El taller de proyectos

Miguel Mesa reflexiona sobre la enseñanza de la arquitectura en el taller de proyectos.

2011/06/23

Por Miguel Mesa

El lugar natural donde acontece la enseñanza de la arquitectura es el taller de proyectos. Pero la imperfección de que adolece en muchas escuelas de nuestro país, lleva a pensar que, en un futuro cercano, los estudiantes lo abandonarán y se desplazarán a las bibliotecas. No es que esto parezca escandaloso pero sí inconveniente para la interacción y los contactos que implica la enseñanza en arquitectura. Sin embargo, tal y como están las cosas, parece que aprender a proyectar en la biblioteca será recomendable.

 

El taller de proyectos es imperfecto: cada vez menos se sustenta en catedráticos, en posiciones intelectuales o posturas arquitectónicas, políticas y estéticas (¿alguna vez lo estuvo?). Lo más importante de la educación no es lo que se enseña sino quién lo enseña y con qué mirada. Los contenidos importan de acuerdo con la mirada pre-tendida sobre ellos. Y a las facultades de arquitectura les cuesta mucho reconocerlo: los talleres de proyectos tienen profesores, proyecto educativo, misión e incluso, en algunos casos, dogma, pero carecen, cada vez más, de miradas, de posturas inteligentes y actualizadas acerca del arte de habitar y construir. Una mirada o interpretación de la arquitectura educa, no solo al aprender un oficio sino además al entender perfiladas las coyunturas del mundo en el que vivimos y por lo tanto en tomar partido por una u otra manera de hacer arquitectura.

 

El asunto es que la mayoría de facultades creen que en los talleres lo que importa es la institucionalidad, antes que las personas y sus inclinaciones intelectuales. Pensando así, los descargan de contenido y los despersonalizan, vacío que suplen con otros protagonistas: el señor crédito, la señora currículo y sus hijas, las competencias, autoevaluaciones y certificaciones, quienes definen hoy qué y cómo se aprende. Y lo cínico es la estrategia para mantener lo que aún queda en los talleres, el cuerpo a cuerpo entre profesores y estudiantes: reemplazar horas de taller con horas de trabajo autónomo del estudiante y horas de preparación de clase con actividades “ejecutivas” para el profesor.

 

Nada garantiza que fundar los talleres en personas con miradas destacables sobre la vida y la arquitectura nos lleve a una excelente educación. Pero mi experiencia dice que esa visibilidad del docente y su mirada que hace aula, que recoge, ahí mismo, la imaginación de los estudiantes, son el paso primordial para una enseñanza de calidad, porque ese gesto reivindica al que enseña —y como enseña—, lo compromete, lo vuelve protagonista y por lo tanto se le compara y exige: pensamientos, herramientas y diferencias son puestos en boca de los estudiantes, entonces participativos. Para no quedarnos sin arquitectos sensibles a nuestra sociedad, será necesario ajustar los talleres de proyectos: ¡Este es el reto que tienen las facultades de arquitectura del país! A no ser que consideremos que los nuevos arquitectos surgirán por generación espontánea.

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