Felipe Ossa, librero de cabecera de la Librería Nacional. Foto: Alejandro Acosta.

Cuatro casos de cualidades (inexistentes) en cultura

¿Cómo se agradece a un editor que ayuda a hacer grande una publicación? ¿Cuál es el papel del Ministerio de Cultura en el posconflicto? ¿Qué hace el gerente de un canal público recibiendo los premios que ganan por la creatividad de otros? ¿Cómo aceptar las críticas?

2016/04/17

Por Nicolás Morales

Generosidad. No me gustaron las líneas de despedida que se le hicieron a Mario Jursich, el director por años de la revista El Malpensante, en su última edición. Cortas y frías hasta el alma —por las razones que fueran—: “le deseamos buen viento y buena mar”.

Yo habría completado la última frase del editorial de la siguiente manera: “Mario Jursich llevó a la cúspide una revista ortodoxa y juiciosa de ensayo; fue un editor a carta cabal que vigiló la escritura y realzó la profundidad de cientos de voces en los diversos caminos de la ficción y la no ficción; descubrió nuevos nombres e hizo importantes rescates de textos imprescindibles, sin descuidar el texto alternativo, crítico y mordaz. Tuvo agudeza en su mirada sobre el ejercicio del poder cultural nacional y resaltó pasiones finamente construidas con investigación. Por último, fue atento con lo gráfico, potenció ilustradores y cuidó portadas. Fue un editor de marea alta, escaso en estos mares tropicales”.

Profundidad. Son muy parcas las explicaciones del Ministerio de Cultura sobre su propio rol en el posacuerdo de paz si nos atenemos al último debate propuesto por la revista Arcadia. Esa política parece una colcha de retazos sin muchas ideas fuertes ni retadoras. Aquí entre nos, dejan entrever que les aburre el tema. Y concuerdo con Germán Rey: eso no es serio. Sobre todo porque, ¡carajo!, la cultura es con la que se va a poder hacer la paz, porque dinero no hay ni habrá. En Cartagena se lo dijeron varios gestores culturales al doctor De la Calle: “A ese Ministerio le falta institucionalidad relativa a la paz y la guerra”. Dos hipótesis personales: una, por motivos políticos, lo de la paz no les interesa, lo que es legítimo aunque sería bueno saberlo. O dos, no saben cómo hacerlo y por eso, tal vez, ya es hora de que entren los intelectuales al Ministerio, los que están como ausentes en esta administración de respuestas gerenciales e indicadores profusos a todo.

Humildad. Asistí a los premios de televisión India Catalina y me sorprendí viendo al gerente de rvtc, John Jairo Ocampo, levantarse once veces a recibir igual número de galardones de los premios de televisión para su canal, Señal Colombia. Digo que me impactó porque asistimos al paroxismo de los intereses de la política en la televisión pública. Esos premios merecidos recompensaron la imaginación y la técnica televisiva, pero justo ahí creo que un gerente debería guardar la compostura y reservarse un poco. Porque me temo que su gestión no tuvo que ver con los productos premiados. En otras palabras, no es por los gerentes políticos (que pasan y pasarán) que se ha sostenido una política pública de excelente televisión durante años en Colombia. Una especie de milagro preserva una manera de hacer las cosas. Y no me vengan con el cuento de que esos grandes jefes por lo menos “dejan hacer”. Eso no es presentable.

Reconocimiento. Recibo con espartana humildad la acostumbrada carta-regaño del gerente de la cadena de librerías más importante de Colombia. Pero yo lo leo como una correspondencia de ideas que prolongamos por años. Y como quiero hacer las paces, rectificaré sobre el rol que tiene esta librería. Sin la Librería Nacional, la circulación del libro en Colombia sería aún más caótica de lo que ya lo es. No importa si se trata del libro más popular (sin el cual no habría editoriales ni cadenas de valor), sus librerías son los oasis de un país que lee poco y mal. Miles de libros buenos, algunos bestsellers y otros muchos títulos llegan a las mesas de noche de los terrícolas colombianos gracias a su gestión. En resumen, lo digo con honestidad: son un patrimonio fundamental de la geografía cultural de este país. Claro, hay librerías independientes con otra oferta; hay algunos otros libreros más apasionados y la Nacional tiene sus olvidos con la edición universitaria, pero sin ellos no habría tanta luz bibliográfica en muchos rincones del país. Y eso, señor, se lo concedo.

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