El poeta

Marta Ruíz reflexiona sobre la marcha convocada en México por el poeta Javier Sicilia.

2011/05/24

Por Marta Ruiz

Hasta hace poco el poeta Javier Sicilia era uno más de los escritores adoloridos por el sinsentido de la guerra contra las drogas que se está viviendo en México así como uno de sus críticos. En sus artículos, publicados en la influyente revista Proceso, había denunciado el crimen organizado, pero sobre todo había increpado al gobierno de Felipe Calderón. A finales del año pasado escribió: “Toda guerra es terrible: muerte, miedo, despojo, odios que se expresan en atrocidades, familias rotas, miseria. Sin embargo, la guerra que desde hace años vive México tiene un sesgo inédito: carece de significado”. Sin esperanzas, sin promesas de un porvenir, sin ideología.

 

Vino a ser en marzo cuando esa guerra le dio un giro a su vida, cuando su hijo Juan Francisco fue brutalmente asesinado, junto a seis amigos suyos en el Estado de Morelos, al parecer a manos de las mafias. En el funeral, Sicilia renunció a la poesía, posiblemente inspirado en la famosa premisa de Theodor Adorno de que después de Auschwitz la poesía es un imposible. Los últimos versos del poeta mexicano, según ha informado la prensa, fueron para su hijo muerto: “El mundo ya no es digno de la palabra/Nos la ahoga-?ron adentro Como te (asfixiaron), /Como te desgarraron a ti los pulmones/Y el dolor no se me aparta/sólo queda un mundo/Por el silencio de los justos/Sólo por tu silencio y por mi silencio, Juanelo”.

 

Pero silencio no es lo mismo que quietud, y Sicilia, si bien ya no escribe poemas, se ha convertido en un activista y en un símbolo de la naciente resistencia de la sociedad civil a la violencia mafiosa, y a la guerra declarada desde el Estado. Sicilia, que es un hombre cristiano, y que tiene por musa su propio misticismo, ha trasladado su fe a las calles, convencido de que es posible parar la violencia. Se ha convertido en un caminante que marcha en silencio, buscando justicia para las muertes de esos muchachos, pero que increpa duramente al gobierno por su responsabilidad en el desangre de su país. La última de sus marchas se inició en Cuernavaca y terminó en el Zócalo de Ciudad de México. Para un colombiano es imposible no evocar, viendo su caminata, la que hizo hace unos años el profesor Moncayo, clamando por la libertad de su hijo secuestrado. Igual mística, idéntica fe en el poder del sacrificio personal y de la acción colectiva, similar intención de tocar el alma de los violentos y de los políticos. Como a Moncayo, a Sicilia se le sumaron en su recorrido miles de personas: indígenas zapatistas, inmigrantes, intelectuales y ciudadanos comunes.

 

Poco a poco Sicilia se ha ido convirtiendo en ese símbolo de los mexicanos que están como ellos mismos han dicho “hasta la madre” de una guerra inútil que ha dejado 40.000 muertos. De los que culpan a los políticos de la debacle de sus sociedades.

 

En Italia ya hace tiempo también que la sociedad civil ha empezado a resistirse al crimen organizado. Según contó el escritor y parlamentario Francesco Forgione en su paso por la Feria del Libro de Bogotá, centenas de organizaciones civiles de ese país se agrupan en Libera, una organización antimafia que impulsa acciones como resistirse a pagar las extorsiones impuestas en Nápoles, Palermo o Calabria por los capos. Decenas de intelectuales italianos han adherido a esta causa.

 

La guerra contra las drogas es la menos heroica de todas las guerras modernas. Sus protagonistas carecen de aureola; no hay monumentos para sus víctimas, y ante su indiscriminada violencia, se impone el silencio y el miedo. Por eso es tan significativo que Sicilia se haya tomado de manera tan personal y adolorida la causa de la paz y la justicia en su país. Aunque haya dejado en el camino sus versos.

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