¿Debates de arquitectura?

Miguel Mesa reflexiona sobre los más recientes debates de arquitectura.

2011/07/19

Por Miguel Mesa

Resumo algunos de los debates sobre arquitectura local que han circulado en nuestros medios durante los meses recientes: la propuesta ganadora de reforma al estadio El Campín fue calificada como maquillaje por alguno que no estaba conforme con que no se construyera un nuevo estadio. El autor del Parque Biblioteca de Santo Domingo Savio fue acusado de copiar un proyecto de David Chipperfield y al mismo tiempo se denostaron los premios que esta obra recibió ya que hay quienes consideran que la transformación positiva que sufrió el barrio no es atribuible, en ningún aspecto, al edificio. El concurso del Centro Internacional de Convenciones de Bogotá fue cuestionado porque las bases piden un ícono para la ciudad. Se rechazaron, por pseudofilosóficos, algunos de los textos que el autor del Orquideorama ha escrito para explicar su trabajo. Por último, se reniega de la ampliación del Parque de la Independencia porque se dice que la nueva intervención —Parque Bicentenario— se impone sobre el paisaje del parque, la arquitectura patrimonial y el gusto de los vecinos.

 

Pero fíjense en el contenido de los debates: rehusar caprichosamente el trabajo de un colega porque quieres que no se reforme un estadio sino que se haga uno nuevo. Acusar al compañero de pupitre de copiar un dibujo. Decirle al lector que los edificios no juegan un papel importante en la transformación de las sociedades. Atacar ciegamente a los edificios singulares como si estos fueran por definición algo negativo. Burlarse de un colega y de lo que escribe sin explicar por qué sus ideas carecen de interés. Demeritar radicalmente la amplia-?ción de un parque que no te gusta porque quieres demostrar que hay otro proyecto más adecuado que ese. Aunque resulta una buena manera de ganar pantalla, juzgar a los colegas y condenarlos de estilistas, copistas, pseudofilósofos, impostores, destructores del patrimonio, la naturaleza y la sensibilidad de las comunidades, es un gesto temerario, injusto y sospechoso. Y no resulta adecuado como labor crítica porque no da señas de una actividad responsable.

 

No me digan que algunas de estas polémicas no parecen rabieta de adolescente. El problema es que estos comentarios que rayan en el chisme y la calumnia, ante la falta de otra cosa, enganchan al público y lo confunden. Sin embargo, lo que realmente me preocupa es el tono camorrero y prejuicioso con el que se escriben algunos de estos supuestos debates. Me atrevo a decir que es este desprecio por el trabajo del otro el que convierte estas inconformidades, importantes o insignificantes, en mensajes vacíos e imposibles de atender. A la luz de las coyunturas que vive nuestra sociedad (guerra, desplazamiento, inundaciones, crisis de infraestructura y vivienda, crecimiento expansivo de las ciudades, etc.) es claro que necesitamos construir debates complementarios a los descritos arriba y nuevos modos de comunicarlos, porque si nos quedamos únicamente con estos, solo vamos a añadir una vulgar indiferencia a la violencia.

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