El mes pasado discutía en esta columna la calidad de la serie de televisión Pablo Escobar: el patrón del mal y advertía que omitía comentar sobre su pertinencia y su legitimidad. No son, sin embargo, temas independientes. El sinsentido del producto es consecuencia de la ausencia de un cuestionamiento ético e intelectual sobre su intención. Los autores no se preguntaron para qué hacer una obra dramática sobre Escobar y qué significaba que se hiciera. Escribieron sin pensar y el resultado es una obra que no debía haberse hecho.
Desde el principio, se pretendió zanjar el debate ético sobre la dramatización de la vida de Pablo Escobar con el argumento pintoresco de que la serie estaba escrita por parientes de víctimas del protagonista. “Desde el punto de vista de las víctimas”, se decía a continuación. La relación causal era por lo menos difusa, y el argumento mezclaba política y poética de manera insondable. ¿Qué querían decir? ¿Que el darles la ocasión de lucrarse con la leyenda de Pablo Escobar era una especie de restitución que el mundo les debía a las víctimas? Esta confusión entre realidad y ficción, que sería interesante si se diera en el terreno de la ficción, ha alcanzado una delirante impudicia en la realidad: por ejemplo, en la fluidez con que se pasa de las escenas en las que se representa al director asesinado del diario El Espectador (padre de uno de los guionistas) a las propagandas del mismo diario, que, en el espacio comercial que patrocina la serie, repiten casi literalmente frases del libreto.
Alguien habría tenido que preguntarse si una serie de televisión sobre Pablo Escobar podía hacerse; si para hacerlo teníamos la capacidad, la autoridad y el derecho. Era necesario considerar en primer lugar la diferencia entre los géneros y advertir que no es lo mismo la publicación de una investigación biográfica como La parábola de Pablo de Alonso Salazar, en la que supuestamente se basa la serie, que la composición de una tragedia, que entraña una apología. Había que preguntarse cómo, y sobre todo cuándo, puede convertirse al victimario de toda una nación en un personaje de telenovela: cuánto tiempo tiene que pasar entre los hechos y su representación en un medio masivo; cómo se asume la sustitución de la memoria histórica por la fantasía dramática. Al emprender la construcción del personaje cuya estela nos sigue arruinando moral y culturalmente, había que preguntarse a qué era comparable la historia que se iba a contar: ¿a una picaresca, a una historia de forajidos, a un anecdotario de la mafia, o a la semblanza biográfica de un perpetrador de crímenes contra la humanidad
En Hollywood han puesto una valla enorme que anuncia, con la foto del falso Pablo, la presentación de Pablo Escobar: el patrón del mal. Para los medios de comunicación colombianos constituirá un motivo de orgullo patrio el haber exportado —el seguir exportando— la basura de Escobar. Que se percaten de que no es propiamente la televisión estadounidense sino su subtelevisión, la televisión hispana, la que compró la telenovela. Y que se pregunten si los estadounidenses harían hoy una telenovela sobre Osama Bin Laden (quien, como Escobar, y no mucho más recientemente, hizo estallar un avión comercial en vuelo) y pondrían en sus calles vallas que la patrocinaran con un ceñudo primer plano del protagonista, o si solo nosotros, los pueblos de ficción, nos reservamos esa indignidad.
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