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El vicio y la virtud

(...) ya se ha quitado las gafas y las ha puesto en equilibrio sobre la rodilla para no querer ver, para no poder ver con sus ojos pecadores el obsceno objeto faloidiforme que el fiscal general Eduardo Montealegre parece ofrecerle para que lo pruebe. ¿Una chupadita? ¡Noooo!

2013/07/18

Por Antonio Caballero

 


El fiscal general Eduardo Montealegre y el procurador Alejandro Ordóñez hablan sobre el Marco Jurídico para la paz. El Tiempo, 10 de mayo de 2013.

 

Cómo se tapa la cara, escandalizado, el procurador general Alejandro Ordóñez! ¡Cómo se aruña la frente con los dedos engarfiados de horror! Ya se ha cruzado de brazos y de piernas en actitud resueltamente defensiva, retrepado en el sofá; ya se ha quitado las gafas y las ha puesto en equilibrio sobre la rodilla para no querer ver, para no poder ver con sus ojos pecadores el obsceno objeto faloidiforme que el fiscal general Eduardo Montealegre parece ofrecerle para que lo pruebe. ¿Una chupadita? ¡Noooo! El procurador aprieta con decisión los labios, hunde el mentón en la papada, se resiste con todos los músculos del cuerpo, como un enorme bebé que se negara a tomar su biberón. “¡No beberé de este cáliz!” parece estar pensando detrás de su mano protectora, a través de la cual se adivina que sus ojos están cerrados como puños: “¡No y no y no!” Pobre procurador Ordóñez: se ve en la foto que está a punto de echarse a llorar. Y ese fiscal Montealegre con su carita inocente de mosquita muerta, que le tiende sin rubor la mano con la cosa: ¡qué mal hombre! Si yo fuera el procurador, denunciaría al fiscal (aunque ¿ante quién? ¿La Procuraduría? ¿La Fiscalía?) por acoso sexual.

Y en público, Dios mío. Con paparazzis al acecho (la foto es de Ana María García, de El Tiempo, y se publicó en la primera página del periódico –que vergüenza, Dios mío– el 10 de mayo pasado). Y no quiero yo aquí ni imaginar qué más inmundicias guarda el fiscal en esos papelotes que tiene en las rodillas: ¿estampas eróticas japonesas? ¿Indagaciones preliminares?

Y en público, Dios mío. Qué vergüenza.

Pero el procurador no se deja caer en la tentación. Fíjense en esa corbata, sobria, de severos colores clásicos. Miren esas piernas, castamente forradas por las medias largas, que a juzgar por su grado impecable de tensión van enganchadas a las ligas rodilleras, las cuales a su vez penden de unos estrictos calzoncillos largos que, bajo los faldones de anudar de la camisa, se abotonan a las calzonarias. Pues bien cerrado y bien guardado lleva el procurador el cuerpo. Bien amarrados los zapatos de cordón de cinco vueltas, bien claveteados con mancornas los puños de la camisa, bien ceñida la corbata, casi hasta el punto del estrangulamiento. El procurador Ordóñez es, en esta foto, la imagen misma de la virtud bien defendida. Ahí no entra nadie.

¿Y en cambio el otro? El vicio, claro está. Vean ustedes esa alegrona corbatita azul turquesa, como un pendón de libertinaje. Miren ese pequeño pero turbador triangulito rosado de pantorrilla desnuda que deja ver, como al desgaire, la media tobillera en la bocamanga abierta del pantalón. Manguiancho el señor fiscal. Y vean cómo se sienta, semiapartadas las piernas. Y como se viste: coquetamente escurrida la media, aflojado el nudo de la corbata azul celeste, un hombro más arriba que el otro, holgado el pantalón de ancha pernera. Y ese brazo tendido, con esa cosa. Y en público, Dios mío.

Si yo fuera el procurador, esta fotografía me sería suficiente “prueba reina” para condenar. Y si fuera el fiscal, para absolver y perdonar. Es una fotografía muy alegórica.

Sin embargo, como tantas veces, las apariencias engañan. No es lo que ustedes creen, ni lo que cree el procurador Ordóñez.

No es sucio sexo oral, bucal, lo que le está ofreciendo el fiscal Montealegre. Y mucho menos lo está invitando, como parece al primer golpe de vista, a cometer el funesto pecado sodomítico per angostam viam. No. Sus propios malos pensamientos traicionaron al procurador y lo llevaron a su elocuente anudamiento corporal de rechazo. Pero no. Lo que le tiende el fiscal no es un falo vibrador de plástico –un consolador, para entendernos– sino un inofensivo micrófono inalámbrico. Es solo para hablar, y no para lo que sabemos. El fiscal no le está proponiendo al procurador que hagan cosas, sino que explique cuál es su postura sobre la paz en Colombia.

Y ahí vemos su postura: que no y que no y que no.

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