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Escribir para mañana

Marta Ruiz destaca la página de internet Verdad Abierta. Un proyecto que lucha por la memoria y por narrar lo inenarrable de la realidad Colombiana.

2010/03/15

Por Marta Ruiz

Dimitri Yurasov era apenas un joven investigador cuando, en 1987, sorprendió a todos los intelectuales de la Unión Soviética al revelar que desde hacía un lustro se había dedicado, de manera solitaria y clandestina, a reconstruir los fusilamientos de miles de personas durante la era de Stalin. Había pasado toda su juventud sumido en los oscuros archivos oficiales, donde reposaban 16 millones de expedientes. A mano, había llenado hasta ese momento 123.000 fichas con nombres y pequeñas historias de disidentes y ciudadanos del común. Había sido su manera, muy personal, de luchar contra el olvido que se les había impuesto a los muertos. Durante el glásnost que empezaba en sentirse en Moscú, Yurasov se convirtió en la persona que individualmente más le aportó a la verdad histórica sobre el régimen autoritario, tan necesaria durante la dolorosa y larga transición política de esos países.

Más radicales han sido otros en esa lucha contra el olvido. Cuenta Tzvetan Todorov en su libro Los abusos de la memoria que también en la época de Stalin algunos prisioneros de Siberia se cortaban un dedo con un hacha y lo amarraban a un tronco que echaban a las aguas del río, como si fuese una botella con un mensaje en el mar. Tal era la necesidad de que alguien supiera que en esas gélidas montañas, miles de hombres habían perdido la libertad, el nombre, la identidad y la vida en medio de trabajos forzosos. El dedo era el testimonio de su existencia.

Esta lucha por la memoria —y por narrar lo inenarrable— es lo que se siente al navegar en una página de internet que hace casi un año está al aire y que, de manera muy discreta, se ha ido convirtiendo en un centro de documentación, más para las futuras generaciones —que nos juzgarán como bárbaros— que para las de hoy —cuya capacidad de asombro se ha perdido—. Se trata de Verdad Abierta, un proyecto de varias organizaciones (incluida la revista Semana, publicación para la cual trabajo) donde está quedando impreso ese vertiginoso, abundante y, por eso mismo, casi anónimo, proceso de “verdad” sobre la dictadura paramilitar que se vivió durante más de una década en varias regiones del país.

Navegar por ella es un viaje por la ignominia. Es como meter el dedo en una llaga abierta todavía. Historias de esclavitud, de muerte, de codicia, de mafia, de la falta de Estado, de las complicidades más absurdas con los crímenes más tristes, pero también de resistencia, y de una inmensa necesidad de reconciliación a lo largo de esta maltratada geografía. Historias que ya poco se leen en los medios convencionales. Quizá por cansancio, por banalidad, o simplemente porque el periodismo poco se interesa en la historia.

Todorov cree —y yo quisiera creerlo con él— que narrar la barbarie es el comienzo de su superación. “La difusión de la información permite salvar vidas humanas”, dice. Pero advierte también que es tan dañina la censura de los regímenes totalitarios, como la sobreabundancia de información que termina por convertir todo en irrelevante. Un camino que también conduce al olvido.

¿Es eso lo que está pasando en Colombia? ¿Importará cada vez menos que los paramilitares usaran hornos crematorios para desaparecer a sus víctimas; que durante más de una década haya seres humanos encadenados en la selva por un grupo de fanáticos, o que militares hayan traficado con personas a las que consideraban “desechables” para matarlas y sacar provecho de sus cadáveres?

Me temo que el riesgo más grande que corremos como nación no es el ocultamiento de las verdades sobre los límites (o no límites) que ha tenido la violencia, sino que las verdades que se han ido reconstruyendo hasta ahora terminen siendo inocuas. Tenemos allí la verdad, y no hemos definido qué hacer con ella. Aún no se ha convertido en esa “memoria ejemplarizante” que reclamaba Todorov, y que hace posible, que no se repita la barbarie.

Mientras tanto, páginas como Verdad Abierta son como esos dedos que viajaban por los ríos de Rusia o como las fichas de Yusarov. Páginas que están siendo escritas para mañana. Cuando el tiempo tamice los hechos. Porque esta sociedad indigestada por tantos cuentos de horror, al parecer ya no tiene capacidad de asombro. Ni de indignación.

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