanal dedicado al análisis del terapeuta parecería proyectar la obra hacia esa ambición o sugerir el simulacro de esa posibilidad.

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