El Salón Tollota fue una exposición de arte que tuvo lugar el semestre pasado en un antiguo concesionario de carros. La exposición la organizó Paulo Licona, un profesor de cátedra que dicta clase en la Universidad de los Andes y en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. La exposición juntó sin distinción lo que venía de las dos universidades. Lo más visible era la paridad entre todas las obras de los estudiantes.
Este resultado se ha visto en eventos similares. Basta recordar el Salón de Arte Bidimensional, o las muestras conjuntas de Proyectos Finales de Grado de la Universidad de los Andes o de la Universidad Nacional, o las muchas versiones del Salón de Arte Cámara. Poco importa si el expositor pasó por la Nacional, la Javeriana, la ASAB, El Bosque, Los Andes (o por espacios que no se considerarían “universitarios” como la Academia Guerrero), a pesar de tener programas distintos, profesores distintos, recursos distintos, costos distintos y uno que otro profesor compartido –como es el caso del profesor Licona–, resulta imposible distinguir, al menos a un nivel expositivo, un programa de arte sobre otro programa de arte.
Así las cosas, es toda una paradoja pensar en los grupos de profesores de cada universidad: cada uno diseñando mallas, redes y anzuelos curriculares; cada uno creando comités para conformar los comités que le harán frente a los comités de acreditación; cada uno dando álgidas discusiones en torno a la misión-visión de su nicho educativo y el perfil de “sus” estudiantes en las áreas de creación. Pero al final lo que queda son los trabajos de unos estudiantes que se sobreponen o que sucumben a las limitaciones de un pénsum; que se dejan y no se dejan contagiar por el falso estrés de ir corriendo de una clase a otra (y a otra y a otra y a otra y a otra); que entienden y que no entienden que muchas de las clases de “taller” solo tienen de taller el nombre, y que si quieren un taller lo único que habría que hacer es alquilar uno para trabajar, para hacer y contemplar, un taller donde a veces puedan hablar con otros compañeros de taller; una situación que quizá resulta más enriquecedora que muchas de las clases de “taller”, y donde puedan tener el espacio físico y mental que los “talleres” de las universidades no ofrecen.
El Salón Tollota no perteneció a un curso, fue solo una acción decidida que partió de un experimento de un profesor de cátedra de dos universidades, que aprovechó el interés que vio en cada lado para generar esta experiencia. Tal vez eso es lo que necesita un programa de arte: menos clases, más experiencias, menos universidad, más vida universitaria, menos orden, más libertad. Es más, la ciudad y el mundo virtual están cada día más llenos de experiencias: la “universidad de la vida” ofrece de forma gratuita, o por precios módicos, exposiciones y conferencias, cursos y residencias, lecturas y cosas por ver, un arte que los estudiantes pocas veces podrán disfrutar porque están escolarizados y muy ocupados asistiendo y haciendo las tareas de sus “clases de arte”. ¿Es necesario el diploma de arte para ejercer?
Por lo visto, el Salón Tollota dejó algunas inquietudes. A final de este semestre el evento se repite, ¿se repetirá todo lo demás?
Llega a Colombia "En trance" la nueva película de Danny Boyle: ¿Cuál le parece su mejor película?