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El espectáculo del éxito

"Acabo de ver La Voz Colombia por primera vez". Carolina Sanín opina sobre el espectáculo televisivo de uno de los realities más vistos del momento.

2013/10/18

Por Carolina Sanín

Soy poco aficionada a los espectáculos audiovisuales en los que no se interpreta un texto. Dicho de otro modo, entre los programas de televisión que veo no hay programas de concurso. Me gusta demasiado el drama como para disfrutar con un espectáculo que pretende reducirlo a dos actos: la entrada y la salida.

Acabo de ver La voz Colombia por primera vez. Quería ver cuál era el atractivo del concurso, y me pregunto si lo que resulta atractivo es precisamente que presenta, como alternativa a la vida, una contracción de la vida. A los nebulosos caminos que en la experiencia nos llevan hacia el éxito y el fracaso –y a los procesos opacos y siempre sospechosos que conducen hacia nuestro fracaso y el éxito de los demás y hacia una alternancia aparentemente infinita de pérdida y ganancia– el concurso opone la ilusión de un proceso finito de eliminaciones a través del cual, supuestamente, el mejor triunfa.

Para cumplir con ese propósito, apela a una doble creencia: a la fe en una justicia estética y a la confianza en la existencia del talento, que debe prevalecer y que puede descubrirse independientemente de las vicisitudes que sufra quien lo posee. La voz, entre todos los atributos humanos, se presta particularmente bien para ese propósito: una buena voz es el talento por excelencia, el don más innecesario, el más angélico. Es notable, al respecto, que expresamente el programa determine cuál es la mejor voz, no quién es el mejor cantante. La fantasía de objetividad se intensifica con la presentación de la voz como independiente del personaje.

Dentro de la simpleza del juego hay, sin embargo, ciertas complejidades que posiblemente aumentan el atractivo. El concursante no debe probarse produciendo un do de pecho sino cantando una canción conocida. La prueba entraña una contradicción. El aspirante se está comparando con alguien ya exitoso en cuya voz se conoce la canción, y sin embargo, al calificar, los jueces insisten en la distinción: el aspirante tiene una voz única, particular, especial.

Es compleja también la reversibilidad de las identidades de quienes conducen el concurso hacia su desenlace. Los jueces no solo eligen sino que también son elegidos por los concursantes, que deben decidir a cuál de ellos se afilian. El concursante, por otra parte, se identifica con los jueces: aspira a ser como ellos, es decir, a llegar a la posición desde la cual podría juzgarse a sí mismo.

Un ingrediente adicional –otra complejidad u otra simplificación, según se mire– es la escenificación de lo público y lo doméstico en el concurso. Frente al escenario están los jueces, que dicen si el aspirante tiene o no futuro; si es o no una promesa. Detrás del escenario se muestra a la familia del aspirante. Depositarios primeros de su promesa, padres e hijos reciben al concursante tras el juicio. La familia se presenta como una última instancia ante la cual nadie fracasa.

En un círculo exterior al de la familia está el público, que se compadece del aspirante fracasado, pero solo durante medio minuto, pues detrás de cada vencido viene un vencedor. El espectador se convence de que su papel consiste en asistir al espectáculo del éxito y no a la realidad del fracaso. Su expectativa, sin embargo, es engañosa. En el concurso el éxito nunca está presente; es un futuro que no llega, que se aplaza de prueba en prueba, de promesa en promesa.

Los concursantes que entran al programa vienen de un largo proceso de eliminación; su aparición en televisión constituye un triunfo, pero es un triunfo pasado, que no tiene lugar en el espectáculo. Su primera actuación en el programa es sometida a juicio y, de ahí en adelante, la emoción del público se deriva de la posibilidad de fracaso, no del acto en el que el cantante canta su canción.

La actividad del espectador del concurso es el descarte: él ve salir a los concursantes y sale de ellos, uno por uno. A partir de cierto punto en el proceso, puede participar en la eliminación, hasta que sale exitoso el último de los concursantes, la voz, que es en realidad un último eliminado.

El concurso reduce el drama de la vida a dos actos que son en realidad uno solo: la salida, que está en la etimología de la voz éxito. Y sin embargo, entre la salida y la salida, el aspirante canta una canción: la canción de otros en su propia voz. A lo mejor La voz Colombia es más realista que lo que me parecía al comienzo de esta crítica. A lo mejor la vida se parece más a esa canción que a los dramas que me gustan.

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