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El show de la cultura

Nicolás Morales hace un recordatorio estadistico de los eventos masivos de un verano caliente.

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Hoy todo son cifras, pues la cultura popular exige indicadores para asegurar presupuestos. Los eventos masivos están a la orden del día, y competencias feroces para ver quién se queda con el público son el pan de cada día. Este es un breve recordatorio estadístico de un verano caliente.

Festival El Malpensante: 13.400 visitantes. El Festival salió bien, pese a las renuncias. Y claro, la cosa no la tuvieron fácil Rocío Arias y Andrés Hoyos por las ausencias justificadas a última hora (Herralde), las no justificadas (Cahill) y las groseras (Baricco). Sin embargo, el festival de la revista logró salir airoso. Ganó la apuesta al mudarse a los suburbios y, aún así, conservar el flujo de intelectuales deambulando entre las fotos de Fanny Mickey. Se dieron varios diálogos sublimes y un par de descubrimientos únicos (por ejemplo, Jaume Vallcorba, el editor de Acantilado). Faltó, de pronto, algo más de maldad en los temas de los paneles para, entre otras cosas, tomar distancia del señoritero Hay de Cartagena. Si es con ají, pues que pique, ¿no?

Warhol: 60.000 visitantes. Todo comenzó en los paraderos de las calles, llenos de caras de Mao y Marilyn. Con su impresionante despliegue mediático que incluyó en la colada hasta a un Julio Sánchez Cristo en el comité organizador (¡no solo vende carros!) y una metodología propagandística como del Museo Nacional, Mr. America consiguió un éxito aplastante. No se podía hacer esta exposición con la usual discreción del Banco de la República, había que importar un método que fuera infalible y, en el panóptico de la 23, la receta es más que sabida: buen diseño (soberbio Popular de lujo), una tienda verdadera (“¡mi amor, como en los museos de Europa!”) y patrocinio multinacional. Y bueno, pueden superar en asistencia al histórico Picasso del Museo Nacional. Pero, más allá, hay que decirlo, la expo es buena y la curaduría conmueve. Por eso les perdonamos a los organizadores tanta foto de Jet-set y Aló, tan poco frecuentes en las inauguraciones del Museo del Banco.

Rock al Parque: 320.000 visitantes. Pese a que el lanzamiento no presagiaba nada bueno tras ese primer acto en la Virgilio Barco con una exposición retro de pésima factura, la cosa salió muy bien. La Filarmónica sabía que todo estaba para que les cayeran, pues hoy nada se le perdona a la gestión de Samuel. Y lograron máxima efectividad: buenas bandas, cierre pop masivo con el cantante rosarino y regia organización, lo que demuestra que los patrimonios bogotanos son respetados por los equipos culturales. María Claudia Parias, directora de la Filarmónica, se ratificó como alguien sensato que les dio sopa y seco a otras áreas de la administración distrital de cultura que, cuando no andan enredadas o en aguas turbias, no consiguen más que echar globos por ahí… lo que nos lleva a:

El vuelo de la libertad: 400.000 observadores. Dicen que la operación de los globos del bicentenario fue pagada por patrocinadores. Puede ser. Pero sí que los publirreportajes que vimos en algunos noticieros independientes fueron simplemente vergonzosos, y no creo que hayan sido regalados. Puede que los globos estuvieran bonitos, para qué. Se parecen a los del festival anual de Nebraska, pero creo que falta mucho para que unos globos de colores con grandes logos de Carrefour o Bancolombia consigan producir, tras una inversión calculada en tres mil millones de pesos, algún tipo de reflexión en torno al bicentenario de la Independencia. A menos, claro, que esos grandes logos voladores sean la consecuencia lógica del florero de Llorente.

Gran Concierto Nacional: 600.000 espectadores. Dijo la ministra, a propósito de esta estela de conciertos pluriétnicos del week-end: “Este 20 de julio, la música, como una poderosa expresión de lo que somos (…) será el puente que nos ayude a conciliar voluntades” (El Tiempo, 18-08-09), y aunque es súper “cool” toda esa buena onda que nos pone a Kraken con Totó y los 50 de Joselito (en Bogotá, al menos), a veces nos preguntamos para qué o en torno a qué esas voluntades deberían conciliarse. Porque si no hay un qué, ni un en torno a qué, si no hay un poquito de pensamiento en medio del show, si no hay algo distinto a la consabida autopropaganda estatal, esos 600.000, o muchos más, espectadores, más que voluntades, vendrían a ser simples estadísticas en los indicadores de una u otra gestión institucional tan espectacular como inofensiva.

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