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El hábito y el monje

Antonio Caballero revisa la iconografía de la revolución cubana

2010/03/15

Por Antonio Caballero

En la carrera quinta con calle 65 de Bogotá hay un dibujo impreso en la pared. Es la célebre imagen del póster del Che Guevara con su boina negra de estrella y la mirada clavada en el futuro. Pero en vez de la boina romántica de guerrillero heroico le han encasquetado un gorro blanco de cocinero. No de Che, sino de chef. Y todo cambia.

En una portada reciente del semanario francés Courrier International figura un guerrillero de las Farc, con la mirada en lontananza como la del Che, y una boina negra que sólo se distingue de la famosa del Che en que la estrella de cinco puntas ha sido sustituida por un pin de metal y esmalte en forma de mapita de Colombia con el Norte hacia el Este. Según el pie de foto, se llama Alonzo Lópes. (Lo cual no es probable: tal vez haya dos erratas en el nombre). Se parece al Che, pero no es el Che. Con lo cual todo cambia.

Se atribuye al Che Guevara, en los comienzos de la revolución cubana, una idea brillante de “creativo” de la industria publicitaria. Se trataba de desmitificar –la palabra estaba de moda entonces– ante las masas cubanas una bebida mitificada por el capitalismo norteamericano: la Coca-Cola. Según el Che, lo importante de esa bebida gaseosa no era su sabor bien conocido ni su archifamosa fórmula secreta (también ella un recurso publicitario), sino la forma de la botella. Para desprestigiar el capitalismo ante el pueblo bastaba, pues, con distribuir botellas usadas de Coca-Cola rellenadas con líquidos verdes o de color púrpura. Y cambiada la imagen, todo cambiaría.

No sé qué pasó después en Cuba con la iniciativa publicitaria del Che. Sé que en la Little Habana de los exiliados cubanos de Miami al otrora popular Cuba Libre (ron con Coca-Cola) le dicen ahora “mentirita”, porque es todo mentira: ni Cuba es libre ni el ron es auténtico Bacardí cubano. Aunque se llamen así.

Y la Coca-Cola tampoco es verdadera Coca-Cola, aunque se diga que sigue fabricándose con su antigua y original fórmula ultrasecreta: la que servía –siempre según la publicidad– como un sanalotodo para curar la tisis y la caspa, la neurastenia y la impotencia, porque llevaba la chispa de la vida en su elixir mágico de hojas de coca y nueces de cola. La fórmula actual de la Coca-Cola, además de sustituir el azúcar por edulcorantes artificiales, reemplaza el jugo de las nueces de cola por cafeína cítrica, y el estimulante hoy prohibido de la cocaína por un ersatz que se llama “extracto descocainizado no narcótico de hoja de coca” por autorización especial de la DEA. Así, de la misma manera que el Che tocado con un gorro de chef de cuisine es un falso Che, la Coca-Cola fabricada sin coca y sin cola también es falsa.

Y vuelvo a la boina: la boina negra del Che Guevara con su estrella reluciente, garantía visual inconfundible de su pureza de revolucionario. ¿Garantía inconfundible? No necesariamente el hábito hace al monje. Y, además, ¿de quién es el hábito? Porque la boina ha sido, según las épocas, según los sitios, prenda propia de gente muy diversa. Rembrandt se hizo veinte autorretratos con boina en la Holanda del siglo XVII. Hollywood les puso boina a todos los pintores parisinos de sus películas de los años treinta y cuarenta. Usaban boina las cantantes existencialistas de la inmediata posguerra europea, y la habían usado los anarquistas italianos de fines del XIX, pero también los campesinos pobres de Castilla la Vieja y los ricos del País Vasco, y los soldados del regimiento de Cazadores Alpinos del ejército francés. Eso, cuando la boina es negra. Porque si es roja, como la que se cala el coronel Hugo Chávez cada vez que se viste de paracaidista, no representa ya la pureza revolucionaria del Che sino el más extremo fanatismo reaccionario: es la boina roja de los requetés navarros del bando franquista en la guerra de España, que luchaban “por Dios, la Patria, los Fueros y el Rey”. Y cuando es azul, o gris, o de cualquier otro color, suele corresponder a tropas de las fuerzas especiales de cualquiera de los ejércitos regulares de todo el mundo. Por ejemplo, a los Rangers adiestrados por los Boinas Verdes del ejército norteamericano que ejecutaron al Che Guevara en la sierra de Bolivia.

Bueno, sí. Pero volviendo al punto de partida de esta nota, que era la iconografía de la revolución cubana, ¿acaso el propio Fidel Castro no ha cambiado el verde olivo de su uniforme de comandante rebelde de la Sierra Maestra por una sudadera blanca y roja de hombre anuncio de la multinacional deportiva Adidas?

Por otra parte, no se ve mal el Che con su gorro de cocinero. Aunque no sea el Che.

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