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El Colombian nightmare del reciente cine nacional

Nicolás Morales enumera las diez peores películas colombianas de los últimos tiempos.

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Como aquí se usa todo lo que está de moda, y lo que está de moda por estos días es listar las malas películas, vamos a realizar nuestro propio listado de las diez peores películas colombianas de los últimos tiempos. Posiblemente, en unos cuantos años, nos reiremos de estas películas, justo como hoy nos reímos del Taxista millonario, con esa especie de nostalgia complaciente por la que hasta Nelly Moreno en Erotikón es digna hoy de ser recordada, pero, con la mayoría de las películas aquí reseñadas, creo que simple y deliberadamente, preferiremos olvidar que existieron, como se olvidan esos días en los que no pasa nada de nada. Algunas fueron hechas con plata pública, otras con fortunas personales y hasta habrá fondos de DMG y similares financiando una que otra. A todos aquellos que no aparezcan en este conteo, les pedimos disculpas: no es por falta de mérito, chicos, sino de espacio. Y a Santiago Martínez, gracias por su colaboración en el asunto.

1. Hábitos sucios, de Carlos Palau (2003). La cruzada de Carlos Palau por limpiar el nombre de la monja Leticia López se convierte en un tropel de historias y en un boroló estético tal, que al final sólo las novicias lesbianas se quedan en la memoria del espectador. Francamente detestable es nuestra candidata al primer lugar, pero oímos sugerencias.

2. Esposos en vacaciones, de Gustavo Nieto Roa (1978). Dice Chaparro Valderrama que esta película demuestra cómo la triquiñuela sexual era vendedora en su copia de fórmulas televisivas, sugiriendo un antecedente de lo que años más tarde sería Entre sábanas. Hoy simplemente uno no se cree la taquilla que esta peliculita logro en su época.

3. Karma, de Orlando Pardo (2006). El nombre lo dice todo, porque nos cobra en estéreo y a todo color, todos los pecados que hayamos cometido en el pasado. No quiero ni pensar en lo que reencarnará esta película, apologética de la Seguridad Democrática, sabiendo, como sabemos, que ni segundas, ni mucho menos terceras partes fueron nunca buenas.

4. Buscando a Miguel, de Juan Fischer (2007). Se trata de una versión absurda del Cuento de Navidad de Dickens, en donde un millonario-cliché, grosero y bestia, es rescatado de las tinieblas por aquellos a quienes antes maltrató. En esta película, el millonario deambula, entre bobo y loco, por una ciudad de caricatura, justo como el director deambula por la caricatura ramplona de una adaptación que se le salió de las manos. Ni siquiera la buena actuación de Laura García haciendo de travesti logra salvar este barco, que desde el inicio estaba hundido.

5. Muertos de Susto, de Harold Trompetero (2007). La versión trompetera de la fórmula “dupla cómica”, entiéndase Don Jediondo y Alerta, no podría ser menos hilarante ni más patética. Era una película tan mala, tan mala, que hasta José Ordóñez la habría hecho mejor. La próxima semana, más cuentachistes...

6. Polvo de Ángel, de Óscar Blancarte (2008). No se puede esperar mucho de una película ambientada en lugares como Latinópolis o Ultrasandwich, en donde los personajes profesan la “globalifobia”. Esta versión coproducida, y copro lo que sea, de Mad Max, nos hace pensar en todo lo que podríamos hacer el resto de los mortales con los dineros que caen en malas manos.

7. Como el gato y el ratón, de Rodrigo Triana (2002). Otra vez una historia interesante arruinada por fallas técnicas y pésimas decisiones: Paola Rey disfrazada de fea, un conflicto barrial vuelto puro bochinche y, de ñapa, Marbelle. Mejor dicho, apague y vámonos.

8. La toma de la embajada, de Ciro Durán (2000). Una casa de la Bella Suiza nada maquillada junto a una dirección de actores digna de Padres e Hijos, incluida la de la mujer que se orinaba, terminaron haciendo de esta película un remedo de trabajo universitario al que, no sé si desafortunadamente, no pudimos hacerle repetir la materia.

9. Bogotá 2016, de Mora, Sánchez, Guerra y Basile (2001). Poder pensar el futuro parecería una oportunidad jugosa para cualquier realizador. Pero, ¿qué futuro puede tener una película llena de gente vestida de plástico y con lentes de contacto de colores? Quizás el mismo futuro que esa Bogotá del futuro que, para verse futurista, tuvo que recurrir a escenas filmadas en Maloka y el teleférico de Monserrate.

10. Es mejor ser rico que pobre, de Ricardo Coral (1999). Cuando Juana Acosta decide, en los primeros minutos, abandonar su casa de la Floresta de la Sabana para esconderse de la justicia en el barrio Galán, donde se juega un picadito callejero, uno sabe que nada va a salir bien.

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