El paseo millonario de Dago García

Nicolás Morales hace un análisis del éxito de la película El Paseo de Dago García.

2010/01/26

Por Nicolás Morales

Un fuerte aguacero tropical inunda el cine de la provincia. La discusión sobre el cine colombiano se agitó por el batacazo de taquilla de El paseo de Dago García (más de un millón de espectadores) que calentó los corrillos de fin de año. La cosa comenzó con el provocador blog del productor colombiano Julio Luzardo (enrodaje.net) donde se despacha en elogios hacia el cine de paseo de olla: “Desde nuestra página felicitamos sinceramente a Dago García por (…) darle una lección a todos esos colegas envidiosos que no saben reconocer el éxito, que solo se gana con profesionalismo, dedicación, constancia y sin necesidad de ningún premio o ayuda gubernamental”. Ante esta afirmación, tan exitista y tan de grueso calado, la respuesta no se hace esperar y Pedro Adrián Zuluaga, en el blog Pajarera del medio, abre el debate y riposta: “¿Hemos llegado los colombianos a un promedio tan bajo de autoestima, al punto de llegar a creer que el cine comercial que nos merecemos es el de Dago García?”. La cereza del pastel la pone Pía Barragán de Cine Colombia en un artículo de El Tiempo: “La película es número uno en todas las ciudades del país. Creo que ahí hay cosas que debemos interpretar y aprender”. Pues bien, creo que Pía tiene razón, aquí hay algo que interpretar y mucho por aprender. Le cojo la caña y propongo cuatro tesis para alimentar este paseo sancochado.

 

Dago no es el enemigo.

 

Creo que es inútil volver a Dago el punto de nuestras furias por el nivel de su cine. En los países en los que hay algo de industria de cine conviven muchos directores tipo Dago que encuentran una fórmula y con la fórmula, un público fiel. Son efectivos, rápidos y muy comerciales. Claro, los canales de televisión ponen lo suyo pero crean industria, no cabe duda. Las películas tipo Dago hacen que el cine como un todo se mueva y eso, no es malo.

 

Pero Dago no es nuestro amigo.

 

Dago no pasará a la historia del cine, Dago lo sabe. Sus películas no harán parte de ningún canon latinoamericano, no serán premiadas en ningún festival, en ninguna muestra. Dago no saldrá del circuito del cine crispetero (¿dije Trompetero?) porque, entre muchas otras cosas, es torpe en las formas y porque no sabe ni entiende la especificidad del lenguaje del cine frente al de la telenovela de mediodía. Dago no distingue: me gusta esa idea de Mauricio Reina que afirma que es un gran desperdiciador de oportunidades. Tiene una buena idea y su cerebro de televisión barata la machaca.

 

Dago es hijo de los públicos “Candela estéreo”.

 

La cultura popular colombiana está siendo sistemáticamente homogenizada y Dago ?—sin llegar a las cloacas de la emisora de Vinasco y haciendo propuestas más inocuas, todo hay que decirlo— hace parte de la nómina de medios que proponen lo malo y lo mismo. Ahí encontramos contenidos livianos, humor sexista y planteamientos muy básicos. Y eso, hoy, me temo, convoca. ¿Por qué no existe una alarma en el país sobre las implicaciones éticas de estas perturbadoras audiencias? La academia (Rey, Rincón y Barbero) podría darnos luces al respecto.

 

El cine nacional no es Dago, aunque, no sé qué es.

 

Dago, el cine tipo Dago, las taquillas decembrinas y toda esa bulla pueden hacernos creer que hay una vía, que hay un rumbo. Pero no hay tal. El tiempo va pasando y las convocatorias nutridas por nuestros impuestos no generan suficientes películas dignas al año. El cine colombiano, que en conjunto logra superar a Dago, es, con importantes excepciones, marginal en taquilla y pobre en premios. Y aunque los aspectos técnicos ya estén controlados, las historias siguen fallando. Todo esto para decir, como decía Zuluaga, que nos tenemos que querer un poquito más, que nos merecemos algo mejor que este burócrata de la televisión comercial y su diciembre reblandecido.

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