Por Nicolás Morales
  • Fotograma de Uno al año no hace daño.

Dago: una al año sí hace daño

Dago García es el ídolo con pies de barro del cine colombiano. Uno al año no hace daño recoge millones y millones de pesos, como ninguna otra película colombiana lo había hecho antes. Atrás quedaron los taxistas millonarios y las estrategias de caracol. A esta cosa no hay quién le ponga la chancla en taquilla.

2015/03/02

Por Nicolás Morales

Dago García es el ídolo con pies de barro del cine colombiano. Uno al año no hace daño recoge millones y millones de pesos, como ninguna otra película colombiana lo había hecho antes. Atrás quedaron los taxistas millonarios y las estrategias de caracol. A esta cosa no hay quién le ponga la chancla en taquilla. En una fantástica entrevista realizada por Sofía Gómez en el periódico El Tiempo, Dago se muestra magnánimo y dice: “El cine que yo hago es el que me gusta hacer (…) Nunca (voy) pensando si va a trascender o si estoy atendiendo alguna responsabilidad”. Leo la entrevista tres veces y no me la creo, pero entre líneas descubro que Dago expresa máximas de una filosofía cinematográfica que me inquieta profundamente, la filosofía del pies barrismo: donde quiera que pisa la embarra, y el lodazal de sus embarradas es la alfombra que define los pasos de una carrera que es no solo embarazosa sino más bien “embarrazosa”. No obstante, decido, en un acto de valor supremo, ir a ver el bodrio, a sabiendas. Y por supuesto, salgo destrozado, en parte porque el público ha reído y celebrado la embarrada.

Dice Dago, textualmente, que “la película logra combinar una estética muy cuidada de lo popular”, y eso me suena como a presentación de Andrés Carne de Res. ¿Qué es una estética de lo popular ahí sino un argumento de clase para ridiculizar la pobreza? Dago, ha construido un inmenso sistema de lugares comunes que miran con desprecio lo popular. Los pobres, cierto, se emborrachan, como todo el universo. De eso va la película. Pero cuando lo hacen, si nos atenemos a esta comedia picante, son patéticos. A los pobres, pareciera decir esta historia, les basta cualquier chirrinche para abrir la caja de pandora del estereotipo social, y ese estereotipo está pintado con los colores del prejuicio de clase media, con ese folclorcito de pacotilla que les hace imaginar que los pobres bailan el mambo-rock en mitad de calle, mitad payasos y mitad delincuentes, menos humanos que los simios del planeta de los simios, mezquinos y previsibles, pero en últimas inofensivos: gente de mal gusto, infiel y resentida con el jefe, pero chistosos, eso sí. ¿O qué más podría ser un pobre en una película de Dago, aparte de desagradable, previsible y chistoso?

Cada uno de los “personajes” en esta película está diseñado (si es que la palabra “diseño” pudiera ser empleada con tanta impunidad) de modo que sea nada más que un equívoco, una exageración, cuya calidad principal y más exagerada es la de ser, bajo diferentes apariencias, completamente mediocre. Y nada mejor para hacerlo que el espacio del festejo popular, pues así resulta fácil suplantar nociones como las de comunión y comunidad bajo la excusa de una ebriedad que permite al público reír sin malestar ante una masa indiscernible de pulsiones y deslices. Nada más chistoso y pintoresco que una fiesta de 15, que un bautizo o un matrimonio, siempre y cuando haya pobres en medio, claro.

Dice Dago que sus películas no son autobiográficas, pero sí parten de sus recuerdos. Habría que ver qué clase de recuerdos son esos, pues a simple vista parecen servir únicamente para alimentar el revanchismo social. Yo invitaría a que antropólogos y sociólogos vayan a ver la película y vean cómo los públicos que se ríen de lo que efectivamente es gracioso salen advertidos de cómo se ven en el gran espejo de la pantalla.

En la perspectiva de Dago, la crítica hace cortocircuito con sus películas porque las evalúa desde una pretensión artística, pero aun esta afirmación es exagerada, ya que no hay ni una pizca de inteligencia cinematográfica o estética que pueda servir de asidero momentáneo a un crítico deseoso de hablar del valor visual o narrativo de esta “obra”. Por supuesto, no es Focine, pero eso es algo que se da por descontado hoy, cuando es fácil recuperar la platica de una producción plana a punta de publicidad parásita y, bueno, de boletas vendidas para ver a Katherine Porto “actuar”.

Para terminar, quisiera decir que mi turbación arrancó desde el comienzo de la proyección, cuando el escudo del Ministerio de Cultura apareció muy orondo. Sé que no hubo dinero directo, pero me gustaría abrir el debate al respecto: ‘Cine y populismo’ se llamaría el foro. Podemos invitar incluso a los Dagos, a ver cómo es que entienden este país, tan embarrado.

 

Lea también:

El nuevo (viejo) Museo Nacional


Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Revista Arcadia anuncia a sus lectores que nuestra versión impresa comenzará a pedirles que se registren en nuestra página web.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com