Carolina Sanín
  • Corales y fauna del caribe colombiano.

Corales y colores

Lo más triste de un mar que ha muerto es que, en la superficie, parece tan vivo como cuando estaba vivo. Digo “un mar” porque, aunque sabemos desde siempre que el mar es uno solo, abstracto y concreto, y en el mapamundi vemos que los exploradores han constatado la cosmografía antigua –la existencia de un río océano que rodea toda la tierra–, solemos hablar del mar como una suma de incontables mares.

2015/07/18

Por Carolina Sanín

Lo más triste de un mar que ha muerto es que, en la superficie, parece tan vivo como cuando estaba vivo. Digo “un mar” porque, aunque sabemos desde siempre que el mar es uno solo, abstracto y concreto, y en el mapamundi vemos que los exploradores han constatado la cosmografía antigua –la existencia de un río océano que rodea toda la tierra–, solemos hablar del mar como una suma de incontables mares. No hablamos de esta parte del mar o aquella región del mar, sino del “mar de tal ciudad”, o de “este mar”, refiriéndonos al mar que podemos ver en un momento dado, por ejemplo, el que rodea una pequeña isla que conocemos. En el lenguaje, el mar demuestra que comprendemos el misterio de lo que es al mismo tiempo uno y múltiple. Lo más triste de un mar que ha muerto en el mar –o de una parte del mar que ha muerto y anuncia que el mar todo va muriendo– es que, visto por encima, parece como si siguiera vivo.

Me refiero al Caribe colombiano y al increíble azul de muchos azules y verdes que todavía se ve, como hace treinta años, desde un avión y desde un barco. Cuando viajo por esa región, miro con la careta donde me dicen que hay mucho para ver. En los últimos años, es casi una ruina lo que veo. Hay uno que otro pez entre el azul, y muchos cementerios de coral: huesos como de persona, cubiertos de polvo, y piedras sin apenas animales que las cubran. Muchos años antes, cuando yo era niña y miraba con la careta a través de esas aguas, los arrecifes de coral eran un mundo asombroso.


Corales y fauna del Caribe colombiano

Sé que el cambio no se debe al punto de vista. La distorsión de los ojos de los niños, quienes por su tamaño y por el poco espacio que han recorrido ven grande lo que los adultos ven pequeño, no es el caso aquí. Recuerdo que cuando nadaba durante un rato junto al arrecife, veía mucho en un espacio reducido. Había peces de todos los colores y varios tamaños y formas, con dibujos en el cuerpo, solos y en cardumen, erizos, caballitos de mar, caracoles, esponjas, langostas y grandes corales rosados. Una cabeza negra asomaba por entre las rocas. Cada vida estaba acompañada y cubierta de más vida. Parecía un sueño el que toda esa gente tan distinta conviviera así en unos pocos metros. Presenciar tal variedad requería un esfuerzo de la atención. Uno iba sorprendiéndose y tratando de guardar lo presente en la memoria.

Ya no hay eso, o es raro encontrarlo, o al menos es escaso allí donde abundaba. Era un mundo y no era solo mío, que lo vi, sino que era una parte de nuestro mundo común, del mundo de los humanos: de quienes lo vieron, de quienes no lo vieron pero oyeron de él, y de quienes no oyeron. Con las aletas que me puse tantas veces y el motor de la barca que me llevó, yo contribuí a destruirlo. No sabía que ver podía ser matar. Ahora tenemos un mundo perdido –la vaga sensación de una visión–, y yo no estoy segura de saber qué perdimos con él.

Al comienzo de esta página dije que el mar había muerto. No es verdad. Lo que ha muerto es un mundo en el mar. No es el planeta el que muere, sino los mundos que en él se suceden. El mundo abundante y precioso que recuerdo en el Caribe habrá muerto, pero los colores de la superficie siguen. También terminarán, quizá, pero seguirá el lecho del mar, por el que viaja, en el cable de fibra óptica, la información de cómo son y fueron los mares, que no viajaba cuando yo era niña. También eso terminará, y antes habremos terminado todos los que estamos vivos. Habrán terminado, con cada quien, todos sus mundos. Hoy siento que debo guardar luto por los corales que fueron el mundo que más admiré.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción por favor ingrese la siguiente información:

No tiene suscripción. ¡Adquierala ya!

Si usted tiene algún inconveniente por favor comuniquese con nosotros en Bogotá al 7421340 o a la línea nacional gratuita 018000-911100 (Lunes a Viernes de 7:00 am a 8:00 pm, Sábados de 09:00 am a 12:00 m).

Su código de suscripción no se encuentra activo para esta publicación