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Envolturas

2013/04/12

Por Carolina Sanín

Le pido a la empacadora en el supermercado que meta en un solo paquete todo lo que compré, por favor. Ella no me hace caso y va empacando el detergente dentro de una bolsa que mete dentro de otra más grande donde ha puesto la comida. Le repito que lo quiero todo junto. “Pero se le contamina”, dice. ¿Qué es lo que se contamina? ¿El plátano en su cáscara se unta de los garbanzos enlatados y el jabón embotellado?

En una tienda supuestamente naturista me querían dar una galleta en una caja de icopor que a su vez iban a meter en una bolsa de plástico con dos servilletas. En otro lado pedí por favor un vaso de agua, para no desperdiciar una botella. Me dieron el agua en un vaso desechable que venía empacado en una bolsita de plástico. Todos los vasos en sus bolsitas venían juntos dentro de un chorizo de plástico, y el chorizo, seguramente, en una caja de cartón con precinto. Me encimaron un pitillo dentro de una fundita de papel.

Cada toalla higiénica viene dentro de su envoltorio, con cuatro adhesivos, en el empaque mayor que reúne diez. En las fotocopiadoras me entregan las hojas de papel dentro de una bolsa. Los braunis que venían hace unos años de a seis en su caja de cartón, uno junto al otro, vienen ahora en la misma caja pero cada uno en su empaque individual, para que el azúcar no se junte con el azúcar. Esta revista viene envuelta en una película plástica, como cada uno de los libros de una librería. Un día de estos me van a vender un cepillo de dientes en el que cada cerda venga dentro de un forro con tapita.

No voy a explicar el absurdo de que un trago de agua mío signifique que al mar vaya a dar y a durar una cosa de plástico. Debería de ser una obviedad. Lo que me interesó en estas vacaciones en las que por no hacer mucho más pude contemplar que mi actividad principal consiste en producir basura, es la neurosis que nos lleva a creer que necesitamos tantos empaques, empaques para empaques para empaques.

¿Qué son todos esos recubrimientos? ¿Será que estamos teniendo la fantasía de que cada objeto tiene su pequeña piel, como nosotros? ¿O estamos imaginando que cada uno viene dentro de su placenta y proviene de la reproducción entre dos cosas iguales –por medio de esa medio fantasía que es el reciclaje? ¿O, por el contrario, estamos imaginando que cada cosa viene dentro de un preservativo que contiene la polución? Quizás el empaque individual nos haga sentir que lo que compramos es especial –un regalo, una sorpresa que hay que proteger– y que nuestro acto de consumo también lo es, en tanto que deja una huella duradera. ¿Nos satisface abrir las cosas, como si las sacáramos de su sudario y las reviviéramos? ¿O nos emociona poder rasgar y tirar el exterior de cada cosa como para llegar a su supuesta esencia?

Tal vez necesitemos todos esos empaques, esas enmarcaciones, para dar una dimensión narrativa o dramática a nuestra relación con los bienes que compramos; para que haya un antes y un después de descubrirlos, para instalarlos en el tiempo. Es posible también que queramos ver reflejado nuestro ego en cuanto consumimos; que queramos vernos así, aislados y protegidos, en nuestro envoltorio individual transparente y resistente, bien visibles pero intactos.

Probablemente estoy dignificando una manía egoísta que no se merece que la observemos sino solo que la denunciemos y tratemos de evitarla. Quizá estoy tratando de encontrar el mensaje que viene en la botella, cuando debería no usar la botella y punto. Pero como no conozco estadísticas sobre la contaminación ni sé cuánto tarda el polietileno en descomponerse, apelo al sentido del ridículo del público antes que a su sentido de solidaridad.

Por cierto, bien mirada, la idea de recoger los excrementos del perro en una bolsa para tirarlos a la basura es quizás el colmo de este comportamiento irracional. Alzar el excremento del suelo está bien, pero por favor trate de no usar, lector, una bolsa nueva sino al menos la del arroz que se acabó, o esta columna o el envoltorio en el que viene.

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