Protesta antitaurina en Cali. Foto publicada en El Tiempo el 1 de julio de 2011.Juan Pablo Rueda Bustamante. Cortesía. El Tiempo.

El arte

Antonio Caballero reflexiona sobre el arte taurino.

2011/07/19

Por Antonio Caballero

El rasgo característico de los antitaurinos es su ceguera al arte. No me refiero al arte del toreo: de eso hablaré después. Sino al arte en general. Su ceguera, su sordera, como quieran llamarla: su incapacidad para comprender lo que están viendo, lo que están oyendo, lo que está pasando. Tienen ojos, y no ven, como dice la Escritura. (Pero tampoco leen lo escrito: no quieren saber).

Pero están aprendiendo. Su propio antitaurinismo, paradójicamente, les sirve de guía.

Así, desde hace algunos años se les han venido abriendo las meninges a los misterios de la poesía y de la música. Rudimentariamente por ahora. Su contacto con la poesía se reduce a la repetición obsesiva de unos pocos pareados disparejos de prosa rimada y consonante, del estilo de “¡Los toros no son cultura! ¡Los toros son tortura!” entonados con ritmo monótono acentuado en la penúltima sílaba (...¡uúúúra! ...¡uúúúra!), que les sirve, suponen ellos, de acompañamiento musical. A veces los realzan con unos brinquitos: es su aproximación a la danza. Los antitaurinos son muy primitivos. Lo cual, me apresuro a aclarar, no es un defecto: es un estadio temprano y todavía tosco del desarrollo espiritual, que puede evolucionar con el paso del tiempo. Ese primitivismo, con la ignorancia que conlleva, explica en buena parte el que no entiendan que la tortura es una manifestación de índole cultural, aunque sea moralmente condenable. La cultura es neutra desde el punto de vista de la moral: tanto valor cultural tiene lo moral como lo inmoral, así como es igual el valor estético de la belleza y el de la fealdad. En fin: ya les vendrá a los antitaurinos, si les viene, la capacidad del distingo moral. Por ahora van solo en lo estético.

La fotografía que ven ustedes arriba es la prueba. No es mucho todavía. Es apenas el equivalente al pareado cojo en poesía, al grito gutural en música, al saltito rítmico en danza: es la representación pictórica de un toro hecha por un grupo de militantes antitaurinos en la Plazoleta de San Francisco, en Cali (según informa el pie de foto de El Tiempo del 1 de julio). Están tirados en el pavimento, con los cuerpos semidesnudos pintarajeados de rojo y negro —pues a los antitaurinos les gusta semidesnudarse y embadurnarse de colores para llamar la atención: en ellos alumbra ya también un embrión de arte dramático. Los de rojo forman el morrillo del toro, ensangrentado por las banderillas. Los de negro, el animal entero, de pitones a rabo.

La fotografía es muy buena (la firma Juan Pablo Rueda); pero la instalación en sí es todavía bastante torpe. A estos antitaurinos que se acuestan bocabajo en el piso se les nota que no han visto en su vida un toro bravo. El que dibujan es una ofensa a la especie más bella del reino animal. Es un toro a la vez agalgado, o sea de barriga recogida y largo como un galgo, y acochinado: redondeado de lomos como un cochino cebado. Carece de papada, como un gato, y en cambio lleva al cuello los cuerpos colgantes de dos antitaurinos que simulan una especie de badajo de buey. Tiene lo que en términos taurinos se llama “poca cara”, es decir, pocos pitones, y uno de ellos, el izquierdo, está partido por la cepa. Y mientras las patas traseras terminan en cascos achatados de equino y no hendidos de bovino, tampoco las manos tienen verdaderas pezuñas, sino pinzas de cangrejo. Testículos no hay. Es cierto que se ve una gran confusión por el lado de los cuartos traseros: patas, rabo, algo que puede ser un pene recurvado y largo. Pero testículos no hay. Y una de las cosas más notables y notorias que tiene un toro bravo son los testículos, pesados y bamboleantes como badajos de campana. En resumen: es un toro mal hecho.

Lo cual no es de sorprender. Es un toro imaginario, imaginado por antitaurinos de acuerdo con descripciones fragmentarias y fantasiosas de terceros. Como el famoso elefante indio descrito por unos ciegos únicamente mediante el tacto: el uno le palpó un colmillo, el otro le columpió la trompa, el otro le tiró el rabo, y los cuatro murieron aplastados por las patas que estaba empezando a reconocer el cuarto. O como el dromedario, del cual se dice que es un caballo diseñado por un comité. Los antitaurinos critican de oídas, porque no van a los toros. Pero que no se fíen mucho de su propia ignorancia, como los ciegos cuando se pusieron a describir al elefante. Porque se empieza queriendo pintar al toro, y se termina tratando de torearlo.

Pero hay un largo camino ente lo uno y lo otro, desde el balbuceo pictórico hasta el arte del toreo. Tan largo como el que lleva de los bisontes rojos y negros de la cueva de Altamira pintados hace treinta mil años hasta un lance de capote de José María Manzanares como el que me sirvió para ilustrar en estas páginas, hace dos años, un artículo sobre el arte.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.