El poder de la imagen

En su columna de este mes Antonio Caballero reflexiona sobre el poder de las imágenes en la política.

2010/04/21

Por Antonio Caballero

Tengo un amigo periodista cuya madre no sabe leer. Pero sí sabe mirar. Así que todas las semanas, sin falta, mira el periódico en el que su hijo publica una columna, recorta con cuidado la foto del autor, y la pega en un álbum. El le dice:

–¡Pero mamá...! Recorta la columna, más bien. La fotografía es siempre la misma.

Y ella le responde:

–¿Y para qué voy a recortar la columna si no la puedo leer?

El hijo termina por rendirse ante la implacable lógica materna. La madre, por su parte, lo consuela de su derrota dialéctica, animándolo:

–En la foto tienes cada vez más cara de columnista.

Y en eso también tiene razón, como la tienen muchas veces las madres: a mi amigo se le ha venido poniendo cada vez más la cara de columnista de prensa. No tengo la foto en cuestión, de modo que a los lectores les tocará hacer un esfuerzo de imaginación. Para ayudarles, reproduzco la foto mía que habitualmente acompaña esta columna, pero repetida muchas veces, tal como figura la de mi amigo en el álbum de su madre. Y pueden comprobar ustedes con sus propios ojos que es cierto lo que ella dice: una foto repetida muchas veces, digamos como las que mandan imprimir los candidatos en sus afiches de publicidad política, acaba dándole al retratado cara de candidato.

Y hasta cara de jefe de Estado. Pues los hay, y muchos, que para que se note que lo son mandan colgar su retrato en todas las oficinas públicas. Algunos emperadores y papas han llegado al extremo de hacerlo acuñar en las monedas: una práctica que inició hace veinticuatro siglos Alejandro Magno. O en las estampillas de correos: a su muerte, Adolfo Hitler había llegado a ser el hombre más rico de Alemania porque se hacía pagar una minúscula regalía sobre cada una de las estampillas de correos en las que aparecía su imagen, que eran prácticamente todas las que se utilizaban en el Reich.

Así, paso a paso, de modesto álbum de amor maternal a vasto manejo del papeleo burocrático, se llega finalmente al culto a la personalidad. La expresión se inventó para denunciar el que se le rendía a José Stalin en la desaparecida Unión Soviética, pero el fenómeno es mucho más antiguo: también comenzó con Alejandro, que se hizo proclamar dios a raíz de su conquista de Egipto. Cuando la noticia llegó a Grecia, los cínicos atenienses se encogieron de hombros con desdén:

–Pues si Alejandro quiere ser dios, allá él.

Y todo el mundo antiguo se llenó de retratos de Alejandro, reproducido no solo en el metal de las monedas sino en el mármol de las estatuas y en los guijarros coloreados de los mosaicos. Para ser dios hay que estar en todas partes. Unos siglos más tarde, a partir de Augusto, los emperadores romanos copiaron la receta y se hicieron divinizar ellos también, lo cual provocó problemas con pueblos sometidos a Roma pero que adoraban a otros dioses, y no con descreída desenvoltura, como los griegos de Alejandro, sino con fanatismo feroz: a dioses únicos y celosos, como Jehová o Jesucristo. De ahí vinieron, con ríos de sangre, la diáspora de los judíos y las persecuciones contra los cristianos cuando unos y otros se negaron a rendirle culto al emperador de turno. Y así ha sido durante más o menos los últimos dos mil años.

Pero como señaló Carlos Marx, lo que la primera vez fue tragedia en la historia se repite después en forma de comedia. Y así en Colombia últimamente nos ha tocado una caricatura del culto a la personalidad alejandrino o cesáreo, stalinista o hitleriano. Empezó con el ansia de inmortalidad manifestada por el presidente Álvaro Uribe, que se hizo reelegir una primera vez rompiéndole una vértebra a la Constitución y trató de repetir una segunda. Pero, al no conseguirlo, quiso clonarse idéntico a sí mismo, reencarnándose en uno de sus ministros, que se llamó por eso ‘Uribito’. Pero abortada la clonación por cuenta del triunfo inesperado de Noemí Sanín ahora intenta la aún más arriesgada vía de la reproducción en cuerpo ajeno, utilizando para el experimento el vientre de alquiler de Juan Manuel Santos. El cual, como un segundo Uribito, se pone a disfrazarse también él de Álvaro Uribe y se manda fotografiar de poncho blanco y sombrero aguadeño, como si él también fuera un finquero caballista de tierra caliente. ¡Y pensar que empezó haciéndose tomar una foto para que la sacaran en una columna de periódico!

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