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El show del arte (joven)

En la columna de este mes, Nicolás Morales postula que en Colombia se le da demasiada prensa al arte joven

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Quisiera postular una tesis incorrecta: en Colombia se le da demasiada prensa al arte joven. Un barrido de periódicos y revistas mostrará cómo, desde hace algunos años, el arte más joven, independiente, alternativo, crítico o vanguardista –qué sé yo– es registrado con una fidelidad y disciplina excesivas. Una decena de exposiciones absolutamente diversas son cubiertas, muchas veces, sin ton ni son, a cuatro columnas y con fotos de gran tamaño en muchos de los periódicos y revistas nacionales (entre las que cuento, por supuesto, a mi querida Arcadia). En algunas revistas de farándula vemos a toda esta juventud como si fueran verdaderos iconos del siglo XXI. Cada mes, por cuenta de la prensa, tenemos una media de cinco o seis artistas nuevos “impresionantes”, “que dejan huella”, etc. Cada vez hay más salones de jóvenes (ya hasta las EPS tienen los suyos) y pululan decenas de convocatorias con recursos públicos para el arte júnior.

Basta. No queremos tanto arte joven. Ya no sabemos ni qué es bueno ni qué es malo. Ya no tenemos ningún matiz para estructurar un discurso alrededor de todos estos jóvenes que no superan los 25 años y que ya están ad-portas de vender su obra a importantes museos europeos. Y la verdad estamos un poco aburridos de sacrificar nuestro apretado tiempo para correr e ir a ver obras de una fragilidad incomesurable o tan vulnerables como las propias declaraciones de estos jovencitos.

Los periodistas culturales son demasiado generosos con el arte joven. Habría que explicar cómo se logró en tan pocos años esta legitimidad generada por el excesivo cubrimiento frente al que se les da a otras plataformas culturales, por ejemplo, la televisión o la radio locales, regionales, comunitarias o por internet. ¿Culpa de los galeristas? Es posible. Fue fácil hacer negocio con esa pretendida ansia del mercado del arte joven generada a final de los ochenta. ¿Tiene que ver esta intensidad con el hecho de que su comercio abrió un gran nicho de mercado en las clases emergentes que no pueden pagar un Obregón de 200 millones pero sí un Mateo López de 10 millones? ¿Tiene que ver con que montar una exposición de jovencitos no precisa de seguros, obras en préstamo o curadurías desgastantes? ¿O es más bien que los jóvenes son más cool, y en sus frases vacías los redactores culturales encuentran las palabras para hacerlos decir lo que se les antoje? Por eso concuerdo con el ex artista joven Humberto Junca, que encuentra que el mercado está lleno hoy de contenidos, guiños y técnicas repetidas que no desafían lo establecido, desafío que, se suponía, daba forma a los presupuestos del arte joven. Por el contrario, se trata ahora simplemente de un canal más de explotación en el que gatos grafiteados sobre lienzo, pinturas hechas imitando el código ASCII, obras que incluyan la palabra “violencia” y reminiscencias del arte pop más trasnochado se convierten en plata.

Por supuesto, no se trata de abortar un proyecto de democratización de las artes plásticas, ni de cerrar las puertas a los nuevos artistas en Colombia. Pero creo que esta euforia produce efectos perversos: el par de jóvenes artistas realmente interesantes que sobresalen no se ven en este bosque de niños y niñas superdotados, y el cubrimiento de verdaderas y heroicas exposiciones de artistas mayores o consolidados se sacrifican por este ejército de amateurs con palancas, galeristas adinerados o papás poderosos.

Por eso siempre que voy a una exposición joven, de esas que registra la prensa profusamente, me encuentro siempre con los mismos públicos: los dos críticos de arte, los amigos o la familia del artista y un grupito de incondicionales a los cuales ya les conocemos la cara. Con contadas excepciones viene el público de a pie. Confirmando lo selectivo del ejercicio masturbatorio.

Hace un par de semanas fuimos a una exposición de David Lozano en el Museo de Arte de la Universidad Nacional y nos encontramos con una propuesta inauditamente buena. De esas exposiciones que no se ven ni una vez al año. Habrá que rogar a los dioses que los periodistas se acerquen a este artista que, aun cuando no es joven, ni una promesa, tiene el carácter, la vida y las ideas que faltan entre los balbuceos de tanta novedad.

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