De piropos no concluidos

Nicolás Morales lanza loas a algunos proyectos culturales del país.

2011/07/19

Por Nicolás Morales

Desde hace algunos meses detecto que esta columna causa estragos. O que más bien sus torbellinos comienzan a envolverme y me golpean con fuerza. En recientes inauguraciones de eventos culturales, algunos lectores se me han acercado para expresar su inconformidad y su desazón con un planteamiento, con una idea o con todo el relato. Una persona, sin saber que estoy presente, se despacha en contra de mi prosa injustificadamente pedante. Otros amigos, más bien cercanos, me reclaman por el tono drástico, peligroso e impersonal de mi última columna. Todo en dos semanas.

 

En busca de nuevos temas leo mis cuadernillos y, sin sorpresa, detecto que los que me apasionan no son, por supuesto, aquellos asuntos que desde mi subjetividad tan pasional, marchan bien, conmueven o son interesantes. Me pregunto: ¿y si volviera más a menudo a la escritura en puro sentido positivo, para evitar en algo este desgaste? ¿No ha llegado el momento de ser más ponderado y correcto en las líneas de esta entrega mensual?

Los listados de mis columnas iniciadas, nunca publicadas, con esta norma optimista, se agolpan. Asuntos que me conmovieron por su calidad, formato o contenido. Hay una sobre los libros que están produciendo un grupo de editoriales de Medellín llamadas Tragaluz y Mesa Editores; otra sobre el programa radial universitario sabatino llamado Trapecio dirigido por Carlos Heredia; otras sobre los artículos largos (tipo ensayo) de El Tiempo en su nueva era (por fin las ideas fuertes vuelven a aparecer en la prensa generalista); otra sobre algunos nuevos columnistas y sobretodo el caso apasionante de Juan Esteban Constaín; una sobre dos buenas revistas gratuitas que me gustan (Bakanica y Cartel Urbano). En fin, se me acumulan las columnas empezadas y nunca totalmente escritas. En alguna ocasión comencé otra columna sobre el escritor colombiano Evelio Rosero. En efecto, Los ejércitos, novela ganadora del Premio Tusquets, había perturbado mis días como no lo hacía una novela colombiana hace muchos años. Y no pude terminar el ejercicio.

 

Mis nociones de teoría literaria desbarataron la nave y no me interesó desenredar un entablado de estructuras y conceptos para decir simplemente que me gustaba el libro. La columna de nuevo fracasó y se quedó en el tintero.

 

Muchas otras cosas me gustan del entramado cultural colombiano. Un libro, algún cortometraje, una obra de teatro, una decisión, una revista, un par de acciones culturales significativas, una gestión cultural de larga duración, un gesto, un mecenazgo, en fin, decenas de asuntos. Pero por extrañas fuerzas no logro que sean el centro de las temáticas. Y las razones de esta inoperancia para escribir sobre cultura en esta clave descriptivamente optimista es que no encuentro los caminos de mi escritura. No se me da, fallo; mis párrafos se hacen escasos y cuelgo los guantes durante los primeros asaltos (o párrafos).

 

Reconozco que lo más significativo de este asunto es que si no escribo en clave “dar palo”, me atrapa el hastío. Me encuentro poco interesante y sospecho que el lector bostezará irremediablemente con tanto piropo. Pero tal vez esto es una mentira: el lector también se aburre con mi escritura severa. Y entonces, como hoy, entro en pánico. Y hago un balance de lo que hubiera querido hacer pero no hice. Un lector me manda un e-mail diciéndome escuetamente que el tipo de escritura que fomento no me va a llevar a buen puerto. Y entonces, pensativo, me pregunto: ¿pero cuál es mi buen puerto?

El español Jorge Semprún, ex ministro de Cultura que falleció hace un par de semanas, decía en una novela que solo la escritura lo salvó de su infierno. A mí la escritura en clave soporífera no me salva. Diría más bien que me distrae de estas tardes lentas, frías y correctas y me da pistas de los puertos a los que definitivamente no quiero llegar.

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