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Dueños de nuestros días

Margarita Valencia habla de la sensación del absurdo desde las voces de diferentes autores.

2010/03/15

Por Margarita Valencia

La sensación de absurdo se incuba y medra dentro de la certeza del desarraigo, de la pérdida. Gregorio Samsa es kafkiano porque dentro del cascarón de insecto su conciencia humana no desaparece nunca, y eso lo eleva a la altura de los héroes; Edipo se convierte en un héroe trágico solo cuando aprehende su situación, y la tragedia de Sísifo —condenado a empujar eternamente una roca hasta lo alto de una montaña solo para verla caer de nuevo— es precisamente su conciencia: “Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde, conoce toda la amplitud de su miserable condición”, afirma Camus en El mito de Sísifo; “en ella piensa durante el descenso.” Y añade: “El desprecio de Sísifo por los dioses, su odio a la muerte y su pasión por la vida le valieron ese suplicio indecible en el cual todo el ser de dedica a no rematar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra”.

El absurdo es el precio que se paga por el amor, que es, desde que nace, la aterradora posibilidad del desamor. Ningún amor cabe en un cuerpo solamente / aunque abarquen sus venas el tamaño del mundo: en estos primeros dos versos el poeta Eugenio Montejo explica cómo la ausencia del otro, la separación, torna incompleto nuestro cuerpo, lo único que creemos tener: Ningún amor cabe en un cuerpo solamente / aunque el alma se aparte y ceda espacio / y el tiempo nos entregue las horas que retiene. El poeta Darío Jaramillo le da otra vuelta de tuerca a la sensación absurda de la mutilación que nace del amor cuando le confiesa a su ángel instantáneo: Luego acaricias el muñón y siento la caricia más abajo. / Estoy amputado y me acaricias entero, / resucitas mi pie en clave de dicha.

La guerra —que aloja en las personas la posibilidad constante de violencia, la muerte y el desarraigo— hace que la vida misma empiece a balancearse sobre el abismo del sinsentido. ¿Cómo sobrevivir sin perder la imagen humana? “El instinto de dotar de sentido a las cosas y expresarlo con palabras me salvó de la desesperación”, afirma Lidiya Ginzburg en el Diario del sitio de Leningrado. La relación cotidiana con las cosas, asumida como inamovible, se quiebra con la guerra porque la guerra impone su propia cotidianidad. La función de los objetos se desplaza, o desaparece, y de pronto lo que estaba allí ya no está: ya nada se puede dar por sentado.

El estado de violencia continua que sustenta el proceso de colonización y el arrasamiento resultante hacen que ni siquiera sea posible lo heroico; escindido de sus raíces, el ser humano se pierde en la inutilidad de sus actos, despojado de toda esperanza: “Nos ha prestado su casa. Nos ha dado todo lo que podamos necesitar. Pero no debemos estarle agradecidos. Somos infortunados por estar aquí, porque aquí no tendremos salvación ninguna”.

En “Me caigo y me levanto”, Cortázar escribe —con menos desolación que Rulfo pero idéntica desesperanza— “No toda recaída va de arriba a abajo porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe dónde se está”. Lo absurdo es reemplazado por lo fútil, lo inane, y le abre la puerta a la puerilidad que tintura los sucesos de la fundación de Macondo, en Cien años de soledad. Ya no es absurda sino pueril la fascinación de José Arcadio Buendía con el hielo, su júbilo al contacto del misterio; como pueril es su fácil claudicación cuando, a la vista de un enorme galeón español “rodeado de helechos y palmeras, blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana”, decide que Macondo está rodeado de mar por todas partes y desiste de encontrar una ruta que pusiera a su aldea en contacto con los grandes inventos del mundo. El galeón se vuelve absurdo muchos años después, “cuando el coronel Aureliano Buendía volvió a atravesar la región y lo único que encontró de la nave fue el costillar carbonizado. Sólo entonces se preguntó cómo había podido el galeón adentrarse hasta ese punto en tierra firme”.

La respuesta de García Márquez a la inanidad del mundo que lo rodeaba fue la refundación del Nuevo Mundo, la redacción de una nueva cosmogonía y una nueva historia que interiorizaba como propia la identidad que nos asignó el imperio. La respuesta de Rulfo en Pedro Páramo fue mostrar el mundo arrasado de Comala: “He venido a confortarte, hija”, le dice el padre Rentería a Susana San Juan. “¿Para qué vienes a verme si estás muerto?”, le responde.

Pero Camus creía —y quisiéramos creer con él— que una angustia inmensa es demasiado pesada de llevar; no podemos nunca admitir la victoria de la roca sobre Sísifo: “El hombre absurdo dice sí y su esfuerzo no cesará nunca. En lo demás, sabe que es dueño de sus días”.

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