Antonio Caballero.

Foto en blanco y negro

La foto de esta columna es a blanco y negro pero la crisis colombovenezolana no. Un análisis de Antonio Caballero.

2015/09/16

Por Antonio Caballero

Estas dos mujeres son dos gotas de agua en el diluvio apocalíptico de desplazados que actualmente inunda el mundo, en dimensiones sin precedentes desde las oleadas migratorias que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. La agencia de la onu para los refugiados, Acnur, calcula que hay hoy casi 60 millones, sin contar los migrantes

económicos. Pero estas dos mujeres son un caso particular: colombianas expulsadas a Venezuela por la violencia y expulsadas de vuelta a Colombia por la política. Refugiadas de ida y vuelta. Y por motivos también peculiares. Porque aquí no hay guerras étnicas ni persecuciones religiosas. Pero hay elecciones.

La fotografía las muestra exhaustas, tumbadas en un sofá a medio camino entre los dos países, tal vez ya en la orilla colombiana del fronterizo rio Táchira. Fueron echadas violentamente de sus casas por la Guardia Nacional Bolivariana tal como estaban, en chancletas y pantalones chicles de colores (aunque la foto de portada de El Espectador es en blanco y negro), y cargaron en su huida con lo poco que pudieron: un sofá abullonado que se ve de mucho peso para acarrearlo entre dos a campo traviesa, y un colchón enrollado tirado sobre los matorrales. La más joven se derrumba sobre el brazo del sofá y parece estar llorando. La otra se seca con un trapito el sudor o las lágrimas. Es una tragedia, y sin embargo la escena tiene algo de exageradamente teatral. De teatro del absurdo: dos mujeres sentadas en un sofá en la mitad de un descampado. No anda lejos el esperado Godot de Samuel Beckett, que tampoco esta vez llegará.

Digo que la foto es en blanco y negro, pero la situación no: aunque así hayan querido simplificarla los dirigentes políticos que la crearon y la manipulan para sus propios fines. Del lado venezolano, el presidente Maduro y sus compañeros del chavismo, a quienes se les deshace entre los dedos la economía del país y, para no ser castigados en las inminentes elecciones, pretenden achacar sus problemas al gobierno de Colombia y a los colombianos pobres refugiados allá de persecuciones viejas, inventando rocambolescas telenovelas de magnicidios y complots contra el comercio bilateral y la solidez de la moneda, que solo serían ridículos si no estuviera en juego la destrucción de tantas vidas. Estas mujeres de la foto, por ejemplo, ¿qué van a hacer con su sofá en Colombia? Y del lado colombiano igual: el senador Uribe, el procurador Ordóñez, el fiscal Montealegre, corren a la frontera a agitar la bandera del patrioterismo para fortalecer sus propias aspiraciones electorales. Aquí no hay fanatismos religiosos ni nacionalistas, insisto. El asunto es más mezquino: hay elecciones.


Una escena en el reciente desplazamiento en la frontera. / Foto: Óscar Pérez.

Tampoco a la escala del mundo el problema de las migraciones, voluntarias o forzosas, bien recibidas o no, es en blanco y negro. Así lo pintan también los dirigentes políticos involucrados, como aquí, y, tanto allá como aquí, la prensa escandalosa.
Por sensacionalismo esta, por manipulación aquellos, una y otros atizan la hoguera de las pasiones de la religión y de la raza, de las identidades y de los dioses, ya de por sí violentas en la especie humana. Y, más curiosamente, en blanco y negro lo pintan también los filántropos a ultranza desde su altruismo desinteresado.

Estos no quieren ver, o si la ven se niegan a tomarla en cuenta, la realidad del problema geodemográfico que existe detrás de las manipulaciones interesadas de los dirigentes políticos. Y así denuncian “el egoísmo de Europa”, o “el egoísmo de los Estados Unidos”, el egoísmo del Norte rico frente al Sur pobre, sin tener en cuenta que miradas las cifras se trata de un egoísmo bastante relativo. Los países de la Unión Europea albergan una masa de inmigrantes, legales e ilegales (y recientes: nacidos fuera de Europa), cercana al 10 % de su población total. En los Estados Unidos son el 15 %. En Europa son preponderantemente árabes y africanos, aunque no faltan ni los latinoamericanos ni los chinos. En los Estados Unidos vienen mayoritariamente de México y América Central, pero los hay también del mundo entero. Y es justamente por eso que en esos dos continentes ricos crece la xenofobia contra los extranjeros pobres.

En medio de la crisis global hay un islote sin refugiados, como el ojo quieto del huracán. Es paradójicamente el de los judíos de Israel, venidos de su propia diáspora universal. Son ellos quienes más larga y terrible experiencia tienen en la tragedia de ser perseguidos sin hogar, desde su dispersión por los romanos hasta el Holocausto de los nazis. Y sin embargo acaban de anunciar por boca de su primer ministro Netanyahu que van a vallar todas sus fronteras, como lo han hecho ya con las de Palestina, para blindarse ante la posible invasión de buscadores de asilo. Podrían, dicen, ser terroristas.

Y sí, claro, podrían serlo. También tienen los israelíes otra experiencia: haber llegado como refugiados a un país que no era suyo para quedarse con él.

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