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Deseo navideño

"Mi deseo en esta Navidad, para usted y sobre todo para mí misma, es que podamos tomarnos más en serio (...)"

2013/12/12

Por Carolina Sanín

Entre todos los lugares comunes que circulan y que las personas repiten seguras de que saben lo que dicen, hay uno que me descorazona especialmente. Es aquello de “tomarse demasiado en serio”. Lo formulan como crítica: “fulano se toma demasiado en serio”, o como consejo: “no se tome tan en serio”. No lo repiten como loros (eso sería otro lugar común repetido estúpidamente), pues nunca han presumido los loros de conocer el significado humano de los sonidos que articulan, y mucho menos han esperado amonestar con ellos a nadie (basta con tomarse en serio la naturaleza de los loros, por un instante apenas, para saberlo), sino que lo repiten como quien emite un juicio irrebatible. Al presumir que es reprobable que alguien se tome muy en serio, se cree que la seriedad es un abuso y que conlleva prepotencia, solemnidad, egoísmo y hasta amargura.

 

Me parece importante revisar el concepto de seriedad, que en realidad se relaciona con atención, lucidez, deliberación y sinceridad. Tomarse en serio no significa tener un sentido desproporcionado del propio poder o la propia influencia. Significa estar dispuesto a darle importancia a lo que tiene importancia, es decir, a absolutamente todo. Quien se toma en serio asume el deber de examinar, hasta el límite de sus capacidades, todo aquello que le atañe, y entiende que es en ese acto de reconocimiento –y de disfrute– donde radican la humildad y la responsabilidad humanas. No existe, pues, la posibilidad de demasía en cuanto a tomarse en serio. Nadie puede tomarse demasiado en serio, pues la seriedad es una dedicación inagotable. Nadie puede tampoco tener un sentido desproporcionado de la propia importancia, pues es infinita la importancia de todos y de todo.

 

Tomarse en serio equivale a algo tan simple como reconocer la existencia de cuanto se hace y se dice. Ser serio es no hacerse pasar por quien no se es. Es hacer las cosas en la realidad, no hacer como si se las hiciera. No es el opuesto de ser alegre. De hecho, para reírse hay que tomarse en serio aquello de lo que uno se ríe: hay que considerarlo y observarlo, y lo mismo vale para reírse de sí mismo. Pocas actividades requieren tanta seriedad como el ejercicio del humor. Ser serio es opuesto, en cambio, a ser ligero. Si uno obra sin tomarse en serio, obra a la ligera; es decir, obra a medias. Quien vive sin tomarse en serio solo hace como si viviera: en su rechazo a la intensidad, no distingue entre la vida y la muerte.

 

Yo creo que en la raíz de la violencia de nuestro país (de nuestra guerra, del desastre de nuestras ciudades, de la pobreza de nuestras instituciones, del incumplimiento de nuestras leyes) está la indisposición a tomarnos en serio. El origen de nuestra incapacidad para respetar la vida ajena es nuestro de-sinterés por la propia vida. Si vivimos como zombis, no nos importa tampoco que el otro viva o muera. En otras palabras, creo que es a punta de mediocridad como hemos perpetuado la injusticia que nos rodea. Pues el que no reconoce la irrevocable importancia de cuanto hace, hace las cosas de cualquier manera; y quien hace las cosas de cualquier manera no las hace sino que las destruye.

 

Mi deseo en esta Navidad, para usted y sobre todo para mí misma, es que podamos tomarnos más en serio. Que pensemos y trabajemos bien, asumiendo apasionadamente que en cada instante somos reales (que, por ejemplo, no repitamos lugares comunes sin examinar su significado y sus implicaciones). Ojalá podamos inspirarnos en la escena –tan seria y tan enfáticamente no solemne– del nacimiento del hombre más serio que ha vivido.

*Imagen: Escena del nacimiento de Jesús en la película La vida de Brian, de Monty Python.

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