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El imperio

Marta Ruiz le dedica su columna a Lawrence de Arabia.

2010/03/15

Por Marta Ruiz

Uno de los personajes más interesantes del siglo XX es Thomas Edward Lawrence, el famoso Lawrence de Arabia. Todas las hipótesis que se tejen alrededor suyo son fascinantes. Para muchos es una extraña mezcla de intelectual y estratega que estaba compenetrado con los árabes y su causa independentista. Para otros, apenas un espía y embaucador que engañó a los árabes para beneficiar al Imperio británico. Hay quienes piensan que era un loco aventurero y mercenario. Los más benévolos están convencidos de que era un ser humano excepcional, que atravesó el desierto por amor a un joven beduino que murió de tifo mientras Lawrence se garantizaba la victoria en Damasco. A su amante le habría dedicado Los siete pilares de la sabiduría, con las famosas y bellísimas palabras: “Te amaba y por eso removí con mis manos aquellas mareas de hombres y tracé con estrellas mi voluntad en el cielo”.

Pero lo que más interesa de la vida de Lawrence es lo que enseña sobre los imperios. Sus artilugios y su lógica demoledora de poder. Según los historiadores, a principios del siglo pasado los británicos ya estaban tras el petróleo de Oriente Medio. Pero tenían un problema: estaban en plena guerra mundial y los turcos, cuya presencia se extendía por toda la antigua Mesopotamia, eran aliados de los alemanes. Entonces los británicos decidieron incitar una revuelta que acabó con el Imperio otomano bajo la promesa de la independencia y la creación de una gran nación árabe. Los británicos ponían buena parte del dinero, las armas y estrategas como Lawrence. Los árabes, el pellejo. Ese ha sido el trato siempre, entre naciones desiguales. O entre imperios y Estados débiles.

Lawrence, teniente coronel y miembro del servicio secreto británico, era arqueólogo, hablaba árabe y sentía una atracción infinita por la vida de las tribus nómadas del desierto y sus costumbres. Especialmente cuando logró dar con el líder que buscaba para encabezar la revuelta: Faisal, el hijo del rey Hussein. En Los siete pilares puede leerse con detalle toda la gesta de estos dos hombres. En sus páginas se va construyendo la estrategia de “convertir a los hombres en viento” para poder expandir una guerra de guerrillas en medio de la arena y que a la postre lo llevó a la victoria.

Pero no era en la arena donde se definía el destino de los árabes sino en los pasillos de los palacios de gobierno en Londres y París. Mientras Faisal (interpretado en el cine por Alec Guinness) y sus hombres, y el propio Lawrence (encarnado por Peter O’Toole), ponían el pecho en nombre de la independencia, Francia y Gran Bretaña se repartían la torta con el cuestionado acuerdo Sykes-Picot: Siria para el uno, Irak para el otro, y así sucesivamente. Lawrence, que le había prometido a Faisal una gran nación árabe unificada, no pudo cumplir su palabra. En cambio, Faisal obtuvo un protectorado, que era el nombre magnánimo que recibía un país convertido en pigmeo.

Después de tanta trama política, queda descartado que Lawrence se metiera en semejante guerra por amor a Dahoum, su joven amante. Tampoco le bastaba ser solo un aventurero. A pesar de su instinto por el riesgo, disfrutaba también de la vida burguesa. Era el consentido de Robert Graves y protegido de los esposos Shaw, por no hablar de la admiración que le profesaba Churchill.

Quisiera pensar que de verdad Lawrence quería la independencia de los árabes por simple apego a la libertad, como nos lo ha vendido Hollywood. Pero en realidad el espía británico estaba en un escenario de guerra completamente secundario, cuyo control sin embargo se quería asegurar la corona. Y él lo logró a su modo: recorriendo sobre un camello la ruta de Damasco, vestido de beduino.

El genio de Lawrence fue haber convencido a los árabes de que los británicos estaban a su servicio y que les servían a su causa. Y no al contrario, como obviamente estaba ocurriendo.

Así son los imperios. Algo que ningún país puede olvidar, cuando recibe la “generosa” mano tendida de una potencia, para librar la guerra contra sus enemigos.

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