El mandato ético de no dejarlos en el olvido

Las decenas de pares de ojos que hay en el Museo de la Memoria de Rosario evocan a los miles de desaparecidos y asesinados que ya no pueden ver la luz de este mundo. Son modos sutiles de evitar el imperio de la amnesia social.

2014/09/24

Por Rubén Chabado*Argentina

Nada, absolutamente nada, tiene la capacidad de reparar de manera íntegra el daño perpetrado por la violencia cuando arrebata de nuestro lado a quienes más queremos. No hay forma alguna de que sus corazones vuelvan a latir como lo hacían un segundo antes de que ese hachazo invisible y homicida se los llevara de este mundo. Y, sin embargo, todos sabemos que algo debemos hacer con la memoria de esos ausentes, algo que los inscriba en una forma del recuerdo para que no queden como parias vagando en el limbo del olvido.

 Las decenas de pares de ojos que hay en el Museo de la Memoria de Rosario evocan a los miles de desaparecidos y asesinados que ya no pueden ver la luz de este mundo. Son modos sutiles de evitar el imperio de la amnesia social. Claro que no sirven de consuelo absoluto para nadie. Porque la madre seguirá llorando a su hijo y el hijo al padre desparecido o asesinado. Pero cuando el Estado decide recordar atando sus nombres y sus historias en algún lugar de las tramas urbanas, algo de la reparación comienza a tener lugar. Y no es que se deje de llorar, pero las víctimas y sus seres queridos ya no se están tan solos en el lamento. Y eso no es para nada poco.

 Trabajar por su existencia y para que estos espacios tengan un lugar destacado en el corazón de nuestras ciudades es una tarea cuya recompensa no es menor: sentirnos dignos de poder cumplir con el mandato ético de cuidar con nuestro pensamiento el recuerdo de tantos hombres y mujeres, cuyos nombres podemos no conocer, que la violencia, sin pedir permiso, arrebató de nuestro lado.

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