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Disparen sobre el crítico

La crítica de arte no vale ni el trabajo de matarla, y esto no es síntoma de civilización sino de un carácter taimado que origina y genera más violencia, de un estado de cosas que tiene en poca cuantía las representaciones del arte y la política (para el caso son lo mismo).

2013/05/17

Por Lucas Ospina

Un actor sobreactuado que durante años sufrió las saetas de la crítica, impostó su suicidio y regresó al escenario del mundo con un plan impío: matar a sus críticos emulando algunos asesinatos de las obras de Shakespeare.

A un crítico lo mató a puñaladas (Julio César); a otro lo arrastró con un caballo (Troilo y Crésida); a otro le sacó el corazón (El mercader de Venecia); a otro lo ahogó en vino (Ricardo III); a otro lo decapitó (Cimbelino); a otro lo indigestó haciéndolo comer sus french poodles (Titus Andronicus); a otro, celoso, lo hizo matar a su mujer (Otello); a una crítica la quemó como a Juana de Arco en la hoguera (Enrique IV); al último crítico, su álter ego, lo inmovilizó en un escenario para que se tragara sus palabras a costa de quedar ciego (Rey Lear). Pero algo salió mal, hubo un fuego, y el veterano actor murió mientras personificaba su último rol: crítico de la crítica.

Esto es Teatro de sangre, una película de 1973 protagonizada por Vincent Price. La trama es una fantasía: nadie mata a un crítico de arte.

Lo dice bien el escritor Víctor Albarracín en el ensayo “La retaliación de lo real”, de su libro El tratamiento de las contradicciones. Allí cuenta de una “guerra verbal llena de puteos, sarcasmos y toda clase de insultos” que mantuvo con Shaki Chan, un bazuquero cuidador de carros que lo perseguía y amagó con chuzarlo. Albarracín contrastó esta amenaza con las desventuras que trae ser un crítico de arte: “El mundo cultural es inofensivo o, más bien, como toda la vida del aspirante a pequeñoburgués, mata de a poquitos: deprime, reseca y desespera; lleva al suicidio o al alcoholismo; obliga a unos cuantos a cambiar de vida, a volverse huraños y a esconderse por años en una finca de la sabana. […] En el mundo de la cultura, nada hay que temer más allá de la bofetada de un artista dolido a un crítico hiriente, del complot de unos profesores en contra de un aspirante a cátedra o de la conspiración de una institución que impide que alguien que los ha jodido con correítos y derechos de petición pase a cualquiera de sus convocatorias”.

Algo distinto sucede con otros géneros de crítica. “Tienen veinticuatro horas para salir de la ciudad y debe quedar claro que si siguen metiendo sus narices en los casos de restitución de tierras, serán ustedes las próximas. Es el único y último llamado que se les hace”, dice el comunicado enviado en mayo por un grupo “anti-restitución de tierras” a ocho periodistas de Valledupar. Por esos mismos días el periodista Ricardo Calderón se salvó de ser asesinado a balazos por dos sicarios que fallaron por falta de tino o por un hábil error: ahí dejaron la advertencia a Calderón y a otros que intenten criticar el estercolero del aparato político-militar.

Escribir sobre arte, o sobre cultura, es inofensivo, inocuo. El único peligro que conlleva es la desazón que causa contemplar de frente la medianía de una casta impermeable y autosatisfecha, individuos, grupos, instituciones con un ampuloso decorado intelectual y al reverso, en privado, hipocresía; los criticados repiten un mantra: “No importa que hablen bien o mal de ti, lo que importa es que hablen” (o “Too bad”, como responde displicente Gloria Zea a las críticas por el parrandeo del Museo de Arte Moderno de Bogotá).

"A fin de cuentas uno es demasiado poco, uno es el Shaki Chan de la cultura, alguien a quien simplemente se debe ignorar; un tipo estridente y desaliñado, alguien inofensivo por quien no vale la pena ponerse en tantos trabajos”, concluye Albarracín.

La crítica de arte no vale ni el trabajo de matarla, y esto no es síntoma de civilización sino de un carácter taimado que origina y genera más violencia, de un estado de cosas que tiene en poca cuantía las representaciones del arte y la política (para el caso son lo mismo). La burocracia sicarial apunta y dispara, su madre, la burocracia ilustrada prefiere pasar de agache. Quizá sea una forma más ladina y efectiva de dispararle a la crítica.

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