Por Sandra Borda

Des-banalizando las cumbres

Un efecto del histórico aislamiento internacional colombiano es la repetición constante del estribillo que se oye por igual en medios de comunicación y en la calle: “Las cumbres internacionales no sirven para nada”, “son una perdedera de tiempo y de plata”.

2015/04/17

Por Sandra Borda

Un efecto del histórico aislamiento internacional colombiano es la repetición constante del estribillo que se oye por igual en medios de comunicación y en la calle: “Las cumbres internacionales no sirven para nada”, “son una perdedera de tiempo y de plata”.

Con la Cumbre de las Américas que se llevó a cabo recientemente en Panamá, se enfilaron los escépticos que cada vez que hay un encuentro internacional en el que participa Colombia, repiten hasta el cansancio y casi irreflexivamente las frasecitas de rigor.

Sin embargo, no juzgo. Es normal que la opinión de un país que se la ha pasado mirándose al ombligo por cuenta de sus turbulencias internas y que poco discute lo que sucede en el mundo, llegue a esa conclusión así de fácil. Cuando hay que adoptar posiciones y no hay mucho conocimiento o interés de por medio, lo más fácil siempre es descalificar, decir que las reuniones internacionales son inútiles y que nada va a cambiar. Con eso, se cierra el debate de un solo tajo. Podemos pasar a cosas más importantes: ¿vieron la última portada de Sofía Vergara en Vanity Fair?

Pero si estamos en este país en el proyecto de convertirnos en líderes regionales y asumir un papel más activo a nivel internacional, lo mínimo que podemos hacer es asumir el deber ciudadano de informarnos y dar estos debates con más seriedad. Ya estuvo bueno de parroquialismos y lugares comunes.

Entremos en materia: hay tres tipos de argumentos que utilizan los escépticos de las cumbres. El primero es que en las cumbres no se logra absolutamente nada, que no producen transformaciones. El segundo es que los pocos resultados que producen se podrían alcanzar sin que dichas reuniones tuvieran lugar. El tercero es que así se tomen decisiones, los gobiernos solo van a estos eventos a quedar bien, a echarse un discurso, y luego regresan y se pasan por la faja los compromisos que adquirieron.

Discutamos estos argumentos uno por uno.

Quienes sugieren que las cumbres no logran cosas asumen que la evidencia está en que “no se ven” resultados después de dichas reuniones; si no hay algo tangible y palpable, no se hizo nada. Este tipo de análisis pasa por alto que el ejercicio más importante en estos escenarios es el de la conversación, la deliberación y la negociación. Fue el diálogo entre países que tiene lugar en reuniones internacionales el que permitió la creación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el régimen normativo que regula el comercio global. Las normas no son puentes ni autopistas que se puedan ver y palpar, pero generan cambios importantes en el comportamiento de los Estados.

El segundo argumento es contrafactual y nos pone a preguntarnos si todos los acuerdos que se diseñan en las cumbres se podrían lograr sin ellas. Tal vez sí, tal vez no. El punto es que los encuentros colectivos y presenciales hacen que las conversaciones sean más efectivas y fluidas y les permite a los países lograr un objetivo clave en política internacional: definir y exponer su posición frente a temas de trascendencia. Estas cumbres sirven para que el público global se entere de “quién es quién” en materia internacional, quiénes tienen posiciones similares y quienes están separados por diferencias irreconciliables.

El último argumento sugiere que estas posiciones que se exponen en las cumbres son falsas, son pura fachada. Es el viejo lugar común según el cual en política internacional nada tiene que ver lo que se dice con lo que “realmente” se hace. Esta idea hay que evaluarla caso por caso y no dejarla convertida en generalidad inútil. Es probable que así suceda en algunos temas y escenarios, pero también es cierto que el discurso internacional es un mecanismo con el que cuentan los gobiernos para tramitar sus expectativas e intereses.

En la pasada Cumbre de las Américas, varios Estados, entre ellos Colombia, pensaron con mucho cuidado la posición que asumirían frente a la crisis venezolana y frente a la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Y lo hicieron porque saben que importa, que asumir una posición tendrá consecuencias y que otros gobiernos y las sociedades civiles les pedirán que rindan cuentas y sean coherentes. Luego espacio para los discursos vacuos y la hipocresía hay, el punto es que estas prácticas resultan cada vez más costosas dentro y fuera de los países.

Al final, todo se reduce a esto: le sugiero que lea sobre el mundo antes de la creación de las organizaciones internacionales, de los diálogos multilaterales, del derecho internacional y los derechos humanos, y el mundo de hoy. Ahora pregúntese: ¿cuál prefiere?

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