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Diseño de sonrisa

Antonio Caballero explora la historia de la sonrisa a partir de una foto de la realeza europea de finales del siglo XIX.

2014/02/28

Por Antonio Caballero

                           
                                   La realeza europea rodea a la reina Victoria. Foto publicada en El tiempo el 26 de enero.

Todos estos que ven ustedes aquí son reyes, reinas, zares, káiseres, o por lo menos duques soberanos. Todos son hijos o nietos o bisnietos de la señora gorda, malhumorada y friolenta que se arrebuja abajo y en el centro, sentada en un sillón: Victoria, reina de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda, emperatriz de la India, abuela de toda Europa. O, más bien, de todas las guerras de Europa, desde la de Crimea hasta las de Irlanda, pasando por las dos mundiales; para no mencionar las del resto del planeta, desde Afganistán hasta las Malvinas y de vuelta a Afganistán. Se acaba de anunciar la retirada de las tropas británicas de este último país para el año que viene, y el periódico The Guardian calcula que con ese repliegue, si es que se da, por primera vez los soldados de Albión no tendrán participación activa en las guerras del mundo desde el año 1707.

Pero vuelvo a la foto.

Es de finales de siglo xix. Victoria, cuyo larguísimo reinado dio su nombre a toda una era, murió en 1901. Aquí la vemos en sepia, como solían ser las fotografías de la época cuando no estaban coloreadas a mano, en esta que reprodujo El Tiempo a finales de enero de este año para ilustrar, justamente, el comienzo de una de esas muchas guerras: la llamada “Gran Guerra” del 1418. Pero la expresión de gravedad que muestran todos los retratados no viene de la premonición de los terribles sufrimientos que se anunciaban para sus pueblos, que les importaban un pito, sino de algo más serio: de que para los días en que la foto fue tomada todavía no había sido inventada la sonrisa.

Vean a estos señores barbudos, o simplemente bigotudos como el káiser de Alemania que está sentado a la izquierda, o patilludos como ese que inclina levemente la cabeza arriba a la derecha, ceñudos todos bajo la visera del quepis militar o el ala curva del bombín civil. Hay uno, de cubilete ocho reflejos, arriba y en el centro, que tiene la boca entreabierta: pero por un problema adenoideo o por el aburrimiento de la pose para el fotógrafo: no abierta en una sonrisa. Y las señoras, igual: todas serias y severas bajo sus sombreros de plato con plumas o con cintas o con flores o con frutas. La reina Victoria, encapuchada bajo una especie de turbante, aprieta resueltamente las quijadas. Ni siquiera a las dos niñas del primer plano, en la flor de la adolescencia y presumiblemente con la dentadura todavía intacta, se les ocurre sonreír.

Insisto: es que no se había inventado la sonrisa. La risa sí. Viene de la antigüedad de los dioses homéricos, y la podemos ver representada a menudo en estatuas helenísticas o romanas de Baco o en las pinturas de bebedores de Velázquez, de Hals, de Goya, de los maestros flamencos: risas desmueletadas de borrachos. De la sonrisa, en cambio, hay muy pocos ejemplos en las artes visuales. Está la Gioconda, por supuesto, y el ángel de piedra de la catedral de Reims, y la pareja de esposos de un sarcófago etrusco, y, en la muy remota antigüedad, una estatua sonriente del faraón egipcio Tutmosis III. Tal vez también alguna diosa hindú en el frontón esculpido de un templo. Pasados los milenios aparecen algunas sonrisitas picaronas en la pintura del rococó francés, y la famosa sonrisa irónica y sarcástica de Voltaire en el busto de Houdon. Apenas media docena de sonrisas en tres mil años.

Y todas son sonrisas a medias: solo de labios, sin exhibir los dientes. Porque por lo general los modelos retratados no los tenían. Hoy todo el mundo sonríe porque todo el mundo tiene dientes que mostrar. Verdaderos o falsos, poco importa: la omnipresente sonrisa contemporánea, que tiene menos de cien años de existencia, es fruto de las técnicas de la odontología. La sonrisa, que un poeta romántico llamó “la más alta conquista de la humanidad”, es hoy su moneda más barata, pero, a la vez, más necesaria. Para triunfar en la vida hay que sonreír, cualquiera que sea el campo de la vida. Así, para ser presidente de los Estados Unidos es necesario sonreír, por lo menos desde los años treinta de Franklin Delano Roosevelt. Para ser campeón de esquí, también: piensen en Jean Claude Killy. Para ser figura de la farándula, del comercio, de las finanzas, de la ciencia, mucho más que talento se necesita tener una dentadura completa, bella, blanca, y saber mostrarla. Y si no, no. En el mundo de hoy, Victoria de Inglaterra no hubiera podido ser reina.

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