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Editar cultura

Nicolás Morales comenta el abandono de la prensa cultural y el comienzo de la era del publirreportaje en Colombia.

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Oí a Maryluz Vallejo, una de las mejores investigadoras sobre periodismo de opinión que existen en Colombia, decir por estos días que los editores abandonaron la prensa cultural escrita en Colombia. Estoy de acuerdo. Pienso, para complementar, que estamos asistiendo a la era de los publicistas, los relacionistas públicos y las jefes de prensa, que han invadido las páginas de los segmentos culturales de periódicos, canales de televisión y de algunas emisoras. Sin embargo, lo que ha sucedido en la gran mayoría de los medios escritos es particularmente doloroso, pues evidencia que la era del publirreportaje se ha instalado cómodamente en los escritorios de los periodistas.

Hace un par de sábados, el periódico El Tiempo hizo moñona al incluir, en la portada de su sección de cultura, dos artículos de sus dos empresas filiales: el primero, sobre un programa de CityTv que contaba la historia heroica de Dave Batista, reconocido luchador que logró sobreponerse a muchos y muy sosos problemas para llegar a ser hoy una estrella del deporte de entretenimiento; el segundo era una nota de casi media página relativa al acto de lanzamiento de las últimas novelas de Planeta en España, premiadas en la más reciente edición de su cristalino concurso. El articulito fue escrito por Juanita Samper quien, por cierto, suele hacer cosas mucho mejores cuando no la ponen a escribir publirreportajes de la casa matriz. Digo yo: ¿Cómo puede el periódico más importante de Colombia lanzarse con una portada dedicada a promover los productos culturales de sus filiales y propietarios sin que medie un editor? La respuesta parece tonta: es la sección de cultura y, en consecuencia, ¿qué importancia puede tener?

Tanta comodidad pone en evidencia la ausencia de un periodismo de investigación en cultura y eso tiene que ver con el supuesto de que el campo cultural es bien intencionado, cristalino y carente de pasiones políticas, corrupción y bajezas. Pocos se atreven a desentrañar las políticas culturales de ministerios, secretarías y entidades privadas, pues sus programas y decisiones se consideran incomprensibles, intocables o inocuos. Que alguien hable mal de un festival como VivAmérica en la prensa ya es excepcional, pero la crítica nunca se traduce en consecuencias para el evento y, en cambio, colar en un artículo algún regaño a ArtBo puede costarle la pauta al medio el siguiente año.

La crítica escasea y la encontramos sólo en medios muy especializados. En la prensa cultural brilla por su ausencia. Al respecto, confieso que me gusta leer a los columnistas culturales de la página editorial de El Tiempo, pues escriben bien. Pero casi siempre se trata de columnas laudatorias, como si hablar mal de libros, películas o teatro fuera inconcebible o inconveniente.

En las secciones internas de los periódicos abunda el sopor en la información cultural. Allí, absolutamente todo vale: decir que un grupo de rock nacional hizo historia, decir que un espectáculo de globos es impresionante, decir que un libro es impactante, decir que tal artista plástico es la hostia. No hay filtros de calidad, porque no hay crítica. Así, son los lectores, a ciegas, quienes deben separar el bagazo de la sustancia, decidiendo por puro instinto a qué prestarle atención y qué desechar de unas páginas que vomitan constantemente los frutos del lobby de agencias de cultura, disqueras, editoriales y amigos de los periodistas o de los accionistas del medio. Se terminó el tiempo del periodista, en su reemplazo llegaron los comunicadores corporativos, listos a meterle al lector mercancías, como si se tratara de un programa de televentas. A fin de cuentas, pareciera que es a punta de llamadas telefónicas como logran completar la pauta que le da forma a la información del día.

Es por eso que los editores de cultura valen oro. Porque imponen criterios, definen énfasis y descartan contenidos. Todavía quedan algunos editores de cultura en Colombia, que tratan todos los días de ordenar, filtrar y llevarnos lo que en su criterio, subjetivo pero profesional, vale la pena. Perdónenme, pero eso hizo Juan David Correa durante estos años en la redacción de Arcadia. Juan David entendió a la perfección el proyecto planteado por la dirección, trabajó con la idea de que en el mundo cultural la visión no sólo es la del producto, sino también de la experiencia, y realizó una perfecta simbiosis entre la información internacional y el contenido local, lo que no siempre es fácil. Por último, fue un editor valiente, porque no tragó entero, colgó artículos y se la jugó con papeles difíciles. Un editor con responsabilidad cultural y un lector empedernido. Con esas características, conozco pocos y pocas.

Por eso no me cabe duda de que habrá buena mar en sus nuevas actividades, aunque en este caso, hablando de un medio muchas veces postizo e inmóvil, la fortuna que le deseo es que siga logrando agitar las aguas.

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