Espantos en un spa

Carolina Sanín cuenta su experiencia en un spa bogotano.

2010/11/18

Por Carolina Sanín

Visité por primera vez un spa como tal. Y escribo “como tal” porque llevo tanto tiempo corrigiendo esa expresión —usada por mis estudiantes de literatura en frases como “Celestina, como tal, es una alcahueta”, y por los empleados de las empresas de servicios públicos en frases como “dentro de dos horas, como tal, le quedará conectado su servicio de internet”— que, para vencer la fobia que me produce, me prometí usarla en la próxima primera oración que escribiera, tal como la niña que decide encender la luz de su habitación para mirar debajo de la cama y ver por fin el espanto que la acecha.

 

Digo que esta fue mi primera vez en un spa como tal pues antes había estado en complejos acuáticos, retiros espirituales, baños turcos, iglesias, peluquerías y consultorios médicos, que son sitios a los que un spa se asemeja, según pude ver. Digo que estuve en un spa “como tal” y, aunque creo que la estoy usando apropiadamente, sigue escociéndome la muletilla porque salí del spa sin saber qué cosa es —en sí, en concreto, como tal— un spa. Quizás es que un spa como tal es una muletilla, o no una muletilla como tal sino una muleta.

 

El spa al que fui ocupa un edificio cúbico en el norte de Bogotá. Un empleado me explicó que estaba diseñado como una montaña, como si tal no fuera el caso de todo edificio. La montaña a la que este spa manifiestamente pretende parecerse, como otro explicó, es la Sierra Nevada de Santa Marta. O sea, que no quiere ser un spa solamente, sino también una experiencia turística. Pero también quiere ser más: a la entrada, impresas en una pared de vidrio, el cliente encuentra las reseñas biográficas de tres exploradores: Alexander von Humboldt, Gerardo Reichel-Dolmatoff y Wade Davis, como tres lápidas. Luego entra al vestier. En los espejos hay estampadas frases como “La naturaleza no es para nosotros. Es parte de nosotros: Consejo indígena” y alguna otra discutible obviedad que lleva por firma: “Sabiduría indígena americana”. En las paredes del vestíbulo de las salas de masajes hay nuevamente citas acerca del todo y la armonía, o cosas así, y una cita del periódico sobre el difunto Reichel-Dolmatoff. En una mesa del mismo vestíbulo hay libros de antropología y libros sobre hoteles. El baño de hombres se llama sue (con su traducción al español: sol) y el de mujeres chía (luna). Las puertas de los cuartos de masaje también llevan nombres indígenas acompañados por sus respectivas traducciones (niebla, bosque, etc.). Y antes de comenzar el masaje el paciente pasa a ser feligrés cuando la masajista le pide que se quite la bata para “el ritual”.

 

Fue interesante, y le agradezco a mi madre la invitación. Pero no me relajé, que es lo que se supone que uno va a hacer en un spa. La pregunta sobre qué debía sentir, pensar o desear en ese lugar era demasiado apremiante. Y la urgencia que el spa sentía por ser otra cosa (intelectual, ecologista, espiritual, y acaso solidario con los indígenas que sufren de tuberculosis en la Sierra Nevada) me contagiaba su vergüenza. Digo, sin embargo, que fue interesante pues reconocí la búsqueda de una zona a medio camino entre el sexo y la medicina, y tuve ocasión de sospechar que acaso todos quisiéramos poner allí nuestro cuerpo —y nuestra mente en una zona intermedia entre el turismo y la meditación. Sin embargo, a lo que más se me pareció este spa, con su crisis de identidad y a pesar de sus bellos mosaicos de cristal, fue a un manicomio. Y en la zona de hidroterapia, alumbrada con una irreal luz azul, temí encontrar el espanto de la habitación, el de debajo de la cama, como tal o como otro.

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