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Embarazados

Usando una metáfora, Marta Ruiz habla de los movimientos de los indignados que ocurren en lugares tan disímiles como Turquia y Brasil.

2013/07/18

Por Marta Ruiz

El filósofo ruso Alexander Herzen afirmó a finales del siglo XIX que “lo espantoso de una revolución es que entre la muerte de un sistema y el nacimiento de otro habrá una larga noche de caos y desolación”. Herzen acuñó entonces el término de “viuda embarazada” para describir ese tránsito entre lo que muere y lo que se está gestando.

Rainer Langhast Uschi Obermaier, miemosbroa de la Comuna 1 de BerlínInspirado en ese concepto, Martin Amis escribió su libro La viuda embarazada, en el que cuenta el intenso verano de 1970 que vive un grupo de jóvenes burgueses en un castillo de Italia, en plena revolución sexual, donde particularmente las mujeres empiezan a transgredir los roles establecidos. Descubren que amor y sexo no siempre van juntos, que el placer es un valor en sí mismo, que el cuerpo es un territorio de libertad infinito, y que no hay modelos a seguir, más allá del deseo. Esa es la única revolución a la que

se sienten convocados, porque las otras les han sido usurpadas. Afuera, el mundo está a punto de estallar. La guerra nuclear amenaza con volar el planeta y les llegan ecos de conflictos sangrientos como el de Vietnam. Ignoran si hay un futuro para su generación, más allá de sus tribulaciones eróticas. “La revolución [sexual] fue una revolución de terciopelo, pero no incruenta; algunos salieron con bien, otros mal y otros naufragaron”, dice Amis.

La metáfora de la viuda embarazada me parece perfecta para describir lo que ocurre en este momento en el mundo.

Hablo de las revueltas que han ocurrido recientemente en lugares tan disímiles como Turquía y Brasil, y que bien pueden ser la saga de las que ocurrieron hace meses en España, Estados Unidos, Chile y otros cuantos lugares del mundo.

No son las típicas protestas por el pan y la libertad. Pueden ocurrir en países democráticos o en dictaduras, en sociedades seculares o islamistas, en medio de la abundancia o de la pobreza. Pueden ser alentadas por sindicatos y partidos, o sencillamente por redes sociales o programas de televisión. O el boca a boca. Son manifestaciones que hablan de las necesidades espirituales de las sociedades –la cultura, la política– y las está haciendo una generación que no encaja en las estructuras políticas que les han heredado. Pero tampoco han cristalizado una alternativa.

Tienen en común que sus protagonistas son jóvenes, las clases medias, gente relativamente educada, en países donde se ha incrementado el bienestar. Piden a la vez todo –libertad, diversidad, respeto– y nada. No hay pliego de peticiones para negociar, y si lo hay, este es solo un pretexto.?Los profetas del posmodernismo lo habían advertido: la política sería en este siglo algo efímero, diverso, líquido, fragmentario. Y las redes, tanto las digitales como las callejeras, lo han hecho posible. No hay estructuras, no hay discurso, no hay lealtad. Solo quizá aquello que Romain Rolland llamó “el sentimiento oceánico”. Un deseo de ser parte de algo, cualesquier cosa que sea. Porque la política los ha expulsado. No quieren una promesa de futuro, ni quejarse por el pasado. Quieren ser parte del presente.

Hablan un lenguaje que ni los políticos, ni los dueños del capital entienden. Por eso para los indignados del mundo no hay respuestas. Indignarse es quizá la manera de rebelarse en estos tiempos, aunque no conduzca a nada. Por ahora. Como no parecía ir para ningún lado aquella generación de la revolución sexual, y que sin embargo, sentó la bases culturales de lo que somos. Aunque, como dice Amis, no todo el mundo salió ileso.


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