El apocalipsis

Antonio Caballero reflexiona sobre los efectos económicos del terremoto de Japón.

2011/05/03

Por Antonio Caballero

Si usted, lector, siempre quiso saber por qué funciona tan mal la economía del mundo, aquí tiene la respuesta. Funciona mal porque la economía llamada “real”, la que se puede tocar con los dedos, la que produce y consume bienes y servicios, está dominada por el sector financiero: el que se ocupa de comprar y vender en los mercados bursátiles cosas intangibles y etéreas como promesas o futuros o derivados de futuros. Y el sector financiero, aquí representado por una fotografía tomada en la bolsa de Tokio, funciona así.

 

Vean a ese señor que se echa la mano a la cabeza con desesperación y se arranca los pelos sin saber qué hacer. Es Dios mismo, manejando la Creación. El arte occidental lo había representado siempre como un anciano de barbas blancas flotando entre las nubes: así lo eternizó Miguel Ángel en el techo de la Capilla Sixtina, en el Vaticano. Más recientemente, el cine daba a entender que el verdadero Dios no era Ese sino Otro. Un señor ya maduro, bien vestido, al que no se le veía la cara en la pantalla, sino solo la mano, con un curioso anillo de sello, rascándole la cabeza a un gato. Aunque no se sabe: tal vez este Otro era solo el Demonio, o el malvado demiurgo del que hablaban los gnósticos antes de que los quemaran a todos en la hoguera en nombre del demiurgo bueno. La discusión es vana, en todo caso, porque Dios no es ninguno de ellos, sino Este de la foto. Mírenle la nuca, mírenle el reloj. No puede ser Otro. Una vez lo dijo Él mismo, hace ya tiempos: “Soy el que soy”.

 

¿Y cómo va a entender algo de economía ese pobre Dios, disfrazado de operador bursátil japonés, en esa retahíla de números que ni siquiera van en orden, unos precedidos por un signo más, otros por un signo menos, unos en amarillo, otros en blanco, otros en verde, otros en rojo, y por añadidura en perpetuo movimiento parpadeante sobre una franja azul, y encima intercalados de letreros escritos, creo, en el alfabeto nipón? Los números cambiantes son arábigos. El fondo de la enorme pantalla en donde se mueven es negro, como la noche estrellada.

 

Y por si faltara algo, “hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que sueña tu filosofía”, tal como en su momento le advirtió Hamlet a su amigo Horatio.

 

Al lado de la foto grande que muestra a Dios de espaldas, en un artículo titulado “Tiemblan las finanzas mundiales”, hay otras dos más pequeñas. En una se ve a un grupo de operadores bursátiles sudorosos, en mangas de camisa (¿ángeles?, ¿arcángeles?), que gritan todos a la vez (o tal vez cantan) mientras no paran de hablar por teléfono, uno de ellos por dos teléfonos al tiempo, y de casar apuestas con los dedos, como en una gallera. En la otra, tres operadores más de saco azul eléctrico abotonado hasta el nudo de la corbata —roja una, verde otra, la tercera a rayas azules—, que llevan en la solapa tarjetas de identidad con números que no son consecutivos y que van del 288 al 2.772, lo cual indica que hay en el recinto cerca de tres mil personas, y están rodeados de pantallas electrónicas encendidas todas a la vez, también parecen furiosos. Uno de ellos suelta una maldición. ¿Son demonios? Otro se lleva la mano a la coronilla, comprendiendo que no puede evitar lo inevitable.

 

Las tres imágenes vienen firmadas por la agencia AFP. Pero yo diría que son visiones terroríficas pintadas por El Bosco sobre el Juicio Final.

 

Ojalá me equivoque.

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