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“El momento histórico”

Marta Ruiz

La lengua absuelta

Marta Ruiz reflexiona sobre el papel de los medios y el manejo de la información en escenarios de conflicto armado interno.

Por: Marta Ruiz

Publicado el: 2012-11-27

Paul Stieger es un veterano periodista de Estados Unidos que dirige ProPública, un medio subvencionado por filántropos que con un equipo de treinta y dos periodistas está haciendo periodismo de investigación a medida que este declina en otros medios. Stieger contó en un foro de Semana el pasado septiembre que uno de los reportajes que lo hacía sentir más orgulloso era Buscando a Óscar: la increíble historia de un niño que sobrevivió a la masacre de Dos Erres en Guatemala pues permitió revelar cómo actuó el gobierno de Estados Unidos con algunos criminales de guerra de América Latina, y era una historia que le hacía honor a la verdad y la justicia.

Lo curioso es que a renglón seguido, un igualmente veterano periodista colombiano, Yamid Amat dijo tajantemente que ese tipo de historias eran las que no se debían publicar. Por lo menos no en “el momento histórico” actual que vive Colombia. Amat hizo una reflexión sobre la necesidad de “no publicar” ciertos temas para “no remover heridas” cuando se inicia un proceso de paz.

La historia de la discordia, publicada en Colombia por la revista digital Razón Pública, es esta: en diciembre de 1982 un comando de veinte hombres de las fuerzas especiales del Ejército de Guatemala –los kaibiles–entró a un pueblo del norte del país y asesinó a doscientas cincuenta personas, muchas de ellas niños que fueron lanzados a un pozo junto a los demás cadáveres. Solo sobrevivieron dos niños, uno de cinco años –Ramiro– y otro de tres –Óscar–. Ambos terminaron siendo “adoptados” por militares que participaron en la masacre; Óscar creció como único hijo del teniente Óscar Ramírez, un supuesto héroe de su país.

El teniente Ramírez se había graduado de la escuela militar en 1975, con honores, y como premio a su excelencia lo becaron para especializarse en la Escuela de Lanceros de Colombia (¡vaya!). Poco después se vendió como mercenario de las fuerzas de Somoza en Nicaragua, y terminó en el comando Kaibil, cuyo modus operandi consistía en matar civiles pero hacer que estos crímenes parecieran cometidos por las guerrillas.

Cuando se pactó la paz en Guatemala, hubo amnistía para todos los bandos, pero el Estado mantuvo la potestad de juzgar los hechos más atroces, como la masacre de Dos Erres. Cosa difícil de lograr, especialmente porque los militares mantuvieron intacto su poder. Por eso Sara Romero, la fiscal que investigaba la masacre, solo encontró obstáculos en casi diez años de instrucción judicial. Hasta que, según los periodistas, la actual fiscal general de Guatemala decidió coger el toro de la impunidad por los cuernos e investigar las masacres que ocurrieron hace veinte años, muy a pesar de que el presidente Pérez Molina los ha llamado “exageraciones de la izquierda”. Con este nuevo impulso, Romero pudo por fin identificar a los que cometieron la masacre, a los que murieron en ella y a los dos sobrevivientes. Supo que el teniente Ramírez murió siete meses después de la matanza, y que el niño de tres años que él había adoptado creció rodeado del afecto de su abuela y tías putativas, que lo llamaron Óscar en honor al finado. Casi todos los kaibiles fueron condecorados, ascendidos o premiados por su gobierno y por el de los Estados Unidos. La mayoría habían pasado por la Escuela de Las Américas (¡cómo no!), y varios de ellos terminaron como asilados políticos en Norteamérica, envejeciendo como abuelos adorables.

El año pasado, cuando la fiscal Romero tuvo las pruebas, llamó a Óscar por teléfono, quien, a sus treinta y un años, vivía indocumentado en Boston, para contarle que aquel oficial que él consideraba su padre, descrito por su familia como un héroe, había sido uno de los implacables carniceros que habían matado a sus ocho hermanitos y a su madre.

La Guatemala de hoy enseña que un pacto de paz no es garantía de cambio para un país, ni mucho menos el fin de la violencia. Y que el silencio no es necesariamente un buen consejero. El “momento histórico” de Colombia exige exactamente lo contrario que invoca Yamid Amat: más verdad  y menos obsecuencia con el poder.