Por Carolina Sanín
  • Turistas llegando a Castel Nuovo en Nápoles.

Turista

Entre las pretenciosidades y pretensiones que me noto, nunca he tenido la de no ser turista. Pero no, no es verdad que nunca. Cuando adolescente, y aun después, me daba vergüenza desplegar el mapa en plena calle de una ciudad extraña y preguntar direcciones...

2015/05/22

Por Carolina Sanín

Entre las pretenciosidades y pretensiones que me noto, nunca he tenido la de no ser turista. Pero no, no es verdad que nunca. Cuando adolescente, y aun después, me daba vergüenza desplegar el mapa en plena calle de una ciudad extraña y preguntar direcciones; que los habitantes de la ciudad me vieran y supieran que estaba allí inocente, sin saber ni a dónde ir ni nada. Andaba incómoda con la ropa de turista, que siempre es un poco desfasada con respecto a la que usan los locales. Me irritaban los otros como yo, pero de tures grupales, organizados por una empresa. Quería pensar que sí pero no, que yo estaba allí por otra cosa, movida por otra clase de curiosidad y rindiendo otro tipo de homenaje.

Todavía me da un poco de bochorno, en algunos sitios y en algunas circunstancias, ser turista. Pero disfruto de ese bochorno y de saberme a la vez invisible y automáticamente definible. Sé que soy turista como todos los demás, movida por lo mismo que todos: por el deseo de ver dónde se acaba el mundo y qué le cabe.

No tomo tures organizados, pero no soy tampoco una viajera espontánea. Me hago mis propios tures, con una guía de viajes impresa y un mapa. Viajo sola la mayoría de las veces, y en ocasiones con otra persona. Doy paseos que determino diariamente antes de salir, y disfruto de saber que las vueltas a través de la ciudad me llevan de regreso a un falso punto de partida, falso pues sé que no he partido de la habitación de donde he salido en la mañana, sino de lejos. (Aunque quizás parta uno cada día de su almohada y punto, ya esté de viaje o residiendo).

No llamo al amigo de un amigo a quien me recomiendan visitar en la ciudad extranjera. Si nunca antes he ido a esa ciudad, no quiero en ella conocer gente ni hablar con nadie. Voy pensando que estoy y no estoy allí. No quiero que me suceda nada, ni sucederles a los otros. Solo quiero ver.


Turistas llegando a Castel Nuovo en Nápoles.

Siento que no existo en la ciudad visitada, pero que estoy allí de una forma en que los locales no están. Mientras que para ellos la calle que transitan es, digamos, el término literal, para mí es el figurado. Ellos están dormidos allí, mientras piensan y sueñan sus pensamientos y sus sueños. Yo me he dormido al iniciar el viaje, en mi ciudad, y estoy en la otra soñando un sueño en el que puedo darme direcciones.

Luego, cuando regreso, la memoria acomoda los destinos y reordena el espacio. En otras palabras, después de ver mil cosas no me acuerdo de mucho más que de unas tres y de una sensación. El mapamundi que va quedando tras los viajes tiene una orientación propia, determinada por vecindades y superposiciones nuevas, en cuyo diseño la imaginación se impone a la evidencia. Más que un mapa, es un conjunto de emblemas.

Me gusta ir rápido por la ciudad nueva. No soy de los que se sientan en un café y en otro y tal. Voy de iglesia en iglesia, de museo en museo, del borde del mar a las ruinas al mercado. Me emociona estar en el centro y los extremos en un mismo día. Me atormenta que se me quede algo de mi lista sin ver. Voy persiguiendo una perspectiva inalcanzable, un punto de vista que es imposible tener en tierra, con nuestra estatura. Busco sobrecogerme y cada vez lo logro, y casi cada ciudad que he conocido ha sido la mejor del mundo. Me da tristeza no haber nacido allí, en todas partes. Hago planes para vivir allá algún día. Prometo volver el año siguiente por una semana al menos.

Mis días de turista comienzan muy temprano, casi cuando sale el sol, y acaban tarde. No me detengo a comer sino hasta la noche, después de haber regresado. Camino por las calles durante horas, como si subiera una montaña. Antes de que caiga la tarde, hay un momento en que estoy agotada. Me duelen las piernas y los pies, y es entonces cuando trato de concentrarme: ¿Qué es lo qué dice aquí?

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