Carolina Sanin.

El patrón del patrón

2012/07/19

Por Carolina Sanín.

He oído mucho últimamente que, dejando de lado el debate sobre su impertinencia histórica y su pretensión historicista, la serie Escobar: El patrón del mal está bien hecha. Eso es lo que se dice. Vi la serie durante varias semanas tratando de imaginar el significado de ese juicio, y encontré dos o tres actuaciones talentosas y un puñado de salidas cómicas. Y me acordé de los lectores que dicen que una obra literaria está bien escrita tras aceptar que la obra no muestra ninguna originalidad en el estilo ni ofrece ningún vislumbre valioso de la realidad o de la imaginación ni contiene una historia emocionante. Quizás se refieran a la correcta concordancia en el género y el número de los adjetivos y a la adecuada conjugación de los verbos. Quizás el “bien escrita” sea simplemente una concesión.

En una analogía con lo anterior, puede ser que de El patrón del mal se diga que está “bien hecha” porque muestra auténticos automóviles de los años ochenta. De resto, a mí la telenovela me parece mal hecha. Y lo peor no es la escasez de extras en las escenas de manifestaciones políticas, ni la inserción de mustias imágenes de archivo que muestran el zoológico de Pablo Escobar, ni la música de Melodía Estéreo que supuestamente se baila en el Carnaval de Río, ni los violines con que se supone que se acentúe el dolor por las víctimas del terrorismo, ni el recurso de la cámara lenta para mostrar la añoranza de la viuda de Lara, ni los cortes gratuitos en la edición, ni los lentes de contacto de Hulk que le ponen al actor que interpreta a Galán, ni siquiera los peluquines horquillados. Esos son detalles. Lo peor es la escritura.

No se percibe una reflexión detrás de la construcción de los personajes, que son más bien caricaturescos. En el caso de Escobar, el guión se limita a ilustrar hasta el cansancio la conclusión de “Era un criminal pero un buen papá”. Para establecer la génesis del protagonista, echó mano del lugar común de mostrarlo cuando niño haciendo trampa en un examen y enseguida, en la juventud, robando un banco. De ahí en más, no ha estructurado una historia sino que ha enunciado, en orden cronológico y separados con el perezoso letrero de “Tiempo después”, algo así como los greatest hits del capo, lo cual resulta aburrido para el que más o menos conoce la historia y confuso para el que no. Se pasa por alto información que sería interesante y necesaria (el joven Pablo Escobar decide ir a Ecuador a comprar pasta de coca, pero nunca se sugiere cómo hizo los contactos ni quién se la vende, por ejemplo) y los giros argumentales se presentan sin antecedentes ni transiciones (a los pocos minutos de su elección como Representante, cuando en España son las dos de la madrugada, Escobar recibe una invitación oficial para la posesión de Felipe González; misteriosamente, nadie acompaña a la viuda de Rodrigo Lara en la primera noche de duelo por el asesinato de su marido, el Ministro, y un largo etcétera).

Se comete la torpeza de otorgar a los diálogos la función de resumir explícitamente la trama. En su artificialidad y didacticismo, estos parecen sacados de una obra teatral de escuela primaria. Los buenos se regalan incansablemente frases como “Usted denunció la infiltración de dineros del narcotráfico en la política y el deporte” y se recuerdan unos a otros su honestidad, mientras que los narcotraficantes se recuerdan que “exportamos cocaína a los Estados Unidos”. En esa misma línea amnésica, los personajes se repiten sus nombres de pila o sus apodos en cada parlamento. Algo así como: “Sí, don Guíller, es que es muy frustrante, don Guíller, no poder publicar una información que uno conoce, ¿no le parece, don Guíller?”. Y en el colmo del facilismo y de la inatención a la verosimilitud, para que el televidente sepa quién fue Luis Carlos Galán, ¡éste le recita su hoja de vida a su hijo pequeño!

Con tanta chambonada, ¿cómo es que está “bien hecha” El patrón del mal? Se me ocurre que el bien reside simplemente en que ha sido la telenovela más costosa de la televisión colombiana, la más vista y la más lucrativa. Y que también está bien hecho que la programadora haya tenido la astucia de demediar cada episodio después del éxito de la primera semana, para hacerlos rendir. En vista de su habilidad comercial, de la autocomplacencia de su criterio y de que supo cómo vender —y sabrá exportar— algo que distorsiona la realidad y magnifica la sensación de la propia valía, hay que reconocer que la producción es coherente: el patrón que reproduce es conmemorativo del patrón de quien trata.

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