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Cuba

Marta Ruiz, en la celebracíón de los cincuenta años de la Revolución cubana, afirma que la Revolución es mucho más que Fidel.

2010/03/15

Por Marta Ruiz

Se frustró la gran jornada cultural que se había programado en Medellín con motivo de los cincuenta años de la Revolución cubana. Al Museo de Antioquia y a la Alcaldía le llovieron rayos y centellas por la iniciativa de mostrar y debatir sobre el legado cultural de ese hito en la historia de América Latina que significó la caída de Batista y el ascenso de Fidel Castro hace medio siglo.

El debate se expuso en las páginas de El Colombiano, y muchos columnistas consideraron inaceptable que se celebrara un episodio que dio paso a una dictadura, violadora de los derechos humanos. Los críticos ganaron. No hubo finalmente muchos libros de la isla en la feria. Amaury Pérez canceló su concierto y otros artistas decidieron no viajar cuando se enteraron de que habría una especie de pulso entre los delegados de la isla y los que están en el exilio, que serían invitados para acallar las críticas y equilibrar la balanza.

A una escama similar, pero más resonante, se ha tenido que enfrentar Juanes con el concierto que él y Miguel Bosé darán por estos días en la Plaza de la Revolución de La Habana. Miami entero se ha movilizado en su contra. Esas son palabras mayores, pues el poder de veto de la colonia cubana en La Florida puede intimidar a cualquier artista latino que se mueva en los círculos comerciales de Estados Unidos. Como si cantarle a Cuba, a los cubanos, o aún a la revolución, fuera cantarle a Fidel.

El debate es interesante. La Revolución cubana significó para la generación de final del siglo XX una esperanza y la cristalización de las ideas de cambio. Los hombres que la dirigieron, con sus barbas y sus uniformes, encarnaban la independencia y la justicia social a la que aspiraban las nuevas generaciones de América Latina. Claro que el encanto duró poco. De líder superdotado, Fidel Castro pasó a convertirse en un megalómano obsesionado con conservar no tanto la revolución como su posición de poder. Nadie lo niega. Ha encarcelado periodistas y poetas, proscrito a quienes no son de su redil, y se ha negado tercamente a cualquier resquicio de democracia.

Cuba no es la excepción. Con demasiada frecuencia las revoluciones, pasada la revuelta, se han convertido en tiranías. Verbigracia, la Revolución francesa. O la bolchevique. Pero la génesis de ciertos procesos sociales no les quita el valor histórico.

Caminando por las calles de La Habana, o de Santa Clara o de Santiago, uno puede encontrar a miles de personas que detestan a Fidel, a Raúl, y que se burlan, con ese genial humor negro de los cubanos, del anacrónico Partido Comunista que los mal gobierna. Pero aman su revolución, porque significó, en el pasado un proyecto colectivo de nación. Malogrado, sí. Porque su dirigencia ha sido incapaz de entender que sin democracia y libertad no puede haber justicia ni equidad.

El asunto es qué hacer con Cuba. Esa es la pregunta que tiene Barack Obama (quizá la única que se hace sobre América Latina). También la que se vienen haciendo los europeos desde hace años, por no hablar del un respaldo de los gobiernos de izquierda de América Latina. Por no hablar de la oea que le ha abierto las puertas, por primera vez en décadas.

Los países parecen haber entendido que la vieja generación de líderes cubanos no darán jamás su brazo a torcer en apertura política. Pero que las nuevas generaciones inexorablemente vivirán la transición. Y preparan el terreno para ellos. Para que hagan la transición a su manera (no a la manera que la sueñan en Miami). Algo que puede resultar provechoso.

Resulta entonces paradójico que, mientras el mundo político empieza a tender puentes con Cuba, sea desde sectores de la cultura que se pretende mantener su aislamiento. Castigando a un pueblo por tener a un líder omnipotente. Pero la Revolución es mucho más que Fidel. Bastaría con ver la producción cultural que la recrea, la critica, la vitupera o la ensalza. Si es que la godarria nos deja.

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