Paneles de madera cubren las estatuas de los Museos Capitolinos. / Foto: Giuseppe Lami/AP

Iconolatría

No es la primera vez que las esculturas desnudas de los Museos Capitolinos escandalizan la virtud de un cura.

2016/02/28

Por Antonio Caballero

Se armó un escándalo de sensibilidades artísticas ofendidas porque el gobierno de Italia, por temor a escandalizar al presidente de Irán y ofender su sensibilidad religiosa, enclosetó en cajones de madera blanca las estatuas de la Antigüedad clásica de los Museos Capitolinos de Roma, donde Hassán Rouhaní iba a reunirse con el primer ministro Mateo Renzi. ¿Solo las de diosas femeninas de antiguas religiones, la Venus Capitolina, la Venus Esquiliana? Porque el islam, del cual Rouhaní es alto dignatario eclesiástico de la rama chiita, abomina del cuerpo de la mujer. Pero las masculinas también: Apolo, Hércules, algún sátiro. Y, por si acaso, también los gruesos cojones del caballo de la estatua ecuestre del emperador Marco Aurelio. El islam abomina igualmente de las imágenes figurativas, cualquiera que sea su tema. Y sin embargo, como puede verse en esta fotografía de agencia, en su zalamería ante la pudibundería del visitante a los italianos se les pasó por alto nada menos que la enhiesta columna de mármol de la izquierda, símbolo fálico donde los haya. Bueno, tal vez no es grave: el presidente Rouhaní es un falócrata convencido, como corresponde a un clérigo islámico. Pero ¿y entonces las ventanas? ¿No hubiera sido conveniente tapiar, o al menos velar púdicamente, las numerosas ventanas del museo? ¿Esas ventanas renacentistas diseñadas por Miguel Ángel con sus protuberantes labios mayores y menores a la vista, inequívocas y casi obscenas representaciones del sexo femenino? Cuando se empieza a prohibir no hay en dónde detenerse.

No es la primera vez que las esculturas desnudas de los Museos Capitolinos escandalizan la virtud de un cura. Si están allá es porque allá las hizo esconder el muy pacato papa Pío V en el siglo xvi para no tener que ver a diario en sus palacios vaticanos tanta pornografía pagana como habían acumulado sus predecesores amantes del arte. Pío V: el mismo papa pudibundo que le encargó a Daniele da Volterra ponerles calzoncillos a las figuras desnudas pintadas por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, condenando al obediente artista a llevar para el resto de su vida y para la posteridad el apodo infamante de “il braghettone”, el pintor de braguetas. Pío V, el mismo papa que prohibió bajo excomunión las corridas de toros escandalizado de que en sus galopadas por el ruedo se bambolearan deshonestamente los pesados testículos del totémico animal. Pío V, el papa de la Contrarreforma, martillo de herejes, por todas esas cosas proclamado santo por la Iglesia católica tras haber sido en vida Gran Inquisidor antes que papa.

Pero tan ridícula es la pudibundez de Rouhaní o la de san Pío V como la de los adoradores del arte, los iconólatras que ahora se escandalizan ante el pecado contrario: no el de desnudar, sino el de cubrir la desnudez de las estatuas. Eso, en el arte contemporáneo, se llama simplemente una “intervención”, actividad emparentada con la “instalación”. Intervenciones son tanto la ordenada por Renzi en los Museos Capitolinos como la de Pío V en la Capilla Sixtina. Más severa esta, porque las cajas se quitan sin dificultad, pero no fue posible borrar los añadidos de Volterra a los frescos de Miguel Ángel cuando, hace pocos años, se les hizo una restauración a fondo. Pero intervenciones al fin y al cabo: nada grave. Las hay más drásticas todavía, como la emprendida por el Daesh en Siria con martillos neumáticos sobre los restos milenarios de la estatuaria babilónica, o la que hicieron los talibanes de Afganistán con los Budas colosales tallados en la roca en Bamiyán, a cañonazos. Del mismo modo se comportaron los curas doctrineros de la Conquista española con las esculturas que encontraron entre los pueblos de América, que representaban deidades locales y en las que vieron ellos imágenes del demonio. Los gustos artísticos cambian con los tiempos, con las modas y con las religiones. Y los dioses son celosos los unos de los otros.

Pero la ofensa que les acaba de hacer el gobierno italiano a los dioses griegos no fue inspirada por el dios de los musulmanes, sino por otro de aparición más antigua: por Mammón, el dios del dinero. La visita del presidente iraní tenía por objeto firmar contratos con empresas italianas por 17.000 millones de euros. Por la plata baila el perro.

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