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El ogro

Antonio Caballero le dedica su columna a un ogro, el presidente vitalicio de Zimbabue.

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Vean: un ogro. Es Robert Mugabe, presidente vitalicio de Zimbabue. Está en los postres del banquete que hace quince días se hizo llevar desde Francia, a un costo, dicen, de 250.000 dólares. La cuenta de la fiesta del cumpleaños pasado fue diez veces más alta, pero la relativa frugalidad de la de ahora se explica porque Zimbabue (aunque Mugabe no) está hoy aún más empobrecido que hace un año. ¿Ven ustedes en la foto a esa niñita flaca que pasa por delante del tirano, a la derecha? Mugabe no se la ha comido todavía, pero del año que viene no pasa. Al ritmo de ruina que lleva en sus manos, ese país que fue el granero de África pronto no podrá producir más alimentos que la carne de sus niños.

Eso es un ogro. Así eran los ogros en el imaginario colectivo de los cuentos de hadas, donde según Bruno Bettelheim se revela el inconsciente social: monstruos que se comían crudos a los niños. Y antes que en esas consejas populares, en las fábulas de las antiguas teogonías: un ogro era el dios Moloch de los fenicios y los cartagineses, en cuyo vientre de horno se asaba a los recién nacidos; y una ogresa la Madre Coatlicue de los aztecas, con su sangriento collar de corazones arrancados a niños vivos; y un ogro el Jehová de los judíos, que le exigió al patriarca Abraham el degollamiento de su hijo. Para los griegos, los dioses eran hijos del ogro Cronos, que se los había tragado al nacer para que no le quitaran el poder, tal como había hecho él mismo con su padre, el primordial Urano, a quien castró para quitarle la costumbre de tener hijos y sepultarlos vivos en el vientre de su madre la tierra.

En fin. Con todos estos datos eruditos solo quiero decir que la figura del ogro es tan vieja como el mundo: es la figura del poder. El poder encarnado en el dueño del poder, que hoy puede ser, por ejemplo, Robert Mugabe, pero que en un ayer remoto fue, por ejemplo, Cronos. El ogro que se alimenta de carne humana ha sido siempre la representación del hombre que manda. El Padre de la Patria. El emperador romano Tiberio en su villa de Anacapri, rodeado de efebos impúberes. Vlad el Emperador, príncipe de Transilvania, que bebía la sangre de sus víctimas. Luis XIV de Francia, que nació con la dentadura completa. Napoleón, a quien Europa entera llamaba “el Ogro de Córcega”. Stalin, el padrecito de todas las Rusias. Hitler, el Führer carnicero de Alemania. (Gladstone, un decimonónico primer ministro inglés, había dicho que la primera virtud del hombre de Estado consiste en ser “un buen carnicero”).

“Dulce et decorum est pro patria mori”, escribió el poeta Horacio: es dulce y honorable morir por la patria. La patria (madre o padre) exige siempre que sus hijos mueran por ella. O si no, se los come.

A veces el ogro del poder se hace entidad abstracta. Esa patria de Horacio. La Florencia del Dante. El Gargantúa de Rabelais, el Leviatán de Hobbes, el Espíritu del Estado de Hegel, el Gran Hermano de Orwell, el Ogro Filantrópico de Octavio Paz. Pero detrás de esa abstracción, de esa máscara, sigue habiendo una persona (etimológicamente: otra máscara) de carne y hueso, que come y bebe. Como Mugabe. O como otro famoso dictador africano que llenaba aún mejor que él los requisitos del ogro: Idí Amín Dadá de Uganda, que se hacía servir en la mesa tajadas de carne de sus enemigos. O como Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, que se comía a su hijastra cuando era niña (coloquialmente hablando: la violaba). O, sin llegar a esos extremos físicos, como los gobernantes respectivos de Cuba y los Estados Unidos, Fidel Castro y Bill Clinton, que mantuvieron una disputa a tirones digna de madres ante el juicio de Salomón por el niño Eliancito: casi lo descuartizan.

Por su bien, por supuesto. Pues el ogro puede parecer benévolo. Filantrópico, como lo llama Paz. Oscar Wilde, tan dado a llevar la contraria, narra en su cuento “El gigante egoísta” la historia de un ogro que, por sentimentalismo, se volvió bueno. O, mejor, demagogo. En vez de comerse a los niños les ayudaba a treparse a los árboles frutales de su huerto. Un ogro a la manera, digamos, del presidente venezolano Hugo Chávez, quien de modo más contenido y sutil que su colega y amigo de Nicaragua se contenta con comerse a besos a los niños de brazos que por casualidad se ponen a su alcance.

Los niños se dejan besar, o violar, o devorar. Son débiles, y tienen miedo. Hasta que llega el día en que, en ese banquete primigenio que según Sigmund Freud inauguró la historia de la lucha por la libertad humana, se juntan todos los hijos para comerse al ogro. Al padre.

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