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La promesa autoritaria de Trump

El verdadero peligro no reside en el discurso populista de derecha con pocos chances de convertirse en una verdadera política pública; muy pocas promesas de las concretas que ha hecho Trump son susceptibles de convertirse en realidad.

2016/03/23

Por Sandra Borda

El autoritario es un electorado que expresa un miedo más profundo que el del resto, busca la imposición del orden donde percibe la posibilidad de un cambio peligroso, y desea un líder fuerte que esté en capacidad de enfrentarse a esos miedos con vigor. Es un electorado que busca un candidato que prometa estas cosas. Y la naturaleza extrema de los miedos de los autoritarios y de su deseo de enfrentarse a las amenazas con dureza los llevará hacia un candidato cuyo temperamento no se parece en nada a lo que se ha visto en la política americana hasta ahora y cuyas propuestas políticas sobrepasan de lejos la frontera establecida por las normas y la legalidad”.

Así describe Amanda Taub el entusiasmo autoritario alrededor de la candidatura de Donald Trump en Estados Unidos. Los miedos de los que habla Taub no son de poca monta y han sido activados por transformaciones políticas y sociales profundas al interior de la sociedad estadounidense: el duro impacto que ha tenido la globalización y las crisis económicas sobre la industria y aquellos que se empleaban en la misma, ha empujado a grupos sociales fuera de los pueblos y ciudades que históricamente habitaron, y a algunos los ha dejado sumidos en la pobreza y con pocas posibilidades de superarla. Y mientras esto sucede, “los otros” (los latinos, los afroamericanos) no solamente crecen en número sino que ocupan ávidamente espacios laborales y sociales que siempre se pensaron eran prerrogativa y derecho exclusivo de los blancos estadounidenses.

Esta es, ciertamente, una combinación explosiva que ha puesto a una parte importante del electorado en una actitud defensiva y a su vez desafiante, dispuesta a jugarse el todo por el todo para recuperar su lugar de privilegio y convencida de respaldar a una figura que, como la de Trump, no solo es autoritaria sino altamente desinstitucionalizadora e irrespetuosa de la legalidad. Ellos perciben que esta puede ser la última oportunidad para recuperar el lugar de dominio que les ha sido concedido y al que tienen derecho “por naturaleza” desde las épocas del Destino Manifiesto.

Pero el verdadero peligro no reside en el discurso populista de derecha con pocos chances de convertirse en una verdadera política pública; muy pocas promesas de las concretas que ha hecho Trump son susceptibles de convertirse en realidad. El efecto no de su gobierno, sino de su candidatura misma, puede ser mucho más perverso y, peor aún, puede perdurar en el tiempo y cambiarle para siempre la cara a la discusión política en Estados Unidos.

La norma de lo políticamente correcto ha cumplido en ese país con la función de regular la interacción social y política en una sociedad con altísimos niveles de diversidad racial y cultural. Es, por decirlo de una forma, un mecanismo que facilita la convivencia en un escenario donde la diferencia tiene un gran potencial de producir conflicto. La propuesta esencial de Trump es “liberar” a una clase social que se siente oprimida por esta norma, es desregular la interacción social y dejar salir el miedo “al otro” sin ningún tapujo; es activar las formas de discriminación más explícitas y envalentonar el espíritu supremacista. Por eso, su estilo desfachatado e improvisado ha generado tanta resonancia: su promesa es la de la transgresión social.

Es posible que la cultura de lo políticamente correcto sea una forma muy superficial de resolver parcialmente los conflictos raciales y culturales propios de la sociedad estadounidense. De hecho, muchas y muy profundas formas de discriminación sobreviven y se prolongan en el tiempo debajo de esa delgada y frágil capa de convivencia. Incluso, hay quienes insisten en que hay que abandonar el lenguaje algo hipócrita de lo políticamente correcto para iniciar un activismo genuino que lleve a la reivindicación de los derechos de las minorías.

El problema aquí, y como lo han estudiado muchos, es que las formas “duras” de discriminación siempre empiezan por las formas “blandas”, por el lenguaje mismo. Darle rienda suelta al uso de un lenguaje ofensivo y descalificador, como lo propone Trump, puede resultar emancipador para un sector social que se siente oprimido por estas formas, pero puede también activar y desregular todas las manifestaciones de conflicto latentes (de clase, racial, cultural) y convertir a una sociedad que se preciaba de ser un melting pot, en un melting clusterf**k.

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