Sandra Borda

Menos indignación y más reflexión

"Creo que insistir en que Maduro es un pésimo vecino sin mirarnos la paja en el ojo propio nos puede condenar a repetir estas crisis ad infinitum. Mejor aprovechar la situación para aprender algo en vez de sentarse a destrozar al gobierno colombiano o a defenderlo sin matices".

2015/09/16

Por Sandra Borda

Comparto la frustración que les generó a los colombianos la falta de apoyo internacional a nuestro más reciente enfrentamiento con Venezuela. La expulsión intempestiva de semejante cantidad de colombianos del vecino país me parece injusta y abusiva. No me cuesta en lo más mínimo reconocer que si bien la frontera está llena de problemas y nunca ha sido un paraíso, si bien la migración colombiana, como todas las migraciones, ha llegado provocando efectos en unos casos positivos y en otros negativos, lo que ha hecho el gobierno venezolano nada hace por resolver ninguna de las anteriores situaciones. Por el contrario, solo agudiza los eternos compliques fronterizos.

Dicho todo esto, sin embargo, también creo que ciertos pecados de la política exterior colombiana han hecho mucho más difícil el manejo de esta reciente crisis. Creo que insistir en que Maduro es un pésimo vecino sin mirarnos la paja en el ojo propio nos puede condenar a repetir estas crisis ad infinitum. Mejor aprovechar la situación para aprender algo en vez de sentarse a destrozar al gobierno colombiano o a defenderlo sin matices. Dejémosle eso a la furia ciega de la oposición o a los analistas enmermelados (que los hay y bastanticos).

Quiero discutir, para empezar, el resultado de la solicitud para llevar a cabo una reunión de consulta en la oea que hizo Colombia y que fue rechazada por votación. No me voy a enfrascar en matices insulsos que solo pretenden, para que el gobierno quede mejor parado, hacer lucir la derrota como una victoria: no me emociona en lo más mínimo que los países del Caribe decidieran abstenerse en vez de votar en contra (porque creo que eso no hace ninguna diferencia), ni que hayamos tenido más votos de los que tuvimos antes, ni que “la que haya perdido haya sido la oea” como sugirieron la canciller y el ministro del Interior al unísono. Los procedimientos importan siempre y cuando uno no se niegue a asumir los resultados con toda la crudeza y el realismo del caso: nos pudo haber ido menos peor que antes, pero eso no importa porque igual nos derrotaron en la votación. No va a haber reunión de consulta y punto.

Creo que el discurso de la negación de la derrota es un error. Cualquiera sabe que en el proceso de gestación de la política pública, una evaluación racional de las decisiones tomadas y sus consecuencias es fundamental para mejorar el contenido y la implementación de dicha política. Es un principio que funciona tanto en los salones de clase como en las terapias para tratar el alcoholismo: el primer paso es reconocer que usted tiene un problema.

Sin embargo, aquí acompañamos la negación de la derrota con un ejercicio por demás muy típico del adolescente inmaduro que somos: decidimos que la culpa la tienen otros. Así como reaccionamos contra la Corte Internacional de Justicia después del fallo sobre el litigio con Nicaragua y la declaramos enemiga, esta vez decidimos que la oea era la responsable y que nuestra derrota fue un vivo ejemplo de lo inútil que es. Muy en el tono de este gobierno, la reacción fue la misma que la del que se ufana de ser un demócrata, pero al que la convicción se le esfuma cuando gana el candidato de la competencia. Así, la reflexión necesaria sobre nuestra política exterior multilateral se quedó atrapada entre los gritos del uribismo que pedía la renuncia de la canciller, y la pataleta del gobierno en contra de los que no votaron como ellos querían y en contra de la oea.

Pero aquí cuenta nuestra ya histórica displicencia y en ciertos casos abierta hostilidad hacia los organismos multilaterales regionales. En el mejor de los casos, la política exterior de este gobierno ha mirado por encima del hombro al sistema interamericano y en el peor, ha tratado con ahínco de debilitarlo. Con todo y eso, querían ganar la votación. Con todo y eso, tuvieron la osadía de ponerse bravos y reprochar una vez supieron que la cosa no había salido como esperaban. Y una vez entrados en gastos y pateado el tablero de la oea, la cosa era cuestión de horas antes de que hicieran lo mismo con Unasur. Como si la inconsistencia no fuera suficiente, después dijeron que llevarían el caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. La diplomacia de este gobierno es una contradicción hecha política y eso tarde o temprano se iba a volver en nuestra contra.

No es con esta particular combinación de inconsistencia y de reclamos que se construyen solidaridades. El camino hacia nuestra soledad en esta crisis lo construyó Venezuela con nuestra ayuda, así que es mejor convertir la indignación en solidaridad cantante y sonante con las víctimas de esta crisis, y el resto de la energía ponerla al servicio de la construcción de una política exterior menos improvisada.

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