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  • Un campamento de las farc de los años 60.

Elogio de los que no fueron a la guerra

2014/06/20

Por Marta Ruiz

Tanto se ha escrito sobre la guerra y tan poco sobre quienes no han ido a ella! Por eso, quizá, me gusta tanto ese poema de Juan Manuel Roca que se llama Arenga de uno que no fue a la guerra:

Nunca fui a la guerra, ni falta que me hace,
Porque de niño
Siempre pregunté cómo ir a la guerra
Y una enfermera bella como un albatros,
Una enfermera que corría por lagos pasillos
Gritó con graznido de ave sin mirarme:
Ya estás en ella, muchacho, estás en ella.

Siempre, cuando una guerra comienza, enlistarse parece imperativo. Los desertores, los remisos, los cobardes son vituperados. Pero luego, cuando la guerra deja de encandilar con sus alados carros de fuego, quienes no fueron a ella le echan una mano a los que llegan arrastrándose entre fantasmas de muerte.

Y es que sigue habiendo tiempos en los que la guerra se presume como una obligación moral. Basta hacer clic en cualquier diario europeo para leer las viejas consignas de la guerra inminente, la guerra obligatoria, la guerra empujada por los hechos. Siempre habrá, y no hay que hurgar demasiado, viejas y nuevas razones para alzarse en armas. Esa parece ser una vocación aprendida por siglos, reteñida con sangre en la piel de los países.

Aquí también ha habido tiempos, se los juro, en que ir a la guerra se ha considerado un imperativo. En los setenta tomar las armas en nombre de la revolución se consideraba una fase superior. Un acto de justicia. De redención de la humanidad. La coronación de los elegidos. Negarse a empuñar los fusiles se consideraba ominoso, propio de vacilantes, indecisos, diletantes e inconsecuentes. Las épocas cambian, y aquellos que parecían cobardes en el pasado hoy no avergonzarían a nadie. Aquellos que dudaron sobre la validez de matar por cualquier causa son ahora quienes nos han permitido sobrevivir como país.

En los albores de este siglo la quimera se repitió, con estandartes diferentes. El surgimiento de un estúpido patriotismo convirtió a nuestra juventud, la más humilde, en una soldadesca de medio millón de vidas. El patriotismo insufla los corazones cuando se presume que la guerra durará semanas, a lo sumo meses, y la victoria aparece como un espejismo cercano. Y entonces vendrán las coronas de laureles y las medallas, los honores, tambores y trompetas. El reconocimiento de las generaciones posteriores. Se presume, gracias a Hollywood, como lo denunció Kurt Vonnegut en Matadero Cinco, que las guerras las hacen y dirigen gentes serias, maduras, que saben lo que quieren. Que saben lo que hacen. Pero doscientos mil muertos inútiles, cincuenta mil desaparecidos que divagan por la memoria, dos mil masacres inenarrables y ninguna victoria son evidencia suficiente de que estamos en manos de insensatos, no de valientes.

Por entre las ruinas que ha dejado la guerra, aquellos lúcidos soldados regresan aterrados por la muerte, por la propia y por la ajena. Por el morir y por el matar. Y entonces aquellos que no fueron al frente están allí, con la única certeza de haber dudado en el momento correcto, en el lugar que tocaba. Son el testimonio viviente de que la guerra no era el único camino, ni el único destino, sino el peor de ellos. Aquellos que siempre sospecharon de los altruismos sangrientos están allí aún hoy, cuando se asoma el armisticio. Son quienes no fueron a la guerra, quienes nos recuerdan que matar a otro, por la causa que sea, siempre ha sido un desvarío.

Nunca fui a la guerra, ni falta
que me hace,
Para ver la soldadesca lavando los blancos estandartes,
Y luego oírlos hablar de la paz
Al pie de la legión de las estatuas.

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