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El pantano de vargas

Nicolás Morales detecta el sopor del autopremio de Mauricio Vargas

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Contrario a lo que piensa mi contradictor Felipe Ossa —gerente de la Librería Nacional— yo acepto el rol que tienen los ‘libros flotador’ —es decir, los megabestsellers— en la actual crisis del sector editorial. Los españoles les atribuyen, en estas épocas turbulentas, un 20% de su facturación. En Colombia puede ser menos, pero es obvio que estos libros blindan a los conglomerados editoriales de despidos y reestructuraciones innecesarias, y sostienen algunos proyectos valiosos de los catálogos. Por cierto, uno de estos ‘libros flotador’, publicado para la Feria Internacional del Libro, es el trabajo del columnista Mauricio Vargas: El mariscal que vivió de prisa. Un libro histórico y, dicen los editores, bien documentado. Enhorabuena, pues estaban escasos los libros más intelectuales ante la profusión de no ficción basura. Y, aún más, siendo este un libro en torno a un personaje probablemente apasionante: Sucre, del cual hemos olvidado casi todo. Hasta aquí todo bien. Lo juro, no hay mala leche. Un periodista y ex ministro decide, una vez más, ser historiador. No tengo nada en contra de una noble tradición nacional.

Sin embargo, permítanme detectar un sopor en este asunto, pues, estando el santo, se le apareció el milagro —como siempre, en forma de galardón— al doctor Vargas. En efecto, su libro terminó recibiendo el Premio Telefónica-Bicentenario 2009. Repasemos: un día, una prestigiosa empresa de comunicaciones y una editorial global deciden crear un premio para honrar nuestra independencia. Y no muchos días después, un importante columnista y político recibe el premio por cuenta de un libro que trata sobre uno de los héroes de la Independencia, libro que, curiosamente, se publica en la misma editorial que crea el premio. Y un libro que nace premiado es, en muchos casos, un premio para quien lo premia si, como ocurre aquí, quien da el premio es quien paga la edición. Este autopremio, entonces, permite impulsar ventas, abrir micrófonos, subir las ventas y crear prestigio. Algo difícil de obtener en un campo de batalla como es el mercado editorial. Un premio, por demás, sin convocatoria pública, con unas bases de concurso que, o bien no existen, o se esconden deliberadamente para no ser halladas. Un premio con jurados sin nombre y sin voz y, de igual modo, un premio sin finalistas. Incluso, permítanme decirles, este es un premio sin premio. Me pregunto cuál fue el premio que ganó Vargas: ¿acaso un combo de internet y telefonía celular ilimitados por el tiempo de vigencia del “premio”?

De nuevo: un periodista influyente, columnista del periódico cuya propiedad es del conglomerado Planeta, recibe un premio extraño, nuevo y desconocido pero, eso sí, bien publicitado. Primera constatación: Vargas no es un hombre sin contactos. Conoce a los periodistas culturales de muchos medios, pues fue el patrón de muchos de ellos. Sabe que, finalmente, María Isabel Rueda lo entrevistará en algún momento, con doble página garantizada. Sabe que El Tiempo cubrirá el hecho, lo quieran o no los periodistas de su planta cultural, garantizando, de entrada, el éxito del proceso comercial. Sin embargo, todo esto no parece garantía suficiente y, los editores, deciden jugársela con un nuevo as bajo la manga: en algún momento de la preparación comercial del libro —infiero— a algún creativo se le ocurre que un premio ayudaría aún más a consolidar el libro, sobre todo en estas épocas de globos, campañas libertadoras paramunas y euforia patriótica. Así que deciden crear el galardón a la medida, y concedérselo a nuestro escritor.

Volvamos al tema: los ‘libros flotador’ —valiosos, lo reitero, en momentos de crisis— están desatando acciones poco éticas en la práctica editorial en Colombia. No sé si el libro de Vargas es bueno, y puede que lo sea, pero todo lo que se ha construido a su alrededor, perdónenme, huele mal. Y cuando esto sucede, mi estimado Mauricio, los libros se agrietan, porque nos hacen ver el reverso de los premios: los galardones de dudosa ortografía alejan a los lectores y desacreditan juiciosos trabajos. Es injusto, pero sucede. Afortunadamente, El olvido que seremos, de Héctor Abad, o Líbranos del bien, de Sánchez Baute, no recibieron el Premio Noel o Colanta a la Memoria y la Reparación.

Por último, una coda. Mientras Vargas firmó cientos de libros en la Feria, durante el mismo evento las universidades lanzaron más de diez novedades ligadas al Bicentenario, las cuales no recibieron ni premios, ni entrevistas, ni cubrimiento, sabiendo, como sabemos, que se trata de trabajos con procesos de documentación, análisis e interpretación tan sólidos como el del ex ministro. Pero claro, Felipe, se me olvidaba que esos libros no cuentan. Al fin y al cabo, ni siquiera están en las librerías.

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