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El gran cambio

Antonio Caballero afirma que Barack Obama no represeta el cambio porque sea negro

2010/03/15

Por Antonio Caballero

La sola imagen de una mujer o la de un negro en la Casa Blanca dice más que mil palabras sobre los progresos de la igualdad de sexos y de razas en los Estados Unidos. Es un símbolo gráfico de ese “cambio” que prometen todos los actuales candidatos a la presidencia del país más poderoso del mundo, conscientes como son de que los años de George W. Bush han tenido el mérito de mostrar –de volver a mostrar– que sí importa quién es y cómo es la persona que ocupa ese cargo. Pero no es mucho el cambio si es solo un cambio de imagen: un cambio de apariencias. Es por eso que la mujer de este ejemplo, la precandidata demócrata Hillary Clinton, no representa tal cambio para nada, aunque sea una mujer. Porque antes que eso es una política profesional: no es distinta porque sea mujer, sino que es igual porque es falsa. Con el negro de este cuento, el también precandidato demócrata Barack Obama, sucede más o menos lo contrario: no representa el cambio porque sea negro (bastaría con echar una ojeada a lo que han sido los políticos profesionales negros, en los Estados Unidos, o en el África, o en el Caribe), sino que es distinto porque parece de verdad.

Un ejemplo: fuma. Y reconoce que fuma.

No digo que sea distinto porque fume: tabaco fuman, o han fumado, el 80 por ciento de los ciudadanos norteamericanos, y marihuana por lo menos el 50 por ciento. En eso no es distinto, sino igual a todos, como lo es también el hecho de que haya tratado de dejarlo diez veces. Pero es distinto en que lo reconoce. Hay que tener en cuenta que el último presidente de los Estados Unidos que ha fumado abiertamente en público ha sido Franklin Delano Roosevelt, en los tiempos remotos de la Segunda Guerra Mundial, cuando fumar era todavía elegante. Y aún así disimulaba la grosería de fumar haciéndolo a través de una larga boquilla de marfil, como Marlene Dietrich. Todavía a John Kennedy lo sorprendieron hace 50 años fumando puros habanos un par de veces: pero lo hacía a escondidas, pues él mismo acababa de imponer el embargo a las exportaciones de tabaco de la Cuba castrista. Bill Clinton no solo no fumaba, sino que únicamente usaba la punta de su tabaco para mojarla en los jugos eróticos de su compañera de juegos Mónica Lewinsky. Y aunque durante su primera campaña presidencial de 1992 confesó que de joven había fumado marihuana, lo hizo solo con dos hipócritas reservas: la de que al hacerlo no había violado ninguna “norma estatal”, pues no la había probado en ninguno de los Estados de la Unión, sino en Oxford, Inglaterra; y la de que además no la había inhalado. Cuando a Barak Obama le preguntaron en la televisión si él sí había inhalado su hierba cuando la fumó, respondió con franqueza:

—De eso se trataba, ¿no?

Y sin embargo un presentador de televisión de la cadena Fox News insiste en preguntar al aire:

—¿Es posible votar por un fumador para la presidencia? ¿No constituye un impedimento?

Legalmente hablando, no. Hablando políticamente, probablemente sí. Porque la política norteamericana está sometida a la descarada hipocresía (si así puede describirse) de la llamada “corrección política”. Y la corrección política, que prohíbe fumar, no prohíbe mentir: aconseja mentir. Lo que importa de Obama no es que fume, sino que no miente. Si alguien así resulta elegido a la presidencia de los Estados Unidos el cambio sería tan revolucionario como la elección del mismísimo George Washington, de quien se aseguraba que jamás en su vida había dicho una sola mentira.

Hillary Clinton, en cambio, prohibió el tabaco en los predios de la Casa Blanca cuando era primera dama y se enteró de lo de la Lewinsky. No porque tuviera celos de su marido infiel, sino por corrección política. Si llega a ganar ella, seguiremos en lo mismo.

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