Por Antonio Caballero.
  • Raúl Castro y Barack Obama en la pasada Cumbre de Las Américas.

Correlación de fuerzas

A esta fotografía, que es sin duda histórica, hay que meterle mucha dialéctica para interpretarla como han querido hacerlo algunos nostálgicos: como una merecida victoria de la larga y heroica resistencia de Cuba ante la agresión de los Estados Unidos.

2015/05/22

Por Antonio Caballero

A esta fotografía, que es sin duda histórica, hay que meterle mucha dialéctica para interpretarla como han querido hacerlo algunos nostálgicos: como una merecida victoria de la larga y heroica resistencia de Cuba ante la agresión de los Estados Unidos. Es lo contrario: es una rendición. Hablando personalmente, la lamento.


Raúl Castro y Barack Obama en la pasada Cumbre de Las Américas.

Hablando desde una visión estética de la Historia, también. La celebro desde el punto de vista socioeconómico del pueblo cubano, que puede por fin emerger de medio siglo de implacable asedio por hambre. Iconográficamente hablando, esta foto recuerda la patética escena central de ese grande y triste cuadro de Velázquez llamado La rendición de Breda o, popularmente, Las lanzas. Pero sin lanzas. Solo está su remedo en la cifra vii en borrosos números romanos de la Séptima Cumbre de las Américas reunida hace un mes en Panamá, donde ocurrió la escena. En el mismo teatro de uno de los primeros zarpazos imperiales de los Estados Unidos contra América Latina, el raponazo del primer Roosevelt en 1903, y también del más reciente: el bombardeo del primer Bush en 1989.

Adecuado escenario. Y si nos remontamos al frustrado y fallido Congreso Anfictiónico que convocó Bolívar en Panamá en 1826… En fin: tristezas.

Es una foto casi en blanco y negro, como corresponde al carácter luctuoso del asunto. Los dos retratados visten de gris oscuro: corbata negra de humo la del uno, de azulado gris acero la del otro. Puños y cuellos blancos de las camisas blancas. Cabezas canas. La única nota mínima de color es el rojo y azul de la diminuta bandera de barras y estrellas en la solapa del de la derecha, el presidente Barack Obama de los Estados Unidos. Los dos van de civil. Tanto el presidente de Cuba, Raúl Castro, a quien la prensa de su país no llama nunca de ese modo, sino confianzudamente “Raúl” a secas o protocolariamente “General de Ejército Raúl Castro Ruz”, como el estadounidense Barack Obama que también es civil en la vida real, incluso cuando como comandante en jefe juega a declarar sus guerras. Obama aprieta con fuerza la mano floja que Castro le tiende desde lejos, y la arrastra con todo y brazo hacia la derecha (entiéndase esto como una indicación meramente escénica): el uno tiene 54 años y el otro, 84. Raúl encoge la papada en un último gesto defensivo. A Barack se le nota en el tendón de cuello, bajo la gran oreja, la tensión contenida del más fuerte que trata de no abusar demasiado de la debilidad del otro. El pie de foto informa (hablo del que publicó en su primera página El Colombiano de Medellín) que “Raúl Castro exculpó a Obama de los agravios de E. U. a la isla”.

Y de todas partes le llegan aplausos y elogios al vencedor: qué bueno, qué generoso, cómo se ve que no abusa. Se exculpan, en efecto, los agravios y los abusos de 50 años: la invasión, el bloqueo, los sabotajes, los intentos de asesinato, el amparo a los ataques terroristas de los exiliados de Miami. Y los de los 50 años anteriores: la tutoría política del protectorado, la colonización económica, la conversión de la hermosa ciudad de La Habana en un burdel para las mafias norteamericanas. Y al vencido se le perdona que se haya atrevido a erguirse ante el imperio en un paroxismo de arrogancia. Qué impertinencia, ¿no?, qué mala educación, qué falta de talante democrático: llamar imperio al imperio. Bien merecidos se tiene sus 50 años de castigo.

Con este saludo de mano entre interlocutores desiguales, este apretón de un lado, este aflojamiento del otro, Cuba recupera un respiro sin duda necesario en su soledad cósmica. Pero a la vez pierde la importancia que ha tenido a lo largo de casi toda su historia, y que ha sido siempre desproporcionada con respecto a su pequeño tamaño, su exigua riqueza, su insignificante poder. Una importancia más simbólica que real, pero indudable durante cinco siglos: la de haber sido la primera tierra descubierta por los europeos en el Nuevo Mundo, y a continuación la base para la conquista de todo el continente; la de haber sido durante 400 años la joya más preciada del imperio español, y la última, y a continuación la primera del naciente imperio norteamericano; la de haberse convertido en un despreciado burdel para gringos, y a continuación, con el engallamiento de rebeldía de la revolución, en el primer “territorio libre de América”.

Es triste, repito, ver en esta fotografía la ilustración de cómo ahora, por la mecánica materialista dialéctica de lo que los marxistas llaman la correlación de fuerzas, la heroica isla de Cuba naufraga en la mediocridad de la historia.

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