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Detrás del pantano

Nicolás Morales escribe sobre la virulencia y los insultos que dominan los foros virtuales de los periódicos en Colombia.

2013/07/18

Por Nicolás Morales

Los foros virtuales de los periódicos en Colombia apestan. Eso es bien sabido. Desde la crisis de hace casi una década, cuando algunos columnistas, empezando por Collazos y Samper, denunciaron el nivel de pugnacidad de sus lectores y decidieron no permitir comentarios a sus escritos, todos sabemos que estos son la fuente del mal. Odiamos casi todos los comentarios que hacen decenas de miles de radioescuchas en la W. Somos implacables con los imaginarios construidos en Candela Estéreo todos los días, bajo la forma de chistes o de sesudas reflexiones de sus locutores. Nos impresionan muchos de los miles de trinos horrorosos que circulan masivamente en Colombia. Pero decimos: “Esto es lo que hay”. Una horda de gente que se agarra de las mechas, que es incorrecta hasta en sus formas básicas de enunciación y que quiere, directamente, mandar todo al carajo. O casi todo. Estos internautas siempre habían estado ahí, pero antes no escribían cartas a los grandes periódicos, no tenían voz en la radio y, de repente, se vieron publicados y al aire sin censura, sin candados y con la rapidez del segundo. Son, desde hace una década, nuestros compañeros del día a día.

Pues bien, una muy interesante investigación publicada en la revista de comunicación Signo y pensamiento (volumen XXXII) devela la naturaleza del hedor. Concentrándose en el insulto en los foros de los lectores de la prensa digital, el investigador Juan Carlos Acebedo afirma que estos se han convertido en “verdaderos bestiarios tropicales”. En ellos reinan las alusiones sexuales degradantes y las discriminaciones de género más insólitas.

La investigación –muy rica en ejemplos– le permite afirmar que la cantidad de insultos en estos foros revelan “el déficit de raciocinios que parece señalar una suerte de incompetencia ciudadana para el ejercicio público de la razón (…)”. Según este análisis, el volumen de improperios develaría un verdadero déficit intelectual de los lectores o, por lo menos, de una gran parte de estos. Por supuesto, adhiero al postulado de esta investigación que he simplificado abusivamente. Se sabe además que estos foros de lectores son verdaderas joyas de la mala escritura, de la falta de argumentación juiciosa, de los contrasentidos y de una absoluta ausencia de reflexión sobre cualquiera de los asuntos en cuestión. Sin embargo, es el insulto lo más relevante, el signo distintivo de la opinión pública digital. Un amigo venezolano me decía que en estos años nunca encontró en la prensa venezolana las cosas que lee en los comentarios de nuestra prensa online.

En otras palabras, siguiendo a Acebedo, los foros de discusión se han convertido en cloacas o en cuadriláteros sangrientos. Pero lo más grave, si me lo permiten, son las conclusiones de esta pesquisa. Palabras más, palabras menos, el insulto ilustraría el pulso del desahogo nacional de un público frustrado que no encuentra canales de comunicación para exponer sus valores, creencias y esperanzas. Es decir, son los lamentos de una población que no se ve representada en sus aspiraciones de transformación radical y violenta de la vida, una transformación que los foristas reclaman desde sus publicaciones autoritarias, extremas y ultraconservadoras (sin importar si son de derechas o de izquierda). Casi todos desprecian las formas de representación política más clásicas, la legitimidad de los representados, la supuesta transparencia del sistema y la reputación de todos los actores.

Por supuesto, miles de personas no entran a estos portales porque se asquean de lo que ven. Sin embargo, dejar de leer los foros no resuelve prácticamente nada. Más bien, leerlos nos recuerda las diferencias educativas, los diversos capitales culturales y las escasas maneras de expresión popular a las que ni intelectuales ni políticos prestan atención porque ignoran (o fingen ignorar) la existencia de esos aullidos retransmitidos en las franjas de comentarios, ahora semiocultas, de El Tiempo y de El Espectador, y porque prefieren mantenerse alejados de ese pantano maloliente de la opinión pública nacional, esa hecha con las tripas de una masa turbia poco susceptible de ser digerida y unificada por las encuestas y por las urnas virtuales, siempre tan limpias y veraces. (Para leer la investigación sobre el insulto pulse aqui)


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