El Titanic

Marta Ruiz comenta el rediseño de El Tiempo y cómo afectó su contenido.

2010/11/18

Por Marta Ruiz

Cada mañana, cuando salgo a recoger el periódico, se me viene a la mente el Titanic: un buque fastuoso que se hunde. Cada día lucho contra el prejuicio de que El Tiempo ya no es lo que fue, y que su lectura ya no me hace sentir esa cómoda sensación de saber, cada día, al salir de mi casa, todo lo que alguien informado debe saber. Hace unos años María Isabel Rueda dijo en una columna que leer El Tiempo le tomaba menos tiempo que pelar una toronja. Para usar una imagen menos exquisita, yo diría que la lectura del periódico más importante del país se puede hacer mientras se tuesta una arepa extradelgada. Diez minutos, más o menos. No me sorprende. Hace ya rato le escuché a un alto directivo de El Tiempo una tesis curiosa. Decía el hombre que la gente no lee, solo hojea los periódicos y sus titulares. Y que su casa editorial debería adaptarse a esa realidad. Se trataba, según le entendí, de hacer un periódico para no lectores, para la gente que prefiere la televisión, en aquella época, o el internet.

 

¡Vaya si lo han logrado! Entre la convergencia de medios, que convirtió al periódico de papel en la cenicienta; una especie de cesta donde llegan trasnochados muchos de los temas de internet y de Citytv; y el nuevo diseño que fragmenta aún más la información en pequeñas notas de registro, El Tiempo ha pasado de ser un medio de referencia a uno de registro. Fenómeno curioso, pues en su plantilla están unos de los mejores periodistas del país.

 

El rediseño borró de un tajo cualquier referencia a lo que El Tiempo fue. Yo no critico la nueva presentación, pero siento que ésta encubre algo más profundo y es un concepto de periodismo; un rumbo elegido por las directivas y los dueños del diario: escribir para gente a la que le da pereza leer.

 

Contrasta esta visión con la de Giovanni Di Lorenzo, el director de Die Zeit que está causando sensación. El periódico estrella de Hamburgo, en Alemania, ha crecido en un 70%, está dando más plata que nunca y según dijo su director, en una entrevista en El País, lo ha hecho con un periodismo clásico: largo, difícil, profundo y de calidad. ¡Es Alemania!, dirán algunos. Y claro, por excepcional, es que la experiencia de Die Zeit es observada hoy por todo el mundo. Pero lo que quiero resaltar es el tipo de racionalidad que subyace en la lógica de ese periódico. Busca mantener e incrementar sus lectores. Más aún en contextos de crisis donde la gente busca en la prensa orientación, credibilidad e independencia. “No está escrito en las tablas de Moisés que todos los periódicos vayan a desaparecer”, dice Di Lorenzo. Y eso me ha dado por pensar que quizá los medios impresos sobrevivan a la crisis que les ha significado internet, pero no el periodismo. Tiendo a creer que el “negocio” del papel sobrevivirá a costillas de las historias. Que tendremos lindos reportajes, y eso incluye a todos los medios, cuyo contenido no sabremos si es publicidad, propaganda o un rompecabezas de datos sin estructura. Por eso, quizá, por más que uno lea el periódico de cabo a rabo, no se siente informado.

 

Como soy periodista no ha de faltar quien diga que estoy sangrando por alguna herida. Y puede que sí. Sangro por una que añora el periódico que fue y que no logra adaptarse al que hoy es. Justo porque El Tiempo era algo que me daba un sentido de realidad, que hoy encuentro perdido. Y no es un asunto de apariencia, sino a mi juicio, profundamente político.

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