Martha Ruíz

Defensa de la pared (pintada)

"El aerosol para muchos de nuestros gendarmes es equivalente a un arma. A lo mejor porque las primeras pintas que “ensuciaron” las paredes de las ciudades eran apologías de la guerrilla o de la izquierda."

2014/04/21

Por Marta Ruiz

Lo primero que hizo Rafael Pardo en su breve paso por el Palacio Liévano fue mandar a borrar los grafitis de la Calle 26, dizque por razones de ornato. Pintar muros es considerado en el mundo entero un asunto de canallas; un acto de vandalismo. En sociedades civilizadas, “ensuciar” el espacio público o privado da pequeños carcelazos o multas. Aun así, los alcaldes de las grandes urbes, conscientes de que el grafiti no va a desaparecer porque sí, han creado espacios legales para que artistas callejeros y activistas dejen allí su impronta. Sin embargo, a saber por qué, los amantes del aerosol tienen una demostrada preferencia por los muros prohibidos. Es así como su prestigio se mide en muchas ciudades por la cantidad de multas y estrujones que han recibido.

En Colombia los grafitis siempre han sido considerados una actividad subversiva. Prueba de ello es que hace ya un lustro un joven policía disparó contra un grafitero inerme, convencido de que cumplía con su deber. Como en aquellos años de La Rubiera donde un puñado de colonos pensaba que matar indios no era pecado.  

El aerosol para muchos de nuestros gendarmes es equivalente a un arma. A lo mejor porque las primeras pintas que “ensuciaron” las paredes de las ciudades eran apologías de la guerrilla o de la izquierda. Algunas ilegibles por cierto: “Viva el PCCML línea Albania”, por ejemplo. O el famoso: “No vote”. O cosas que hoy suenan tan esotéricas como: “Fuera rusos de Afganistán”.  Claro, después vinieron los tiempos de los grafitis más creativos, como ese inolvidable: “Que nos gobiernen las putas, ya que sus hijos no pudieron”. Arte o no, siempre los grafitis han sido una expresión indecorosa de la política.

Entiendo que pintar grafitis sea considerado de mala educación. Pero no podemos negar que muchas veces esos letreros asquerosos son portadores de noticias de un mundo subterráneo, escondido, marginal. Interesante. Recuerdo el estupor que me produjeron los primeros grafitis que leí en los baños de mujeres de la Universidad de Antioquia. Solían ser alusiones grotescas al sexo y escupitajos de desprecio a la diferencia.  Señales de intolerancia y mucho, mucho racismo. “Haga patria, mate un costeño”, escribían mis paisanas con frecuencia.  Los baños eran una verdadera cloaca de malos pensamientos que, sin embargo, dejaban al descubierto la doble moral de esa sociedad que vive tan orgullosa de sí misma. Eran simplemente un testimonio de la realidad.

Claro, no todo era inmundicia.  Nunca olvido un grafiti escrito con buen pulso en  mi salón de clase y que se me ha vuelto un mantra eterno: “Desde hoy comienzo una nueva vida”.  O aquel tan obvio como inofensivo: “Raskólnikov asesino” (¡vaya!); y el inolvidable: “Por el derecho al orgasmo”.

Debo confesar que también yo tuve mis canalladas.  Sucumbí ante la invitación de ir, bajo la sombra de la clandestinidad, a pintar muros. Por supuesto yo no soy Banksy, ni pinte a niñas elevándose con globos, ni soldados británicos besándose o meando.  Debió ser algo así como como “Abajo la farsa electoral” (¡que vigente, por Dios!) o cosas por el estilo. A veces uno tenía que correr si venía el vigilante y, aún en las peores épocas, se sabía que un grafiti te podía dar una noche de calabozo y una reseña policial. Nunca un disparo, como en estos tiempos.  Y es que con los años la estética pública parece haber aumentado su importancia para las autoridades (¡Así fuera con la ética!).

Ahora dizque hay que pedir permiso para hacer grafitis y estos deben ser arte verdadero.  En otras palabras, el grafiti debe ser domesticado. Institucionalizado.  Si es arte, se salva. El resto se considera basura. Y claro que hay arte en muchos de nuestros muros. Ahí está el beso, en la 26, como expresión de esa ciudad olvidada de los indigentes.  Pero no hay que pedirle arte al grafiti. Menos que este deba tener el refinado sentido de la estética de nuestros gendarmes. Ya sabemos que ningún presidente va a ofrecer 200.000 dólares por ellos, ni se los dejará de herencia a sus hijos. Que un grafiti sea arte o no es baladí. El grafiti es una expresión política. Y es por transgresor y no por feo que lo mandan borrar.

Aun así, no hay que rasgarse las vestiduras. Gobernantes como Pardo lograrán que los grafitis sigan vigentes. Es por ellos, contra ellos y a pesar de ellos que las paredes seguirán siendo lugares de la libre expresión. Siempre habrá alguien dispuesto a pintar un muro gris, una noche cualquiera. Qué importa que los gendarmes borren el grafiti después, con tal de que no le disparen al grafitero.  

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