Carolina Sanín

Enseñar un espejo

Si se tomara en serio su nombre, el Ministerio de Educación daría ejemplo de rigor en el pensamiento y el discurso. Muy por el contrario, nos ha acostumbrado a explicaciones confusas, a proposiciones vacías y, en fin, a la devaluación del raciocinio.

2014/04/22

Por Carolina Sanín

Ante los resultados calamitosos que obtuvieron nuestros estudiantes en las pruebas PISA, en particular en aquella que medía “la capacidad para solucionar problemas de la vida cotidiana”, la ministra de Educación manifestó que “solo 44 países decidieron presentarla y Colombia tuvo el coraje de medirse con los mejores”. Esta pequeña argucia y falsa astucia con que la señora María Fernanda Campo quiso campantemente atenuar la catástrofe de nuestro sistema educativo –y, por ende, camuflar la ineficacia de su gestión– evidencia, al igual que la prueba en cuestión, la incapacidad de los colombianos para enfrentarse a los problemas de la vida cotidiana.

Para empezar, el “solo” de la declaración de la ministra carece de sentido, pues 44 países constituyen casi la cuarta parte de los países del mundo, proporción que no equivale a una excepción. Por otra parte, solo si se habla de manera acomodaticia puede pretenderse que una proporción cercana al 25 % de un grupo corresponde a los “mejores” del grupo. Adicionalmente, del dato de que 44 países presentaron la prueba no se colige que esos 44 sean mejores que los que no la presentaron.

En su defensa de la mediocridad, la señora Campo suma a los anteriores yerros de lógica un equívoco semántico (por no decir que un error de mala fe). Si Colombia quería medir la habilidad de sus estudiantes para resolver problemas, entonces debió de ser para eso que se presentó a la prueba, y no para probar el “coraje” del Ministerio de Educación al demostrar la inexistencia de la habilidad. ¿Qué es lo que se está diciendo? ¿Que somos ignorantes y estúpidos pero tenemos un gobierno atrevido? Calificar de heroísmo un acto de responsabilidad connota una autoindulgencia peligrosa.

Si se tomara en serio su nombre, el Ministerio de Educación daría ejemplo de rigor en el pensamiento y el discurso. Muy por el contrario, nos ha acostumbrado a explicaciones confusas, a proposiciones vacías y, en fin, a la devaluación del raciocinio. En los últimos años, cuando se les reclama por el bajo nivel educativo de los colombianos, ministros y viceministros suelen responder con la distinción entre “cobertura” y “calidad”. El gobierno, dicen, se ha concentrado en ampliar la cobertura de la educación, pero luego se ocupará de la calidad. Se trata de una excusa perfectamente inválida. Si la cobertura se refiere a la cantidad de niños que tienen acceso a la educación, pero no es educación lo que se les está dando a esos niños, sino que apenas se les está garantizando la posibilidad de permanecer en un plantel en determinado horario, entonces no hay cobertura.

No hago este modesto ejercicio de análisis para atacar a Campo o a otros funcionarios del ramo, sino para ilustrar el siguiente punto: en Colombia, como quizás haya demostrado la prueba PISA, hay que enseñar a pensar. El pensamiento se produce y se refleja de diversas maneras, pero su espejo más patente es la estructura lingüística, innata a los seres humanos. El discurso es, además, el material de la vida republicana. El examen del lenguaje nos permite juzgar las razones y los argumentos de los otros; nos protege de la opresión demagógica; nos lleva a elegir y criticar conscientemente a nuestros gobernantes. El conocimiento de la estructura de la lengua, antiguamente patrimonio de las élites y actualmente patrimonio de nadie, debería ser un derecho de todos.

Ante la reciente constatación de que los colombianos no pueden entender el planteamiento de un problema sencillo, yo propongo que se reintroduzca el estudio formal de la gramática en el currículo escolar. Que se transmita seriamente el léxico español; que se muestre cómo la puntuación determina o tergiversa el discurso; que se enseñe a mirar la función que cada palabra cumple dentro de una oración y qué correspondencias guardan las palabras entre sí; que se estudie cómo se forma el sentido y cómo las figuras retóricas abren caminos en la mente. Que se ayude al estudiante a descubrir que en el lenguaje está el primer factor de igualdad y la clave para participar en el mundo, ejercer el autocontrol y observar el poder.

La familiaridad con la gramática lleva a apreciar la libertad. Quien identifica los elementos de la lengua sabe que existen soluciones diversas y cuantiosas para cada problema. Quien investiga las combinaciones lingüísticas a través de las que se expresa el pensamiento puede pensar de manera flexible y creativa. Quien es capaz de analizar el discurso coloca frente a su conciencia un espejo. Enseñar gramática es capacitar para “solucionar problemas de la vida cotidiana”. Es enseñar ética y verdadera astucia.

Sé que mi propuesta suena a Miguel Antonio Caro y a Andrés Bello, y que a muchos les parecerá rancia y antichévere. Yo creo que puede ser bella y cara.

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