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Doce años

En su columna del mes Marta Ruiz habla del poder del lenguaje que revela el libro de Víctor Klemperer, LTI La lengua de Tercer Reich: apuntes de un filólogo.

2010/03/15

Por Marta Ruiz

La piratería de libros es detestable. Nadie debería publicar la obra de otro sin el debido permiso. Pero hay casos de casos. Alguien acaba de publicar de manera poco ortodoxa un libro que seguramente no se venderá en los semáforos ni terminará en exitosa serie de televisión como El cartel (de los sapos) o Sin tetas no hay paraíso. Se trata de LTI La lengua de Tercer Reich: apuntes de un filólogo, de Víctor Klemperer, libro que de no ser porque hay piratas ilustrados, nunca habríamos podido leer.

Klemperer, profesor judío de la Universidad de Dresde en la década de los 30, se había dedicado a estudiar la literatura francesa. Cuando empezaba a escribir el trabajo de su vida sobre la Revolución francesa, entraron en vigencia las leyes de Nuremberg. Fue expulsado de la universidad y se le prohibió la entrada a las bibliotecas. Poco después tuvo que llevar la estrella de David como marca infame y dedicarse al trabajo fabril. Pero no dejaba de observar todo lo que ocurría a su alrededor. Pasó noches y madrugadas escribiendo sus diarios que retratan la vida cotidiana de la Alemania de Hitler, y muchos de sus apuntes sobre la lengua sirvieron para publicar, una vez acabada la guerra, su libro sobre la lengua del Tercer Reich (LTI: Lingua Tertii Imperii).

El tiempo y una poderosa máquina de propaganda lograron cambiar el significado de las palabras entre los alemanes. Klemperer sabía bien que el lenguaje es poder, y veía aterrado cómo a su alrededor todo cambiaba de contenido sin que muchos lo notaran. Los nazis necesitaban tiempo, y lo tuvieron. Doce años duró Hitler en el poder. Doce largos años en los que el disenso y la resistencia fueron cediendo. El lenguaje de los nazis se convirtió en el lenguaje del pueblo alemán. “Las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico”, dice Klemperer.

El sistema no prohibía las palabras, ni tampoco que se inventaran nuevas. Pero con la propaganda lograba darles otro significado, cargarlas de prejuicios. Hitler, que era un hombre de acción y que despreciaba profundamente a los intelectuales, tuvo siempre a su lado a Goebbels que lograba convertir en doctrina sus actos. La maquinaria terminó siendo eficaz. “Héroe” era quien moría defendiendo el nazismo y no quien se resistía a él. “Fanático” sonaba en el Tercer Reich como un elogio. La jerga militar, la de la industria o, peor aún, la de la burocracia reemplazaron al lenguaje coloquial. El propio Klemperer que se cuidaba con obsesión de repetir las envenenadas palabras de sus verdugos, se descubrió un día a sí mismo usándolas, como si fuera la cosa más natural. No se puede resistir todo el tiempo a la avalancha de la manipulación.

Pero quizá la más inquietante de las reflexiones sobre la LTI es la exaltación del instinto, de lo emotivo y lo sentimental por encima del intelecto. Las palabras como seducción de las masas. La seducción como manipulación. Y la manipulación como ejercicio abusivo del poder. Todo ello porque el Tercer Reich duró demasiado y pudo instalarse en la cultura, en la psicología, en el lenguaje, en los hábitos de la gente.

El secreto del autoritarismo no está tanto en la violencia que se ejerce, sino en los sutiles mecanismos que usa en la vida cotidiana para prolongarse. Necesita tiempo para intoxicar.

Doce años son mucho tiempo. Suficiente para cambiar en cualquier sociedad el significado de palabras que siempre han parecido inequívocas: guerra, justicia, instituciones y democracia.

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